Haiku #20

Tres habitaciones.

Cuatrocientos mil euros.

Oportunidad.

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Riesgos del pasado

 

—Pues no ha estado mal este concierto de Shostakovich. No lo conocía.

Quien me habla es un abonado al ciclo sinfónico de la Orquesta Nacional de España. Alguien que, durante el verano, gastó 348 euros en veinticuatro conciertos. Alguien a quien le sorprende —la novedad del desconocimiento— un concierto que Shostakovich estrenó, él mismo al piano, en el otoño de 1933, hace casi noventa años. Creo que cierta miopía a la hora de programar —ese regreso cíclico a idénticas piezas— se ha transmitido al público, adormecido en su curiosidad, intenso sólo cuando reconoce una música familiar, pero incapaz de ponerse las gafas de lejos, y mirar, y escuchar. Preocupa pensar que los abonados, a quienes se supone un interés por la música clásica, ni siquiera hagan el esfuerzo —basta un doble clic— de escuchar las obras antes de acudir al concierto y que, si el programa sorprende con algo nuevo —sea un estreno, sea una partitura olvidada—, la misma se celebre —muy pocas veces: cuesta mirar a lo lejos cuando la vista de cerca está cansada— o maldiga —que es lo habitual: tan a gusto que estábamos sin escucharla— y se acabe concluyendo, con los hombros alzados, los brazos abiertos, en el agradecido descanso, que claro, que en una temporada tiene que haber de todo —leyendo entre líneas: lo conocido y lo prescindible— y que entre Novenas de Beethoven y Quintas de Mahler, que claro, que algo más —resignación— hay que poner.

En ese salto al vacío que es programar un riesgo, frente a un público que —me temo— no espera ya de la música un elemento de sorpresa sino, más bien, la confirmación de un recuerdo, llegó Shostakovich con su habitual cascada de estados de ánimo. Por si ello no fuera poco, de su maleta de sorpresas extrajo una inusual mezcla de piano, orquesta y trompeta. Todo pintaba para el desastre, todo fue un éxito: es lo que ocurre cuando suena uno de los mejores compositores del siglo XX. Privados de la obertura Orestíada de Taneyev, con ese final tan wagneriano, la primera parte arrancó con Shostakovich y su Concierto para piano y trompeta número 1 en do menor, opus 35. El pianista francés Bertrand Chamayou, natural de Toulouse, y con fantásticas grabaciones de Schubert y César Franck, supo dar a la obra esa mezcla de comicidad, fuerza y lirismo; tampoco olvidó, con marcada intención, recordar todas las referencias que giran alrededor de esta obra: Beethoven, Bach, Haydn e incluso el mundo del jazz. En el Allegro con Brio final reluce magnífica la trompeta, hasta entonces relegada en la partitura. A Manuel Blanco, grandísimo músico, le debió saber a poco su intervención. Ello, unido a lo habituado que está Chamayou a los dúos —fantástica su grabación con Sol Gabetta— sirvieron para el goce de dos páginas de propina muy interesantes, Imitando a Albéniz, de Schedrin, y en especial la emotiva Nana  de Falla [En el concierto del domingo 1 de octubre, emitido por Radio Clásica, uno un tercer regalo: Adiós Granada, también de Shostakovich).

La segunda parte del concierto la ocupó la Sinfonía número 1 en sol menor, opus 13, de Tchaikovsky. Como suelo hacer cada vez que suena Tchaikovsky, y siempre que las localidades libres así lo permiten, intento sentarme próximo a los contrabajos, y admirar así de cerca la exigencia técnica que sus obras obligan para este instrumento. Bajo la dirección de Semyon Bychkov, la Orquesta Nacional sonó muy equilibrada, con un dominio fuerte de las cuerdas y un papel más comedido de la percusión. Como en anteriores escuchas, sigo pensando que lo más divertido de esta obra es que me confunde el orden cronológico. Al iniciarse el primer movimiento —otra vez más— me pongo en pie y grito: ¡parad, parad, que estáis tocando Sibelius! Y un brazo me retiene, me devuelve al asiento, me dice: Dani, que es al revés, que Sibelius es posterior. Es verdad, es verdad —respondo agitado aún en mi error.

