Paraíso de trampas

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Lo que más me descoloca en Trump no es tanto el contenido de su discurso sino su desprecio a cualquier corrección política. Su actitud se magnifica por dos razones: por la oratoria excelente de su antecesor, Obama y porque Trump ignora esa obsesión contemporánea por la contención, por la búsqueda de la palabra exacta, por la medición precisa de las consecuencias de todo lo que uno dice o, más bien, publica.

En esa búsqueda actual de la perfección léxica hay, del lado de quien escucha, un fondo osado de hipocresía: queremos ver en los políticos aquello de lo que, nosotros, carecemos. Es algo positivo que los ciudadanos aspiren a gobernarse bajo figuras modélicas, a las cuales se les exige un comportamiento ejemplar. Preocupa sin embargo que nos indigne el comentario desbarrado de un político, pero, al mismo tiempo, en nuestros labios, lo crucemos con tantos otros de idéntica o peor índole. Si la valoración de aquellos a quienes juzgamos no va acompañada de un comportamiento honorable por quien habla, caemos en el riesgo de proyectar en la realidad sólo aquello que nos enfurece, que nos hace la vida infeliz y problemática: ladrar desencantos. Como demonizar es gratuito, como arreglar un daño es imposible, la acusación es una llama fácil para diseminar los odios. Nos escandaliza lo que alguien dijo en un pasado que, tal vez hoy, resulta lejano, pero, sin embargo, nos extraña bien poco ser incoherentes, quedarnos al margen de lo que esperamos de los demás. Somos una cosa, pero la otra, que también es nuestra, la borramos, como los rastros recientes de búsquedas por la red. ¿Quiénes somos nosotros? ¿Somos los que acusamos a los demás, en actitudes públicas de transparente indignación, o los que escondemos, por miedo o confusión, nuestros pasos recién dados? Si estamos llenos de incertidumbre, ¿cómo podemos criticar con tanta fiereza la imperfección que, también nosotros, portamos?

En la actitud de Trump, curiosamente, no existe doblez, no hay un yo y su contrario, sino una indiferencia hacia las consecuencias de aquello que dice o piensa. Trump sabe que, de sus rivales, no puede venir lecciones de ejemplaridad, preocupados en averiguar su verdadera identidad, en saber lo que dicen y lo que borran. Los que votan a Trump, anestesiados por la realidad agotadora del capitalismo, están cansados de la palabrería hueca. Cada mañana el sonido del despertador, el atasco, los objetivos inalcanzables, el cansancio, les recuerdan una tragedia invisible: el mundo se divide en clases, y ellos no están arriba. Los políticos les han dado la espalda. Es aterrador comprobar que, en distintas democracias, lo que se gestiona es un estancamiento: un poso de odios antiguos que remueve las cloacas del pasado, que ensombrece el presente de quienes, recién llegados, se embadurnan rápido de idénticas miserias, y que hace del futuro un lugar inhabitable, donde ninguna hipótesis es ya hermosa.

Por eso que no veo sorpresa en la victoria de Trump: para el ciudadano americano que agota su vida bajo el zapato global del capitalismo, que madruga y trabaja y regresa a su casa y vuelve a madrugar y a trabajar y a regresar a casa, la palabrería florida de la corrección hace tiempo que perdió su contenido. En una era dominada por la revolución tecnológica, donde los cambios son visibles e imparables, porque se suceden, cada año, en nuevos modelos de teléfonos, la esfera política transmite una imagen monolítica y de podredumbre. Por esa falsa sensación de libertad que dan las redes sociales, no advertimos que nuestra felicidad es un agotamiento, un sueño brevísimo de fin de semana. Agotados por las rutinas, por las tareas pendientes, nos cuesta advertir aquello que se anuncia frente a nosotros: indivisible al mundo de las multinacionales y sus exenciones fiscales, existe una burbuja de millonarios, fortunas inmensas como las de Trump, para quienes la incorrección política es antes una manera de protegerse de los demás que de proteger al resto, a todos los que cada día, hartos pero sin voz, cogen el autobús en itinerarios inmensos, a todos los que carecen de acceso a la sanidad, la vivienda o la educación. Dicen que uno es demagógico si habla en estos términos: la realidad, es bien cierto, nunca ha sido más desigual, y por lo tanto demagógico es su análisis. En esa burbuja, oasis de privilegios, habita Trump y una corte aún desconocida de fortunas. Trump, en su desvarío verbal, ha roto la protección que otros políticos persiguen en cada una de sus declaraciones. A diferencia de Rajoy, Trump no necesita el escudo de pantallas de plasma. Él quiere estar allí, quiere que le vean, quiere hablar. Para Trump el lenguaje no sirve de protección, porque no conoce enemigos. Para Trump el lenguaje es un mecanismo de acción. En su populismo de foro cibernético se llega a la conclusión terrible de que el sistema no funciona cuando el que lo dirige se permite reírse de él, todo dentro de una mediocre normalidad democrática en la que sólo puede aspirarse, como mucho, a un discreto reformismo.

