La radio de mi vecino

En la radio de mi vecino solo suenan tres canciones, y en este orden: Pájaros de barro, de Manolo García, You´re beautiful, de James Blunt, y Torn, de Natalie Imbruglia. Ella la enciende cuando han acabado de hacer el amor, entra en el baño, la imagino descalza, sube la taza —porcelana contra plástico—, se sienta y oigo, porque apenas nos separa una pared débil, cómo hace pis. Abre el grifo de la ducha, suena la cisterna y después la música —puede que no sea una radio lo que encienda, sino que utilice su teléfono móvil— y Manolo García nos canta, a ella, que ya está en la bañera, a mí, que leo en el váter, la historia de unos pájaros de barro —¿metáfora de mis cacas?— que echan a volar.

El último sábado había bebido un par de cervezas en casa antes de cenar, así que bajé al parque con la perra alegre pero, ay, la lengua suelta. Me encontré con Antonio, mi vecino, que fumaba mientras su labrador, a lo lejos, hacía caca. Animado por el alcohol, tuve la desvergüenza o curiosidad de preguntarle la razón de que siempre sonaran las mismas canciones en su radio —ahorré la parte anterior del proceso. Antonio quedó sorprendido por la pregunta, respondió que era Marina —su novia— quien ponía la radio, que él no prestaba mucha atención a la música, la música, a quien le gustaba —recalcó— era a su novia, y bastante, además, pero que la próxima vez —el siguiente polvo— prestaría atención. Le repetí las canciones en el orden adecuado, él las memorizó, subimos juntos a casa.

No tuve que esperar mucho: fue cerrarse nuestras puertas —un acorde— y casi al instante oírles follando, y me tumbé en la cama con multiplicada excitación, por la escucha de un placer ajeno pero próximo, las voces distorsionadas de quien, un rato antes, te ha dado las buenas tardes en el ascensor, y excitación también por conocer qué coda musical seguiría a un coito que —¡por fin! — acababa. Me fui al váter rápido, la urgencia de un vigía que llega tarde, abrí mi libro sabiendo que no lograría concentrarme. Marina entró en el váter, subió la taza, se sentó, hizo pis. Sonó una tecla, y apareció la voz de… Manolo García.

Tuve ganas de salir al pasillo, llamar a la puerta, confirmarle a Antonio lo que le había contado. ¿Estaría Antonio prestando atención a la música? ¿Se acordaría de nuestra conversación? En esas dudas y en terminar de hacer caca me encontraba cuando escuché que él entraba en el baño y le afeaba a Marina el tiempo que estaba tardando, que se diera prisa, que iba a llegar ya la gente de la fiesta, y que bajara la música, por favor, que se iba a quedar sorda. Este detalle fue para mí el más relevante porque, al menos durante un instante, Antonio también había escuchado lo mismo que yo —Torn— y era más que probable que hubiera recordado nuestra charla.

Por la noche no podía dormir: efectivamente había una fiesta en casa del vecino. Como no eran muy frecuentes, como me llevaba muy bien con ellos y como quería que nuestra relación siguiera así, jamás les había afeado que, muy de vez en cuando, me molestaran sus celebraciones. En el reloj sonaron las dos de la madrugada cuando, desvelado, decidí bajar a mi perra para que diera un paseo nocturno e hiciera pis. En el parque en sombras me asusté primero y alegré luego al ver un avión de miniatura en llamas: el cigarrillo colgado de los labios de Antonio. Su perra era una sombra lejana, y de su aliento, próximo, me llegaba el testimonio de la bebida.

