El porvenir

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¿Qué has estudiado? Periodismo. Y ahora… ¿ahora qué haces? ¿Ahora? Ahora nada. Nada de nada: un desastre.

Silencio.

¿Y por qué ahora nada?, pregunto con inocencia, sabiendo la respuesta; su respuesta nunca llega porque el grupo musical ha empezado a tocar una nueva canción.

El presente nos suprime la voz.

Miro el móvil, doy un sorbo a la cerveza. Si uno de los objetivos de cualquier universidad debe ser que sus alumnos inicien una carrera profesional, la universidad española lo consigue, y con éxito, en el difícil mundo de la hostelería internacional. El pub Jeremiah Weed Cowshed de Edimburgo sirve de ejemplo. Allí me encuentro con un grupo de españoles. Cada uno me confirma su extravío profesional: una periodista, dos biólogos, un abogado, y un joven que se llama como yo y está a punto de terminar comunicación audiovisual. Si junto en mi imaginación los libros y apuntes que cada uno de ellos habrá leído, resumido, subrayado, estudiado, se podría llenar una estantería.

Pero la realidad es otra: ninguno ha trabajado aún de aquello que estudió, y temen que así será también en el futuro. Hablan de España como un lugar remoto, en un tono de tristeza y desesperanza: un enfermo crónico. Me cuentan que trabajan en restaurantes de Edimburgo o Manchester, muchas veces en bares de dueño y comida española. En su migración les mueve antes la urgencia de hacer algo con sus vidas, de ganar dinero y de no estar de brazos cruzados, que el deseo de aprender otro idioma. Dominar esa culebra rápida que es el inglés lo esgrimen sin embargo como un alivio, encogiéndose los hombros. El inglés, o eso que se hable en Escocia, es un efecto secundario, una alegría débil que les consuela de estar sirviendo croquetas a dos mil kilómetros de sus casas, bajo un clima que es como su futuro, alejándose de sus vocaciones, y tratando de mejorar un idioma que, ay, les viene de la boca de tantos otros españoles en idéntica situación. ¡Si es que no se puede aprender inglés en Edimburgo!, me dice la periodista, y nos reímos.

Vuelvo a imaginar esa estantería de libros que no han servido, hasta ahora, para nada.

Yo me pregunto: ¿de quién es la culpa de haber llegado a esta situación? Tal vez esté repartida. Hay estudios que, incluso en tiempos de bonanza, sabía uno que podían conducir a callejones sin salida. Algunos de los mencionados: periodismo, derecho. Otras carreras, como arquitectura, tropezaron con muros inesperados. La perspectiva favorable de unas y otras ha quedado esfumada. El porvenir mío y del resto de españoles son unos jóvenes que beben y bailan en aparente despreocupación, que se sientan ahora sobre sacos de paja prensada, se ríen de sí mismos y miran hacia el futuro desde un pub de la calle Cowgate en Edimburgo.

Pero la alegría, o su esbozo, se marchan rápido. La noche golpea, el tiempo escapa. La vida no da tregua y el tren de regreso a Manchester sale pronto al día siguiente. Otros madrugan para servir desayunos. Nos despedimos. Giro la cabeza y les veo bajar por la calle Cowgate hacia su piso compartido. Ellos en un sentido, y yo en el contrario. Desde arriba todos seguimos un misma recta. Unos y otros sacamos nuestros teléfonos móviles al unísono, y leemos las noticias de España, elpais.com, elmundo.com, con esa curiosidad ansiosa del que vive fuera de un país y quiere saber qué está sucediendo allí, que es donde uno siempre continúa.

¿De quién es la culpa?, vuelvo a preguntarme. No sé la respuesta. En los periódicos vemos que de este gran enredo ya hay algunos culpables: gente que camina hacia la cárcel con una bolsita deportiva, o que entran y salen de un coche policial, y tienen incluso tiempo de sonreír, tal vez porque nunca lo han dejado de hacer ni lo harán. ¿Saben quiénes somos nosotros, dónde estamos, lo que nos espera? ¿Les importamos algo? ¿No éramos la generación mejor preparada de nuestra historia?

Apago el móvil. Supongo que el grupo de españoles también ha llegado a su piso. Dos dormitorios recién oscurecidos. En esas asociaciones insólitas que dan el cansancio y el alcohol, me acuerdo de la obra de Christopher Clark titulada The Sleepwalkers: How Europe Went to War in 1914. Borrados tantos datos de su lectura, retengo sin embargo el espíritu del libro: a veces no es tan relevante saber el why, sino el how. Porque si uno entiende los sucesos, estos forman una tendencia. Y detrás de la misma, como nubes de puntitos de una distribución matemática, se encuentran las razones. Rascado el how, aparece el why. En ese orden. Nuestro desconcierto es que aún estamos en la fase del how. En saber gestionar la dificultad que nos rodea. Lo cual inevitablemente nos lleva al why. Pero al why saltamos sin saber el who, como un examen que nos descubre sin respuestas.

Sólo logramos adivinar algunas cadenas de sucesos: la universidad y la falta de oportunidades; el dinero siempre en otra parte; la corrupción, la que se destapa y la impalpable, la que lo impregna todo porque no llega a percibirse, y parece estar en todas partes. Por razones insospechadas resulta que cae una aseguradora en Estados Unidos, y a un pensionista de Alicante le cambian la medicación. Hay demasiados eslabones, y es fácil perder el sentido que los une. Existen indicios y certezas, pero los datos cambian según quien los pronuncie, de un extremo al otro, como espasmos de un metrónomo enloquecido. Agotados por el combate, sin capacidad de análisis, hemos olvidado una parte del sentido que buscamos dar a nuestras vidas. Lo veo en las miradas, extraviadas. Lo veo en la ausencia de relaciones de causa y efecto. Lo veo en la disparidad de los esfuerzos y sus recompensas. Lo veo en esa estantería ficticia, de diseño sueco, y cuyos libros valen aún menos que su precio. Esa es la única lección que he sacado en claro, y que me confirma la charla con jóvenes españoles de Edimburgo: por un misterio de mercados y deuda y avaricia se han torcido los motivos de todas nuestras existencias. Con qué facilidad hemos renunciado a los logros que buscábamos detrás de nuestras decisiones. El porvenir ha claudicado. Sigo desconociendo el why, pero el how son esos grumos que empiezan a unirse como burbujitas encadenadas, unas con las otras, y que se arraciman con alegría y tristeza en un pub.

El piso vecino a mi hostal de la calle Cowgate, con su ejército vencido de españoles, es un sarcófago de oportunidades. Tras subir a la litera me encuentro un techo lleno de preguntas. ¿Dónde están las oportunidades? y me responden unas carcajadas en el pasillo. Carcajadas inglesas, matizo. Ay, ay, ay. ¿Por qué nos lo hemos montado tan mal?, e imagino el balanceo de una bolsita de deporte camino de la cárcel, la ascosa sonrisa de quien entra en un coche policial, y a punto de dormirme me propongo avanzar en el how, en cómo podríamos lograr que en España, en cómo podríamos lograr qué, en cómo podríamos, en cómo.

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