El desconcierto de la curiosidad

Ferruccio_Busoni,_Vienna,_1877

Tener la valentía para desviarse de los cauces del repertorio, dando la espalda a los tótemes que decoran los frisos, que nos observan desde sus bustos de mármol, adentrarse en un bosque de sonidos desconocidos, de ramas que son pentagramas y frutas que son notas, tener la decisión y la habilidad de avanzar entre música nueva, en una búsqueda guiada con la ayuda de un sismógrafo llamado curiosidad, y finalmente detenerse en un claro del bosque, allí es, agacharse, silencio, cruje el suelo, y en el suelo limpiar de tiempo una partitura, sonreír, guardarla en la mochila, y que ese tesoro, por un accidente de terquedad, valentía y optimismo, acabe en los atriles de la orquesta.

Los aficionados, pocos, que nos acercamos el sábado 20 de febrero al auditorio, sabíamos que sobre el escenario podía ocurrir algo maravilloso o lo contrario. Cuando uno se sienta en su butaca llamado por un programa e intérpretes conocidos, sólo cabe el aplauso: la adhesión inmediata a una obra mentalmente memorizada y de la que nuestro cerebro musical exige la excelencia. Por ese muro de expectativas muchas veces ocurre que lo que debería ser un triunfo no lo es, como me sucedió recientemente, también con la OCNE, escuchando la Sexta de Brückner. Por ese misterio que era enfrentarse el sábado al concierto de Busoni, sin presiones canónicas, con una sensación privilegiada de exclusividad, y porque la obra hallada fue un acierto, el resultado fue un éxito. La orquesta sonó como una estampida cuando así lo exigía el director, y con precisión y control cuando lo pedían los movimientos más lentos. El joven pianista Vadym Kholodenko también parecía venir de una región desconocida, como si la partitura memorizada, de longitud bíblica, y equivalente a un temario de notarías, le hubiera obligado a encerrarse en ese mismo bosque dominado de sonidos, pero que nadie escucha, y por lo tanto silencio.

Después de más de una hora, el coro masculino del Cantico cerró el concierto. El techo del auditorio se llenó con un mensaje optimista, como protegiéndonos del exterior que nos esperaba. Ese regreso difícil de regiones celestes a un mundo de partidos de fútbol y aceras sucias, de hipotecas y sueños sin realizar. Pero dentro del auditorio vivíamos otra realidad, como habitantes de catacumbas. Todos los que coincidimos allí el pasado sábado, coro y orquesta y director y pianista de un lado, y el público en el otro, compartimos esa sensación rara de regalo inmerecido, de estar viviendo un asombro que, en sí mismo, era un momento último. Conscientes de que la obra había salido del bosque, y que cuando el sonido se marchara lo haría para no volver. Porque es muy posible que nadie vuelva a escuchar nunca en directo el concierto para piano y orquesta de Ferruccio Busoni. La partitura retornará al silencio de ámbar del bosque y quedará, en los que asistimos a tocarla, la alegría perpetua del recuerdo. Lo bien hecho suele borrar las huellas del esfuerzo, en este caso, el sudor de quien caminó por un sendero diferente, llegó hasta la obra, y la compartió con nosotros. Colocar nuevas partituras en atriles significa abrir las puertas a nuevas emociones, pero parece que muchos aficionados, ay, no se atreven a abrirlas. Por eso que sólo queda felicitar a quien busca explorar nuevos caminos, y animarle a que no cese en su valentía. Cuenta con nuestra curiosidad.

https://www.youtube.com/watch?v=FH60TO4egW04egW0

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