Aproveché para preguntarle si había hablado con su novia sobre el orden de las canciones. Con un tono áspero e impaciente me respondió que no, pero que tampoco lo haría, que con todo el respeto ese no era asunto mío, que si me molestaba la música —negué con los brazos—, que entonces, Daniel, si no me molestaba, qué cojones pretendía con mi comentario de esa misma tarde, porque había cosas de mí que a ellos sí le molestaban —y entonces sentí una sensación incómoda, una encía inflamada, y levanté los hombros, como dando a entender que eso que no les gustaba de mí me era, además de desconocido, y quería que así lo siguiera siendo, imposible de controlar—, y porque seguramente que Antonio había bebido mucho me dijo que también él escuchaba todo el día unos malditos violines —pobre Wagner— y que algunas noches yo roncaba y vibraba el gotelé y les daban ganas, a él y a Marina, de golpear la pared para que me callara, y que lo que tenía que hacer —sus palabras ahora dolieron más— era compartir mi vida con alguien —¿por qué esa manía de querer gobernar a los demás?—, y dejarme de conjeturas tontas sobre si había un patrón o no en las canciones del vecino.

Tuve ganas —no soy violento— en darle una ostia, pero entonces mi perra me lamió la mano, le pedí disculpas, lo siento Antonio, no quería molestarte, y agarré a mi perra y subí a casa con una mezcla de tristeza y rabia, tristeza de sentirme inmensamente solo por no poder contarle esta historia a nadie, rabia porque hay una edad —la he alcanzado— en que cualquier consejo nos lo tomamos como un agravio, y así que volví a la cama sabiendo que, enfadado a ratos y con pena otros, tardaría mucho en dormirme, y de hecho despierto me descubrió el final de la fiesta, sonido de portazos, y, en el silencio —casi las cuatro de la madrugada– un nuevo polvo, que me pareció más dominado por el cansancio que el placer. Me pregunté —vete tú a saber la razón— si Antonio se quitaría las gafas al follar, y al terminar ella se levantó y fue al baño, yo a su lado también, y la escuché levantar la taza, su pis, recordé las palabras de Antonio y no quise escuchar más, así que de rabia cerré con fuerza la puerta de mi baño, un portazo que era imposible no les hubiera podido alcanzar, luego cerré también la puerta del salón, y me tumbé por fin en el sofá azul del salón, frente a la duermevela de los aparatos electrónicos —lucecitas rojas, como un portal de Navidad futurista—, traté en vano de leer, así que tuve que volver una y otra vez al mismo párrafo, me levanté nervioso, como un león enjaulado, abrí la bandeja del cd, allí estaba Wagner, arrancó Lohengrin a un volumen discreto, pero en mi cabeza, como una película mal montada, comenzó a sonar también la voz de Manolo García, sus pájaros de barro que echaban a volar -aunque los desgraciados siempre vuelven-, y, como todo en esta vida, cuatro y media de la madrugada, no supe si aquello que escuchaba en mi cabeza, el cisne de Wagner y el pájaro de Manolo García, era realidad o ficción.

La taza

Puede que te olvides de mirar al cruzar.
Puede que en un hospital, callada, te informen
de misterios que viven en ti,
que se alimentan de ti,
de tu lenguaje,
y que no sabes siquiera pronunciar.
Y que al salir a la calle, derrumbada,
preguntes qué te han dicho.
Y las palabras se regocijen y griten: nada.
Y el asfalto haga coro y responda: nada.

En un futuro todo será suspenso.
Sin luz el mundo frívolo de los escaparates,
sin reflejo los lagos de postal, sin memoria
las celebraciones que de tus manos brotaron.
¿Cómo puede permanecer indiferente
la taza de porcelana, si tanto las desayunaste?
Yo ahora la toco, la peso, la abrazo.
¡Qué pequeña la vida, que cabe
aquí entera, y qué cóncavo
el futuro de nuestra ausencia!

Me decías que el tiempo nos pertenece,
y yo lo dibujaba a en cuadrículas sin margen.
Pero el tiempo tiene abcisas,
es el zurcido de un segmento,
el temporizador de un explosivo,
el silbido que anuncia el punto de tus guisos.

Todo eso lo sé ahora, velando
la insolencia de esta taza.
Me consuela saber que existe la felicidad,
y que supiste, crac, derramarla.

