Lo que hay que oír

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Los perros marcan el ritmo. Nosotros, el itinerario. Y no siempre, sobre todo si conocen el camino de vuelta a su sofá. Así que ahí va mi hombro derecho fuera del cuerpo, adelantado, en escorzo, porque de él tira la ansiedad de mi perra Volga. Regresamos a casa por la pasarela peatonal, Chamartín a la espalda, bajamos la escalera. Es domingo por la mañana en Madrid, hace algo de frío. Las calles parecen aburridas y los adoquines leen titulares de periódicos viejos. En la acera adelanto a una chica joven, más baja que yo, muy delgada, su pelo largo y negro, desordenado, la camisa asomándose por debajo de la chaqueta, como un estandarte medieval, un triángulo de color sobre un pantalón negro ajustadísimo, que termina pronto y muestra sus tobillos. Volga se detiene a mear, y mientras observo y escucho cómo la chica, a mi espalda, graba una nota de voz que dice: te voy a hacer un update de mi vida, tengo tendinitis crónica en la rodilla, me duele muchísimo, muchísimo, además ayer me pusieron una zancadilla por la noche, me caí, como si fuera poco, porque voy a ser coja toda la vida, toda, toda la vida. Acaba su nota al tiempo que Volga de mear. Está llorando. ¿Quién habrá recibido su angustiada voz, qué teléfono habrá vibrado en algún lugar de la ciudad, qué otro mensaje recibirá de respuesta? Volga me guía ahora hasta el parque frente a casa, allí la suelto, allí Volga corre unas espirales alocadas a velocidad de vértigo. Parece que su cuerpo es lo único que se mueve en la mañana de domingo. Se agota pronto y me demanda volver a casa: volvemos a casa. A lo lejos observo a la chica del mensaje. Está entrando en el portal vecino. Observo que tiene una cojera en la pierna izquierda, aunque es ligerísima. Diría más bien que parece caminar lento antes que balanceando. Diría más bien que, si no la hubiera escuchado, jamás me hubiera fijado en ese detalle.

Al subir a casa otro drama: los vecinos. Desde que se prometieron han decidido multiplicar las peleas, tal vez lecciones de un cursillo acelerado de preparación al matrimonio (pensé escribir parto). Él le dice a los lejos –debe estar en la cocina— que, desde que se han levantado —son las doce— le lleva toda la mañana jodiendo, y que le deje de una vez en paz: sí, he pillado el drama in medias res. Ella responde, sobrepasando el volumen de la radio, que solamente pretendía ir a casa de sus padres a recoger algo de ropa, que cuando se refería a coger algo de ropa el domingo por la mañana en casa de sus padres —enfatiza cada sílaba— se refería justamente a eso, a pasar un momento por casa de sus padres, y coger la ropa, nada más. El mensaje que me envían las baldosas del baño es claro, así lo pienso mientras acabo de mear y, a continuación, muy rápido, apunto sus palabras, porque ya vislumbro esta entrada del cuaderno, y como la pluma está lejos y como no encuentro el cuaderno algunas se me olvidan, pero mi vecina, para ayudarme, se hace eco a sí misma, y las repite, tal vez para ratificarse aún más, tal vez por disipar siquiera cualquier culpa de su lado, porque, se redice, sus palabras fueron meridianas, son meridianas, y cuando quiso decir que tenía que ir a casa de sus padres etcétera etcétera etcétera, gracias, gracias, he tomado nota, y añade a continuación —ha apagado la radio, su voz es terrible— que es un gilipollas, un gilipollas, y que le deje en paz. En qué momento se comienzan a decir los amantes estas palabras, y por qué extraños giros del afecto regresan luego a la normalidad, la que imagino esa misma noche, cuando cruce su puerta y Volga y yo olfateemos el olor de la tortilla francesa que suelen cenar. Menos mal, pienso, que el adelanto de hora de esta noche anterior ha reducido en sesenta minutos los márgenes del insulto, y también supongo la tristeza y el dolor de esa rodilla afectada. Con la sucesión rápida que solo ocurre en los comics, una hilera de seis corazones vibra en mi bolsillo. Sonrío de felicidad, y ahora el tiempo, como un acordeón, se agranda, y me descubre, hipnotizado, que aún hay espacios puros, de amor y felicidad. De uno depende –eso espero— que continúen así, como un armonioso edén, incorruptos, sin zancadillas ni insultos.

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