No sólo su impacto, sino su origen: la obra en sí es también una patada al calendario en que fue escrita, a las convenciones musicales del momento, al museo del pasado que muchos —empezando por Rubinstein— querían hacer de la música sinfónica. Tchaikovsky escribe en un papel nuevo. Un punto y aparte. Nos pide paciencia, darle tiempo, el mismo tiempo y el mismo esfuerzo que a él le ha exigido su composición. Esto ocurre en 1868, y hay que restregarse los ojos para darse cuenta que esa fecha es correcta, que no se trata de un error tipográfico, y que hoy, en 2017, nos llega, casi como nuevo, el premio de su riesgo

El mismo riesgo que deberíamos nunca perder al acercarnos a la música. Riesgo para hacer doble clic en música nueva, riesgo para abrir la puerta a programaciones desconocidas. Si la vida interesa es por lo inesperado. Aquello que sucede cuando estábamos mirando hacia otro lado, cuando centrábamos la atención en pequeños problemas que —basta un instante— pierden cualquier relevancia. Reducir nuestra experiencia a lo ya conocido, lo inmanente, anulando el elemento sorpresa, hace de la vida un lunes perpetuo. Se puede despertar de la amnesia a la que conducen las programaciones circulares, se puede cambiar la ruta. Si nos sorprendería saber de alguien que lee el mismo libro una y otra vez, o quien —con asombroso orgullo— afirma haber visto una misma película infinitas veces, cómo no entristecerse por esas infinitas oportunidades perdidas a salirse del camino, y explorar. Seguir el tedio de los cauces provoca la ignorancia hacia lo no reiterado, como esas carreteras americanas que repiten una y otra vez los mismos carteles publicitarios, los mismos hoteles y las mismas hamburgueserías y los mismos centros comerciales. En la programación reciente de la OCNE existe audacia, pero debemos responder a su desafío con un agradecimiento —aquí lo dejo— y con una exigencia por más sorpresas, no alzando con asombro los hombros al descubrir una pieza que tiene ya casi un siglo y que la compuso uno de los mejores autores de siglo XX: Shostakovich. De lo contrario, quedaremos dominados por las rutas de lo cotidiano, seremos incapaces de salir de esa amnesia de la música circular, y, como a través de una rendija, sólo alcanzaremos a decir, y con cierta sorpresa de nosotros mismos:

—Pues no ha estado mal este concierto de Shostakovich. No lo conocía.

Un nuevo giro de Mahler

La temporada 2017/2018 de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE) se inició el viernes 15 de septiembre. A nadie sorprendió el éxito de la convocatoria: la presencia de su director principal, David Afkham, dos obras de repertorio en atriles —el Concierto para piano y orquesta en la menor; opus 54, de Schumann, la Sinfonía número 5 de Mahler— y Javier Perianes al piano, eran suficientes razones para que la velada fuera viento en popa. En el público que abarrotó la sala, antes incluso de sonar la primera nota, habitaba esa sensación feliz de éxito anticipado, pero también de regalo inmerecido por acudir a una formación que, cada año, suena mejor, y a precios siempre ajustados. Había también las ganas acumuladas de volver a escuchar música después del verano, pero, con todo, no hay que olvidar el efecto favorable que ha tenido para la OCNE la diáspora de la Orquesta de Radio Televisión Española, y que ha supuesto la llegada natural de nuevos abonados. Bienvenidos sean, aunque por motivos que no tienen nada de positivo.

En las notas al programa señala Gonzalo Lahoz la importancia que tuvieron las mujeres en los dos compositores escuchados. Clara Wieck fue el amor de la vida de Schumann, y también la solista que estrenó el concierto un 4 de diciembre de 1845, cuando Schumann tenía treinta y cinco años. Dos siglos más tarde, en una calurosa tarde de Madrid, las manos de Perianes (Huelva, 1978) regresaban a la partitura, y pocas veces he sentido como espectador, desde mi butaca en los bancos del coro, que el estilo de un intérprete y la obra encajen con tanta perfección. Parecía como si Schumann hubiera escrito la obra para ese fraseo lírico de Perianes, humilde, de falsa sencillez, siempre volcado hacia lo romántico. Parecía también como si Perianes hubiera nacido sólo para hacer sonar esas páginas tan emotivas, delicadas, y en las que flota un ambiente de jardín privado, de aparente improvisación. Si hacer fácil lo complicado es la señal de un virtuoso, Perianes lo es. Cabe la duda de escucharle frente a obras que exijan de un aire menos romántico y más enérgico. Duda que no resolvió el bis, donde tocó una pieza lánguida de Grieg.

La segunda mujer del programa, detrás del segundo compositor, era Alma Schindler. Una mujer clave en la historia de la música, pues a ella dedicó Mahler su Adagietto para cuerda y arpa, que Visconti llevó al cine en su película Muerte en Venecia, adaptación de la novela de Thomas Mann. Si la novela, en manos de Visconti, es la liberación filmada de un deseo reprimido, en Britten, y gracias a su ópera de idéntico título, será el epítome del final de una época, tanto personal como histórica; una deriva a todos los niveles, más profunda que la represión del deseo homoerótico, y que se aproxima más a la idea literaria de Mann. Uno y otro, Visconti y Britten, también Mann, comparten con Mahler el amor como medio para asomarse al abismo, y no caer.