Black Friday (tres microhistorias)

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1

En el Auditorio Nacional de Música de Madrid, los acomodadores son contratados a través de una empresa de trabajo temporal. Temporal. La palabra disuena cuando su función es eterna: ubicar a melómanos que allí acudimos —envejecemos— a perpetuidad. La explicación, ya se sabe: esa falacia de la flexibilidad.

Los acomodadores cobran poco más de cuatro euros por hora trabajada. Conozco esta información después de charlar en el intermedio del concierto, mientras devuelvo una copa de cava, ya vacía, a una camarera. Descubro entonces, culpable, una coincidencia aritmética: me acabo de beber, casi de golpe, una hora de trabajo.

2

Fausto llegó hasta la prueba final de un largo proceso selectivo. Licenciado joven, inteligencia despierta, brillante expediente académico, causó una impresión positiva a la seleccionadora. Ésta, de inmediato, decidió su contratación. Fausto, alegre, preguntó las condiciones económicas. La seleccionadora se las detalló. Fausto, triste, añadió entonces el prefijo in a su nombre. Infausto. Entre el asombro y la pena, no daba crédito a la oferta: había escuchado mal, y de ahí que pidiera a la mujer que, si era tan amable, le repitiera las condiciones. La seleccionadora asintió y repitió, idénticos, los términos: Fausto, infausto, había escuchado bien. Fausto perdió entonces el prefijo in, y se convirtió en el Fausto literario, héroe de un drama. Suspiró, volvió a suspirar, se levantó. La seleccionadora le dijo, en un intento por retenerle: Fausto, tienes que enfocar este trabajo no desde una óptica económica, no, sino, más bien, por la vía de todo lo que, gracias a él, vas a lograr aprender. Será para ti —añadió la seleccionadora— como un máster remunerado. Mi amigo, licenciado joven, inteligencia despierta, brillante expediente académico, se dio la vuelta, cogió su abrigo. Antes de cerrar con suavidad la puerta, le respondió: vete a robar a tu puta madre. Y se quedó con el gusto último del punto y final.

Muchas veces pienso en Fausto. En las respuestas que deberíamos dar, y no damos.

3

La carretera 192 de Florida es un atasco perpetuo: su asfalto conduce hasta Disneyland y numerosos parques acuáticos. Cerca de Kissimmee, en un McDonalds de un área de servicio, Germania trabaja cada noche por diez dólares la hora. El mismo puesto es pagado cincuenta céntimos menos durante el día. Le gustaría cambiar de turno, un trabajo diurno, pero necesita esa diferencia para sobrevivir, y también de un segundo trabajo que desarrolla durante las mañanas, vendiendo rosquillas en un Dunkin Donuts. Se podría decir, para explicar su drama, que el marido desapareció y le dejó tres niños cuyas edades, en un saco, no pesan más de quince años. Se podría también decir, entonces, que ninguna puerta de ninguna administración ayuda a personas que sufren su drama.

Germania es el epítome de la realidad americana: la prueba de una tasa de paro asombrosamente baja, y de un nivel de vida próximo a la pobreza. Germania necesita de dos trabajos para que su vivienda —un motel que paga por días— se lleve tres cuartas partes de su salario. Se levanta y vive debajo de unas ojeras, agotada, sin ver la salida. Es obesa, fuma, le duele siempre la cabeza.

En el documental donde nos cuenta su historia, preguntan a Germania qué opina del sueño americano. Sonríe, y la cara se le arrasa de tiempo. Habla entonces con la seriedad de un sentenciado, y en sus labios -sorpresa- nos dice: sí, por supuesto que creo en el sueño americano, y por eso que pienso que todo esto que ahora estoy pasando, el mantener a mis tres hijos pequeños, trabajando por las noches y por las mañanas, en dos empresas a la vez, todo el cansancio, los salarios míseros, la vida vagabunda de un motel a otro, todo ello tendrá un final, y sueño, sí, claro que sueño, sueño con que las cosas irán, algún día, a mejor.

Todo tendrá un final, todo, algún día, irá a mejor, me repito. Las palabras de Germania son una manera dolorosa para definir su vida, también la de los acomodadores del Auditorio, también la de una puerta -Fausto se marcha- cerrándose con suavidad.

