Al final de su vida

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se convirtió en una persona religiosa. No quedaba rastro de la mujer que un día fue joven. ¿Alguna huella de mí en su pelo menguante, en su cuerpo abreviado? Giré la mirada, advertí el terror: una blusa haciendo radiografía a una escalera de vértebras. Todos de pie, y de pie su penosa ascensión ósea, un vía crucis que llevaba la joroba perpetua, como una farola con artritis. ¿Una farola iluminando el qué? Iluminando una vida de ausencias, de personas que van callando como bombillas que se apagan y que nadie reemplaza. En lo alto el vitral de la iglesia hacía caleidoscopio con el sol.

Me susurró que no esperaba nada de nada, nada de nadie, nada de la vida. ¿En qué momento se llega a no esperar nada de la vida?, me pregunté. ¿Era la fe el consuelo último de una privación? No se puede vivir así, dijo al darme la paz. La paz sea contigo, fue mi respuesta y entonces llegó una señal: el sol parpadendo en  las baldosas. Me levanté del banco con la culpabilidad alegre de no estar allí, de ser joven y poder correr, espalda recta, a una acera cruzada de vida. Dale saludos a tu hija, le dije, y huí. Al salir de la iglesia me giré al altar: perdóname si en el pasado le hice daño pero no, no quiero llegar aquí. La calle me recibió con brazos llenos de tiempo.

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