La Orquesta Nacional de España sonó firme y contundente en la Quinta, pero escuchando a Mahler uno no puede dejar de lamentar toda la otra música que resta en silencio, invadida por la obsesión reciente hacia el compositor austríaco. Si no fuera una tarea cansada, tan extenuante como a veces su música, me gustaría calcular el número de horas que se han programado de Gustav Mahler en las temporadas recientes, tanto de este ciclo de la OCNE como de otros promotores. Mi malestar no es tanto por su música —no voy a negarlo: me emociona y conmueve en muchos momentos— sino más bien porque, en la miopía de las modas, se relega al silencio todo lo que hay alrededor de una obsesión. Lo olvidado mengua su interés y sólo la fuerza decidida de directores valientes puede cambiar la situación. En Mahler hay mucho de admiración reciente pero también de olvido general. Lo admito: recelo siempre de los fenómenos mayoritarios, donde hay tanto de adhesión justificada como de religión fanática, tanto de valor como de dogma sometido a la tiranía del instante. De ahí que volver a escuchar a Mahler, otra vez más, me haga pensar en todas esas voces silenciosas, en partituras dos plantas más abajo, llenándose de polvo, pero también en la esperanza dulce de un mesías que, con su luz, se atreva a cambiar la dirección y nos oriente y asome hacia nuevos abismos. Muchos, tan silenciosos como esas mismas voces, lo aguardamos.

Subrayar

La importancia de los préstamos bibliotecarios viene dada no solo por su objetivo —permitir el acceso equitativo a la cultura—, sino por la sorpresa de lo que en ellos uno encuentra: palabras subrayadas, dibujos a mano, notas al margen, separadores olvidados, calendarios antiguos, pelos. Los libros no deberían estar nunca estáticos, sino ser objeto de lecturas sucesivas: motores que giran. No comparto esa imagen admirada de estanterías cerradas, polvorientas, donde se celebra y respeta el silencio de sus moradores; me entristece abrir un libro de la biblioteca, con esa emoción de lo público, y comprobar en su hoja de registro, ay, el tiempo largo transcurrido sin que nadie transite entre sus páginas. Por el contrario, no hay mayor alegría que advertir en mi volumen las huellas de otras manos: tocar las estrías como de acordeón en su lomo, ver los sellos azules en la contraportada, indicando las fechas de ingreso y salida del ejemplar, descubrir, agazapados entre las hojas, lo que allí quedó por olvido o intención: un calendario antiguo —no hay mejor metáfora de la literatura como tiempo vivido—, un separador, generalmente cosido al lomo, muy cerca del desenlace, también hojitas secas y agrietadas de un árbol, como si la naturaleza dialogara con el texto, también pelos de cualquier zona del cuerpo —principalmente, o eso espero, capilares—, también postales —hubo una época en que la gente escribía postales y leía libros en papel y los libros en papel servían para guardar postales y en algunos casos olvidarlas—, también tiques de compras, ya desleídos, y de pequeño monto. Los sellos de entrada y salida permiten anclar el libro a un tiempo generalmente remoto, y además extraer algunas conclusiones: los tomos gruesos se prestan más en verano, también se devuelven más tarde y también exigen de más movimientos en el mostrador, posiblemente el mismo mostrador y la misma bibliotecaria y el mismo tampón que me acaban de dar las gracias, renovar un préstamo, fijar una fecha futura, desear buen fin de semana. Toda esta incorporación positiva e inesperada al volumen, y que le da, literalmente, peso, sucede en los libros tomados en préstamo, pero también en las librerías de segunda mano, esa caótica sala de urgencias donde se les da a todos los libros, sin excepción —a veces se agradecerían las excepciones—, una nueva oportunidad. Aún recuerdo, en una librería francesa, encontrarme una bellísima postal que alguien recibió como un regalo, y que olvidó allí para siempre, y cuyo regalo ahora es mío.