Nos quedan los sueños: nos queda un cambio político que es primero necesario y luego revolucionario, una destrucción del orden de hoy hacia uno nuevo. Pedir que las empresas paguen impuestos, que el rendimiento del trabajo no puede costar más que el societario, que hay derechos fundamentales que respetar, en especial el de conciencia y expresión, que un Estado debe siempre defender lo singular y minoritario, o la importancia del ejercicio de la crítica y su control, no deberían ponerse jamás en duda. Sin embargo ocurre todo lo contrario, y nadie habla de ello, porque quienes hablan, o más bien aquellos a quienes se les escucha, se aterran al escuchar la palabra cambio. Todos los demás somos, ay, una masa homogénea de culpabilidad, y también culpable, porque estamos demasiado enredados en la telaraña social que nos lanzan las pantallas. Nuestra identidad está en duda, y por eso que pasamos la vida creando perfiles de otros yoes para, acto seguido, borrarlos de nuestro pasado. En esa confusión todos somos desconocidos de nosotros mismos, e interactuamos con otras identidades alienadas. Como no queda alternativa, todos, de carne y hueso, seguimos cogiendo autobuses por itinerarios infinitos, arrastrando un agotamiento que es individual, terriblemente individual, pero celebrando con likes una suerte de camaradería social, vagamente feliz. De ahí que, a ese trabajador americano, le admira y seduce la crudeza léxica de Trump, porque, a su entendimiento, y al de posiblemente muchos de sus millones de votantes, Trump ha destapado por fin los intestinos del sistema, ha tenido los arrojos de ser un político que mande al carajo ese empeño contemporáneo de proteger, con palabras, una realidad traumática, aquella con la que, cada mañana, ese trabajador y tantos otros se levantan. Lo trágico es que sus votantes hayan ido a buscar la solución de quien gobierna esa realidad, y con cuyo pie les aplasta. Lo trágico es que, del lado de los perdedores, su premio de consolación sea suponer que su horizonte de vida no hubiera sido muy distinto en la práctica. Idéntico autobús, idéntico cansancio, idénticas paradas. Unos y otros, es decir, todos, sabían que cualquier opción era mala: cansados de ese viaje infinito, sin fe alguna en el valor del voto, las democracias se resquebrajan cuando nadie decide pulsar el botón y solicitar que la realidad, por un instante, sea parada, analizada, vuelta, nuevamente, a arrancar.

Dos datos:

La participación en estas elecciones fue la más baja de los últimos doce años.

La desigualdad extrema en el mundo está alcanzando cotas insoportables. Actualmente, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99% restante de las personas del planeta. El poder y los privilegios se están utilizando para manipular el sistema económico y así ampliar la brecha, dejando sin esperanza a cientos de millones de personas pobres. El entramado mundial de paraísos fiscales permite que una minoría privilegiada oculte en ellos 7,6 billones de dólares.

https://www.oxfam.org/sites/www.oxfam.org/files/file_attachments/bp210-economy-one-percent-tax-havens-180116-es_0.pdf

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Un pensamiento en “Paraíso de trampas

  1. Daniel! Me gusta como escribes — es un estilo muy poético y poderoso — pero es posible que interpretas más significado del resultado que en realidad representa? Trump ganó la mayoría de sus votos por ser republicano en un país muy polarizado (y debemos acordarnos que Hillary ganó más votos, de hecho). De http://www.vox.com/platform/amp/policy-and-politics/2016/10/15/13286498/donald-trump-voters-race-economic-anxiety%3F0p19G%3De : In the general election, the story is pretty simple: What’s driving support for Trump is that he is the Republican nominee, a little fewer than half of voters always vote for Republicans, and Trump is getting most of those voters.

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