Paraíso de trampas

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Lo que más me descoloca en Trump no es tanto el contenido de su discurso sino su desprecio a cualquier corrección política. Su actitud se magnifica por dos razones: por la oratoria excelente de su antecesor, Obama y porque Trump ignora esa obsesión contemporánea por la contención, por la búsqueda de la palabra exacta, por la medición precisa de las consecuencias de todo lo que uno dice o, más bien, publica.

En esa búsqueda actual de la perfección léxica hay, del lado de quien escucha, un fondo osado de hipocresía: queremos ver en los políticos aquello de lo que, nosotros, carecemos. Es algo positivo que los ciudadanos aspiren a gobernarse bajo figuras modélicas, a las cuales se les exige un comportamiento ejemplar. Preocupa sin embargo que nos indigne el comentario desbarrado de un político, pero, al mismo tiempo, en nuestros labios, lo crucemos con tantos otros de idéntica o peor índole. Si la valoración de aquellos a quienes juzgamos no va acompañada de un comportamiento honorable por quien habla, caemos en el riesgo de proyectar en la realidad sólo aquello que nos enfurece, que nos hace la vida infeliz y problemática: ladrar desencantos. Como demonizar es gratuito, como arreglar un daño es imposible, la acusación es una llama fácil para diseminar los odios. Nos escandaliza lo que alguien dijo en un pasado que, tal vez hoy, resulta lejano, pero, sin embargo, nos extraña bien poco ser incoherentes, quedarnos al margen de lo que esperamos de los demás. Somos una cosa, pero la otra, que también es nuestra, la borramos, como los rastros recientes de búsquedas por la red. ¿Quiénes somos nosotros? ¿Somos los que acusamos a los demás, en actitudes públicas de transparente indignación, o los que escondemos, por miedo o confusión, nuestros pasos recién dados? Si estamos llenos de incertidumbre, ¿cómo podemos criticar con tanta fiereza la imperfección que, también nosotros, portamos?

En la actitud de Trump, curiosamente, no existe doblez, no hay un yo y su contrario, sino una indiferencia hacia las consecuencias de aquello que dice o piensa. Trump sabe que, de sus rivales, no puede venir lecciones de ejemplaridad, preocupados en averiguar su verdadera identidad, en saber lo que dicen y lo que borran. Los que votan a Trump, anestesiados por la realidad agotadora del capitalismo, están cansados de la palabrería hueca. Cada mañana el sonido del despertador, el atasco, los objetivos inalcanzables, el cansancio, les recuerdan una tragedia invisible: el mundo se divide en clases, y ellos no están arriba. Los políticos les han dado la espalda. Es aterrador comprobar que, en distintas democracias, lo que se gestiona es un estancamiento: un poso de odios antiguos que remueve las cloacas del pasado, que ensombrece el presente de quienes, recién llegados, se embadurnan rápido de idénticas miserias, y que hace del futuro un lugar inhabitable, donde ninguna hipótesis es ya hermosa.