Hay añadidos a los libros que no suman peso, porque más bien lo agujerean. Son un movimiento okupa que se instala en un lugar nuevo y deshabitado. Se clavan al texto royéndolo de forma rotunda, como esas iniciales que los novios graban en el tronco de los árboles, y aunque estas incursiones podrían ser borradas —suelen estar hechas a lápiz— lo cierto es que no suele ocurrir así, sino todo lo contrario: quedan para siempre definidas como una parte adicional de la lectura. Al abrir el libro y darle aire, como un fuelle, esas líneas parecen los tentáculos móviles de una hiedra de la que conocemos todas sus extensiones, pero no su cabeza. ¿Quién pasó por allí, por qué subrayó una línea o una palabra? En ese misterio hay un diálogo íntimo y desconocido. Manos misteriosas que intervinieron en el texto, lo editaron, llamando la atención sobre palabras sueltas, sobre frases, sobre párrafos, incluso sobre páginas enteras. Los subrayados adoptan múltiples formas: líneas rectas, como de estudiante aplicado, líneas curvas —alguien leyó y subrayó, o solo lo segundo, en un vagón de metro—, también rectángulos protectores, triangulitos de emergencia que albergan en su interior un signo de exclamación, también una doble barra al margen del texto, en paralelo, como el final de un pentagrama. Además de los subrayados, uno también encuentra comentarios en la orilla, signos de interrogación, notas al pie, nubes que contienen ideas, tachaduras —del texto y también propias—, dedicatorias, frases que se escribieron porque se quería enfatizar algo considerado importante o que, al menos, no se debía olvidar, sencillas operaciones aritméticas, direcciones de calles, citas con el médico, números de teléfono de siete dígitos y que por lo tanto ya nunca podrán ser marcados.

El subrayado nace como un bastón para la memoria. Los libros de texto —ahora en pantallas— son coloreados con franjas luminosas —amarillas, verdes, rosas—, que sirven como llamadas de atención. Me viene a la memoria —luego subrayo— compañeros de clase para quienes no existían conceptos como la elipsis o la síntesis, y en sus mentes todo era importante y todo se subrayaba. Estaban dotados de una memoria, supongo, prodigiosa. Al pasar las páginas, sus libros crujían como incunables. Cuando la formación avanza, y uno comienza a aprender idiomas, el subrayado tiene otro fin: palabras y expresiones que son importantes para retener. Cuántos libros he leído en francés donde no me ha hecho falta subrayar la palabra que desconocía: alguien había caído antes en esa misma desconocida zanja, y el subrayado había servido de puente, de llamada de atención. Y cuántas veces me he preguntado si ese lector previo aún recuerda el significado de una palabra que yo, más tarde, también ya he olvidado. ¿Y en la ficción? Hay quien subraya con un fin académico o mnemotécnico, buscando el hilo evidente de la historia: su andamio. Hay quien sin embargo destaca palabras, frases, párrafos o diálogos que tienen, en el momento de la lectura, una relevancia. Iluminan un pensamiento o celebran una belleza de estilo.

Lo más llamativo de los subrayados es que, cuando volvemos a ellos, en el texto donde allí quedaron o en su decantación sobre un cuaderno, nos llevamos con frecuencia una sorpresa con nosotros mismos: ¿qué  es lo que motivó a tomar esas notas, a redondear unas palabras? La literatura cobra entonces, más que nunca, el sentido de un itinerario. Nos hemos alejado tanto de esas palabras que las sentimos extrañas. Hemos divagado, y como divagar es caminar, en la distancia todo se nubla, los límites son indefinidos, y las razones que un momento nos fueron importantes,  y que por eso quisimos darlas registro, ahora ya no lo sean, porque el camino continúa, y cuando miramos atrás, desde otra perspectiva y otro tiempo y otro conocimiento, no entendemos por qué elegimos esas palabras, e incluso en esa extrañeza dudamos del concepto de su autoría, una visión casi postmodernista —la muerte del autor, el lector que ontológicamente construye el significado— y por eso que desde ese nuevo mirador, en otro lugar y tiempo y altura vital, apoyados en un barandilla desde la que contemplar el pasado, no sabemos acertar si esos subrayados, mal enfocados en el horizonte, son nuestros o no. Tal vez la respuesta sea ir por el medio: con el tiempo andado, con el reposo de lo que uno absorbió y luego fue, con cuidado, guardando, esas palabras o ideas, que se atraparon por razones ignotas, son también, por el tiempo que nos acompañaron, por ser espalda invisible, nuestras. Las elegimos, y fueron camino durante un tiempo.