Por eso que no veo sorpresa en la victoria de Trump: para el ciudadano americano que agota su vida bajo el zapato global del capitalismo, que madruga y trabaja y regresa a su casa y vuelve a madrugar y a trabajar y a regresar a casa, la palabrería florida de la corrección hace tiempo que perdió su contenido. En una era dominada por la revolución tecnológica, donde los cambios son visibles e imparables, porque se suceden, cada año, en nuevos modelos de teléfonos, la esfera política transmite una imagen monolítica y de podredumbre. Por esa falsa sensación de libertad que dan las redes sociales, no advertimos que nuestra felicidad es un agotamiento, un sueño brevísimo de fin de semana. Agotados por las rutinas, por las tareas pendientes, nos cuesta advertir aquello que se anuncia frente a nosotros: indivisible al mundo de las multinacionales y sus exenciones fiscales, existe una burbuja de millonarios, fortunas inmensas como las de Trump, para quienes la incorrección política es antes una manera de protegerse de los demás que de proteger al resto, a todos los que cada día, hartos pero sin voz, cogen el autobús en itinerarios inmensos, a todos los que carecen de acceso a la sanidad, la vivienda o la educación. Dicen que uno es demagógico si habla en estos términos: la realidad, es bien cierto, nunca ha sido más desigual, y por lo tanto demagógico es su análisis. En esa burbuja, oasis de privilegios, habita Trump y una corte aún desconocida de fortunas. Trump, en su desvarío verbal, ha roto la protección que otros políticos persiguen en cada una de sus declaraciones. A diferencia de Rajoy, Trump no necesita el escudo de pantallas de plasma. Él quiere estar allí, quiere que le vean, quiere hablar. Para Trump el lenguaje no sirve de protección, porque no conoce enemigos. Para Trump el lenguaje es un mecanismo de acción. En su populismo de foro cibernético se llega a la conclusión terrible de que el sistema no funciona cuando el que lo dirige se permite reírse de él, todo dentro de una mediocre normalidad democrática en la que sólo puede aspirarse, como mucho, a un discreto reformismo.

Nos quedan los sueños: nos queda un cambio político que es primero necesario y luego revolucionario, una destrucción del orden de hoy hacia uno nuevo. Pedir que las empresas paguen impuestos, que el rendimiento del trabajo no puede costar más que el societario, que hay derechos fundamentales que respetar, en especial el de conciencia y expresión, que un Estado debe siempre defender lo singular y minoritario, o la importancia del ejercicio de la crítica y su control, no deberían ponerse jamás en duda. Sin embargo ocurre todo lo contrario, y nadie habla de ello, porque quienes hablan, o más bien aquellos a quienes se les escucha, se aterran al escuchar la palabra cambio. Todos los demás somos, ay, una masa homogénea de culpabilidad, y también culpable, porque estamos demasiado enredados en la telaraña social que nos lanzan las pantallas. Nuestra identidad está en duda, y por eso que pasamos la vida creando perfiles de otros yoes para, acto seguido, borrarlos de nuestro pasado. En esa confusión todos somos desconocidos de nosotros mismos, e interactuamos con otras identidades alienadas. Como no queda alternativa, todos, de carne y hueso, seguimos cogiendo autobuses por itinerarios infinitos, arrastrando un agotamiento que es individual, terriblemente individual, pero celebrando con likes una suerte de camaradería social, vagamente feliz. De ahí que, a ese trabajador americano, le admira y seduce la crudeza léxica de Trump, porque, a su entendimiento, y al de posiblemente muchos de sus millones de votantes, Trump ha destapado por fin los intestinos del sistema, ha tenido los arrojos de ser un político que mande al carajo ese empeño contemporáneo de proteger, con palabras, una realidad traumática, aquella con la que, cada mañana, ese trabajador y tantos otros se levantan. Lo trágico es que sus votantes hayan ido a buscar la solución de quien gobierna esa realidad, y con cuyo pie les aplasta. Lo trágico es que, del lado de los perdedores, su premio de consolación sea suponer que su horizonte de vida no hubiera sido muy distinto en la práctica. Idéntico autobús, idéntico cansancio, idénticas paradas. Unos y otros, es decir, todos, sabían que cualquier opción era mala: cansados de ese viaje infinito, sin fe alguna en el valor del voto, las democracias se resquebrajan cuando nadie decide pulsar el botón y solicitar que la realidad, por un instante, sea parada, analizada, vuelta, nuevamente, a arrancar.

Dos datos:

La participación en estas elecciones fue la más baja de los últimos doce años.

La desigualdad extrema en el mundo está alcanzando cotas insoportables. Actualmente, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99% restante de las personas del planeta. El poder y los privilegios se están utilizando para manipular el sistema económico y así ampliar la brecha, dejando sin esperanza a cientos de millones de personas pobres. El entramado mundial de paraísos fiscales permite que una minoría privilegiada oculte en ellos 7,6 billones de dólares.

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