Por eso que considero fundamental el papel del subrayado. Como la realidad la formamos con el lenguaje, cuanto más rica sea nuestra expresión, cuanto más la dotemos de términos y de ideas, más apasionante será la realidad en la que vivimos. Hay quien ve los subrayados con molestia, como quien tose en una ópera o enciende el móvil en un cine. Yo más bien disfruto de encontrarme con los restos de lectores previos, moradores anónimos, y con los que construyo un diálogo espiritual. Me gusta ver que alguien subrayó la palabra tamo —esas pelusas de algodón que habitan bajo nuestras camas–, y que, por una coincidencia, aprendo de un prospecto médico que a las pelotas de algodón con fin médico se las llama torundas. Palabras maravillosas, tan sonoramente brillantes que lo de menos es su significado: pailebote, anhedonia. O abrir mi cuaderno y leer: “En las fogatas húmedas se observa la distancia difícil de nuestros deseos”, y antes de leer Vicente Valero, creerme que lo he escrito yo.

Subrayamos como una lucha de la memoria contra el olvido. Una lucha perdida: siempre gana el olvido, pero siempre también la necesidad humana de marcar el camino, de soltar en la ruta unas líneas de pan por si, alguna vez, volvemos por allí; frenar el avance de la mirada, preguntarse qué esconde una palabra, una idea, para así refutarla, apropiarse de ella, para admirarla, para memorizarla para el recuerdo o para olvidarla. Si el horizonte, cuando nos damos la vuelta, nos parece desenfocado, y no acertamos a comprender aquello que una vez pareció importante, puede ser porque, con nuestras lecturas y sus recuerdos, hemos dado vida al mundo, llenándolo de un bazar de palabras. Lo hemos dado un sentido, lo hemos engrandecido. Si existe el horizonte, esa invitación a alcanzarlo y también cruzarlo, es porque lo hemos subrayado.

P.D. Quiero agradecer a todas las personas que colaboraron en este artículo a través de la sección Visto y no visto, del blog de Antonio Muñoz Molina.

Oda a Spotify

A estas alturas descubro Spotify. La idea platónica de una tienda de discos. Discos sin precio. Música gratis. Gratis por ahora, mientras Premium y Prueba son palabras que se abrazan. ¿Por qué me he negado hasta hoy a Spotify? Un conglomerado de prejuicios: el artista que apenas cobra; la apisonadora de una multinacional a la que, cómo no, le espanta pagar impuestos; el recelo a los fenómenos mayoritarios —el mismo recelo que me hace esquivar Juego de Tronos, cuando sé que la serie me encantará.

Spotify. Una barra libre de canciones. Una realidad nueva. Un puntapié al pasado. Un pasado que no es lejano, porque está en mi vida, muy próximo, a la vuelta de la esquina, cuando eran los años noventa, un CD con diez canciones costaba dos mil pesetas y tenía la categoría de un regalo de Navidad o cumpleaños. Había aciertos y fracasos. Michael Jackson y Mike Oldfield entre los primeros. Entre los segundos, la ira al descubrir que el disco de 4 Non Blondes era —cagada— un one hit wonder. O el asombro cuando Amistades Peligrosas se reían de ti componiendo un terror llamado Satán Te Invade. Sí: escuchaba Amistades Peligrosas.

Satán, bien visto, me invadió, a mí y también a mi amigo C. Tienda de discos del Corte Inglés, viernes por la tarde. C y yo —nuestras iniciales hacen la palabra CD— damos la vuelta al ídem, vemos el precio, damos la vuelta a nuestros bolsillos, vemos el robo. Alcanzado nuestro objetivo, sentados ahora en las escaleras oscuras de Azca, con una mezcla de alegría y miedo, nos tiemblan las manos. Me da menos vergüenza admitir antes el robo que lo robado: Celtas Cortos y su Tranquilo majete. Qué letras nos esperaban en casa: Vamos huevón, que te comen la merienda. Dylan. Un segundo intento, la vuelta al lugar del crimen, y somos descubiertos. Pero esa es otra historia.

Ahora el robo —zona demagógica— funciona de forma distinta. El artista -dicen- tiene que cobrar por dar conciertos. Ensayar, componer canciones, grabarlas, eso parece que es gratis. Se gana por llenar plazas de toros. Pues vaya. Si no eres toro, nada, al burladero. En la música, como en el periodismo, se regalan los contenidos, porque los contenidos resulta que surgen de la nada, y por lo tanto valen eso, nada. Por eso que en esta fiesta de lo gratuito que es Spotify accedo con asombro y con una alegría rara: una fiesta a la que no me han invitado. Tecleo grupos extrañísimos, tecleo obras de música clásica casi desconocida. Spotify se estira, piensa un poco, lo encuentra todo. Por eso que escucho Spotify con asombro y con miedo, mirando hacia la puerta, pensando que alguien llamará a la puerta, alguien llama a la puerta, que abriré la puerta, abro la puerta, en la puerta un hombre que me aparta y entra —porta un maletín—, y despliega el plástico de cedes a tres mil pesetas, y me señala donde miran mis ojos, y me dice: Daniel, es la edición Pulse de Pink Floyd, tiene una lucecita roja que parpadea en el lomo y que te obligará a darle la vuelta en la estantería, por las noches, para que así puedas dormir, pero no vas a poder dormir por la lucecita, no, no vas a poder dormir justamente por su ausencia, por lo contrario, porque no tienes dinero para comprarlo.

Echo a empellones a este vendedor de enciclopedias de anfibios. El mundo se actualiza. Spotify: un armisticio. A este engaño de industria que fueron los noventa, que nos robó el tiempo de escuchar y de elegir la música, que robamos también en casetes piratas y hurtos en centros comerciales, con otro engaño, con un engaño que también deja sus víctimas, nos estamos ahora vengando. Una venganza colectiva. En mi estantería, animales prehistóricos, la colección de cedés.

 

 

 

 

 

 

 

Palabras habitables

“In a certain sense… we are all made of words;… our most essential being consists in language. It is the element in which we think and dream and act, in which we live our daily lives” (De alguna manera… estamos hechos de palabras;… nuestro elemento más natural es el lenguaje. Aquel en el que pensamos y soñamos y actuamos, en el que vivimos nuestras vidas corrientes).

N. Scott Momaday escribió esta frase en su colección de artículos de no ficción titulada The Man Made of Words (1997). Las palabras enriquecen la existencia. Abren espacios: el giro eterno del rodillo en una máquina de escribir. Las palabras bautizan sentimientos, tal vez inexistentes si no pudieran ser nombrados. En ausencia de las palabras, el mundo se convierte en un pasmo de ignorancia; sus moradores responden a la realidad en un constante alzar de hombros, como marionetas mudas. Las palabras nos hacen vivir otras vidas que, alivio, no son la nuestra.

Las palabras no pesan, pero acompañan: para que viajen, basta salir en su búsqueda. Están ocultas en bosques sombríos, pero vienen a ti si son pronunciadas. Al recogerlas abren luz, construyen espacio. El firmamento, al decirlas, es promocionado: lo empuja una máquina de escribir gigante. Lo sé, lo sé: sé que no es todo favorable, sé que hay palabras que son una carga -tareas, revisiones, informes, diagnósticos, desazón, tedio-, palabras que no son luz y que no deberían ser nunca nombradas. Pero en el bosque son tantas los reclamos -me vienen a la cabeza, porque las escuché o las leí: yerbatal, marmolillo, sugestión, sensibilidad, fantasía, botánica, misterio, sabiduría, encantamiento, agrado, bóveda, existencia-, que la felicidad viene suspendida entre las ramas, detrás de los arbustos, en un camino junto al río, lugares remotos donde nuestras voces invocan el misterio contenido de las palabras. Una vez mordidas -regaliz negro-, nombramos al mundo, y al nombrarlo hacemos del mundo un lugar más amplio, alegre y habitable.

P.D. Las razones de este artículo fueron tres palabras: tortilla, regalo y mamá. La Santísima Trinidad de la infancia.

La noche antes del Col du Galibier

Noche en el hotel donde los corredores están individualmente concentrados y colectivamente desconcentrados. La sombra no es la noche. La sombra es el Galibier. Y a la sombra del Galibier, Contador se ha caído de la cama: no le responden las piernas. Froome fue visto subiendo y bajando el Galibier, ayudado de una linterna enganchada al manillar. Quintana tiene lumbalgia: la presión de todo Colombia en las vértebras. Mikel Landa ha soñado con Napoleón. A Fabio Aru le descubrieron con la boca llena de macarrones crudos en la cocina del hotel. Los gregarios roncaban y los líderes tenían insomnio.

La montaña se ha despertado tatuada y feliz.

Soy un viajero sedentario

Tú pones el movimiento. Yo el silencio. Tú todo lo que olvidaste meter en la maleta. Yo mi ausencia en tu portaequipaje. Periscopio de miradas: la ventanilla no baja. De un lado la alegría. Del otro, el reflejo de un drama. En la noche flota un globo de reloj, como de estación austríaca. Un letrerito tiembla -ya somos dos- y anuncia: salida inmediata. Salvo yo, el mundo avanza. Luego el sonido triste de una escalera mecánica. A mi espalda el horizonte te pliega, te traga. Soy un viajero sedentario: la vida avanza solo en tu mirada. Solo.

Recuerdos de la Feria del Libro de Madrid

Sobre escritores abandonados y sobre la sobreabundancia. Sobre empujones que sobran y sobre la magia: la Feria del Libro en Madrid.

El pensador Boris Groys sostiene que el espectador ya no es importante. De ahí que el arte contemporáneo deba examinarse desde la perspectiva del productor, no del consumidor. O lo que es lo mismo: desde un punto de vista poético, no estético. ¿Por qué? Dice este filósofo que, en la sociedad contemporánea, la contemplación está abolida. Todo el mundo está interesado en crear, pero nadie tiene tiempo de prestar atención, de ser persuadido por nada. Abundancia de productores, ausencia de consumidores: una tragedia.

Recuerdo esta idea mientras camino entre la doble orilla de casetas de la Feria del Libro de Madrid. La Feria es una larguísima librería y su reflejo: dos estanterías sin límites, encajonadas en una constante de casetas. Sobre las mesas se asfixia un agotamiento de novedades. Esa acumulación de lecturas provoca, en el aficionado, una sensación abrumadora de impotencia: nunca podrá leer todo aquello que quiera.  También desorientación: no saber qué libros abrir, cuáles descartar, qué itinerario tomar en sus lecturas. Los tiovivos de la publicidad multiplican su aturdimiento. Para el neófito, para el que deambula por la Feria como si no hubiera nada mejor que hacer, la sensación es de aburrimiento y perplejidad. Por ser de acceso gratuito, por situarse en el parque más importante de Madrid, la Feria pretende un encuentro amplio con la ciudad. Pero lo cierto es que el objetivo de la Feria, que debería ser la promoción de la lectura, dista mucho de producirse allí. No se pretende que nadie abra un libro y lo lea en la Feria, no. Pero sí que la Feria proponga las condiciones para llegar a ella. Que sea la antesala gozosa de futuras lecturas. Pues que aficionados y neófitos se mezclen a empellones, aplastándose unos a otros, como se aplastan también los libros que observan, todos bajo una megafonía insoportable, que parece anunciar siempre casetas lejanísimas, no resulta, en fin, la mejor manera para invitar a la compra de un libro. Por eso que el aficionado siente la rabia de intuir que la Feria podría organizarse de otra manera —lo difícil es saber esa alternativa—, y por eso que el advenedizo observa este sarao cultural como una fiesta muy poco divertida.

El visitante suele arquear su camino cuando, por la proximidad de un autor, se atisba la posibilidad de un incómodo diálogo. Qué imagen tan triste la de ese autor segregado, sin lectores, con el dueño de la editorial de pie, un dueño que siempre tiene barba y siempre porta gafas, que va llenando de tiempo una conversación, que observa cenitalmente la caspa del autor, o tal vez su coronilla o tal vez su pelo largo alborotado, que se fija luego en las manos nerviosas del escritor quien, parapetado tras su obra, le asiente sin interés, y mira hacia delante, hacia un lleno de paseantes y un vacío de público, hacia un feriante con gafas y abrigo —¿abrigo en el mes de mayo?— que, en la caseta de al lado, soy yo, soy yo echando un vistazo a algunos libros con fingido interés, devolviéndolos luego a sus nichos, y de reojo mirándole, y alejándome luego de él, como quien escapa de un contagio, y subtitulando la escena: busto de escritor abandonado. Que ese escritor sea Luis Goytisolo dice mucho de la deriva estética contemporánea.

Es dramático también el misterio de todo lo que se publica sin ruido, un aluvión silencioso que va cayendo de esas mesas, sin dejar rastro. Un mantel lleno de letras que el viento de la novedad, zas, sacude, las deja vacías, desleídas, listas para otra invasión anual. Las estanterías domésticas de cada uno son también testimonio de que, a pequeña escala, se repiten idénticos tsunamis: basta comprobar si las compras de un año fueron lecturas transcurridos doce meses, o ahí siguen, aguardando su momento. El momento: esa es la gran cuestión en un mundo saturado de productores, donde sí, puede que exista el talento. Pero si existe, es raro que, en las circunstancias que ofrece la Feria, vayamos a identificarlo. La gente seguirá caminando con las manos encadenadas a la espalda, tomando entre sus manos libros con la misma admiración y urgencia con la que se devuelvan a su lugar. Los aficionados lamentarán que la Feria sea un espacio poco propicio a los dominios de la literatura: el silencio, el diálogo, la búsqueda paciente de una felicidad próxima en forma de lecturas. El recién llegado, por su lado, se alejará del tumulto con una sensación de alivio o de indiferencia: probablemente nada le habrá reclamado su atención, salvo tal vez alguna cara televisiva, y del brazo llevará una bolsa llena de publicidad y marca páginas que olvidará en un bar próximo al Retiro. Unos y otros, aunque con diferentes razones, sufrirán ese mal contemporáneo del que hablaba Boris Groys: multiplicados los estímulos, muy pocos parecen desear ser persuadidos por nada.

Con esta idea confusa abandono la Feria: una confianza feliz en que los mecanismos editoriales siguen girando, como lo atestiguan la multiplicidad de pequeñas editoriales, pero el fastidio de que la Feria transmita con tanta fragilidad el amor por los libros, el reposo, la quietud, el consejo lento y profundo que solo pueden ganarse en las conversaciones verdaderas. La sensación de que uno ha asistido a una boda ajena: una celebración obligada, por momentos interesante, pero incompleta por sernos, en sus más profundas motivaciones, en sus verdaderos propósitos, ajena. Al girar la cabeza, en los confines de la Feria, observo a un lector joven que introduce su cuerpo en una caseta. De espaldas no sé si está felicitando a un autor o, por el contrario, le quiere arrancar la cabeza. Esa misma mezcla de sentimientos me va llevando hasta la calle Velázquez, a la marquesina del autobús, al cincuenta y uno que aparece pronto y me recibe refrigerado. Abro la novela y, de inmediato, olvido incluso que estuve en la Feria, todo lo que allí pensé. En el fondo, qué más da lo que uno piense. Para los que nos gusta leer, leer es todo, pero puede que, realmente, no sirve en la práctica para nada y que, en el fondo, Boris Groys tenga razón: todos estamos interesados en hablar, en crear, en construir, y nadie en contemplar.

Quizá faltaría corregir a este filósofo y decirle que la lectura, esa que me va llevando hasta casa sin yo darme cuenta, es una herramienta mágica —por económica y universal— de creación. De ser consumidor, pero también productor. De ir hacia la lectura con un fin estético, pero también poético: seleccionar unas palabras, desdeñar otras, subrayar unos pasajes y olvidar otros. Una selección arbitraria, a la manera de quien viaje en coche: nadie se fija en los mismos elementos que cruzan un camino, ni de la misma manera. La lectura, ese propósito que la Feria parece querer promover, comienza en las orillas de donde ella misma termina: un pie de página en el asfalto de la calle Alcalá. Como ese autor que todos esquivan, yo el primero, un poco por miedo o por pena, un autor que está esperando a que cojas su obra, te alejes, y leas. Quizás deba ser así: la Feria como un punto de partida. Una parada en boxes. Con esa idea feliz cierro la mochila: ahí quedan, junto a las llaves y el termo vacío, las dedicatorias inmensas de Andrés Neuman, de Marta Sanz, de Luis Goytisolo, ese autor al que miré de reojo, allí, abandonado, y al que me atreví a volver después: busto de un autor recuperado. Amordazadas por la cremallera, en el interior de la mochila, la certidumbre feliz de que Andrés Neuman tiene ya una nueva novela y también un nuevo libro de poesía listos. De haber conocido a Marta Sanz —bastan segundos para saber que es una persona espléndida— y tener una dedicatoria en su novela Farándula. Y llevar también la firma de Luis Goytisolo en su obra Antagonía, y el recuerdo de su camisa blanca, su cara breve, sin arrugas, distinguida, como de representación diplomática, su educación tan correcta, su voz tan débil, la voz baja de quien tiene que decir cosas importantes, y en mi boca el asombro de cuando miras, frente a frente, con admiración y gratitud, la proximidad de alguien que ha despertado en ti emociones tan profundas.

Es de noche, sábado, he llegado a mi parada. La mochila pesa a tiempo futuro. Quizás la Feria, pese a sus despropósitos, no esté tan mal, y, sobre todo, sea necesaria: un medio de reafirmar que, pese a la contracción cultural, existen las palabras, los cómics, el teatro, los versos, las novelas, los manuales, las mil formas diferentes de aspirar a la precisión y, al mismo tiempo, de servir como espacio para la especulación. Al acostarme, imagino la oscuridad de las casetas cerradas. Su olor a madera y a libro. El calor liberándose, como un sifón, tras un día de sol. Los libros tumbados como una larga playa sin luna. De noche, de lejos, y con algo de cansancio y de imaginación, la hilera doble de la Feria se me confunde con casetas de baño. Lugares íntimos y coloridos donde refugiarse un instante, donde cambiar de piel para, acto seguido, darles la espalda, salir corriendo hacia el agua, hacia un entorno diferente, nuevo, y cambiar pues de medio. De lo conocido a lo nuevo. Una definición de la lectura, y en la mochila el tiempo.