Liszt, Shostakovich y las revoluciones que vienen

Shostakovich

El compositor polaco Krzystof Penderecki abrió el programa del sábado 15 de noviembre en el Auditorio Nacional. En el estrado las manos de un tocayo, Krzystof Urbanski, joven director, también polaco, y que se puso frente a la Orquesta Nacional de España. La obra elegida fue el Treno a las víctimas de Hiroshima (1959), la más popular de su autor. Tal y como apunta Marisa Manchado en sus notas al programa, esta obra fue inicialmente titulada 8´37´´, posiblemente en un guiño a John Cage. Por sugerencia de su editor cambió luego de nombre.

Así que no había ninguna referencia al dolor de Hiroshima cuando Penderecki imaginó y compuso esta obra, pero qué duda cabe que el título, aparte de dotar a la obra de un carácter más comercial, encaja con la música, sombría y desesperada. Música que se inserta dentro de la corriente denominada sonorismo, una etiqueta musical polaca caracterizada por una expresividad pura, sin artificios, mediante el movimiento y yuxtaposición de masas musicales. Para acompañar esta novedad, ciertamente revolucionaria, se utiliza una notación musical de carácter gráfico, tal y como recoge el enlace adjunto: https://www.youtube.com/watch?v=HilGthRhwP8. Algunos directores emplean un cronómetro en la dirección de esta obra. Urbanski, sin embargo, se bastó con sus manos para dar entrada y salida a los volúmenes musicales, en una interpretación algo desganada e imprecisa de la Orquesta Nacional. Pude escuchar, en la retransmisión del domingo, mucha mayor precisión en la obra. Con respecto a la evolución de Penderecki su obra avanzó, desde la década de los setenta en adelante, hacia territorios más canónicos, incluso retomando elementos románticos. Algo inusual y que fue lamento parar muchos críticos de vanguardia y alivio de otros.

Pero lo que evolucionaba en ese momento era el programa del concierto, pues ya subía por el ascensor el piano. Tras un desbarajuste de sillas y atriles, con media orquesta afinándose y la otra entrando aún por la puerta de los contrabajos, puerta que además quedó abierta durante el Adagio, comenzó el concierto para piano y orquesta número 2 de Franz Liszt. En el teclado disfrutamos de la interpretación de la pianista Khatia Buniatishvili. Una interpretación magnífica de un concierto breve y largamente revisado por el compositor húngaro. Frente a otros conciertos de piano, Liszt orquestó con voluntad decidida la obra, y de ahí que el piano rivalice con casi setenta músicos que a veces arropan y en otras arrastran al piano como un instrumento más, hasta hacerle casi desaparecer. Este hecho, unido a que la obra sean seis momentos de una misma idea musical, explica que muchos críticos consideren a la obra como un acercamiento de Liszt hacia el poema sinfónico, y no en vano el propio autor lo tituló inicialmente como Concerto symphonique.

Khatia Buniatishvili recibió grandes aplausos del auditorio. En el bis se decidió por el tercer movimiento o Precipitato de la sonata número 7 de Prokofiev, consiguiendo, tal vez sin saberlo, hacer de bisagra con la segunda parte del programa. Porque Prokoviev murió el 5 de marzo de 1953, el mismo día que Stalin, y en la segunda parte del programa nos esperaba la sinfonía número 10 de Shostakovich, un compositor que utilizó el pentagrama como testimonio del la época que le tocó vivir, pero desde una peligrosa proximidad al régimen que pretendía subvertir, o al menos retratar. Así que en las manos de Khatia se adelantaba la llegada de Stalin y, con él, Shostakovich.

Tras el descanso, en el cual tuve ocasión de felicitar a Khatia Buniatishvili por su actuación, volvimos para disfrutar de la décima sinfonía de Shostakovich. Cuando uno piensa en el compositor ruso no puede sino imaginar sus gruesas gafas redondas y, como si se tratara de una broma, de Stalin tras ellas. En Shostakovich arte y política estuvieron siempre juntos; su música fue a veces panfleto comunista, a veces rechazo a los ideales del realismo socialista, y en ocasiones, las más destacadas, expresión de una voz propia en conflicto. Es fácil juzgar y dividir su obra con el paso del tiempo, con la certeza de que lo que uno escribe o piensa no tenga consecuencias, no significa críticas furibundas ni amenazas personales. Es difícil, en suma, lograr entender la labor de un creador en una atmósfera de miedo. Con todo, y pese a la innegable relación con Stalin, la Décima fue estrenada en diciembre de 1953, unos meses después del fallecimiento del dictador. Sobre la relación de Stalin y Shostakovich hay un libro excelente titulado Shostakovich and Stalin: The extraordinary Relationship Between the Great Composer and the Brutal Dictator, escrito por Solomon Volkov.

Escuchar la décima sinfonía de Shostakovich es de estas proezas que uno incluye en su currículum musical. Bien conocido por todos es el uso que hizo de sus iniciales D S C H en el monograma musical que abre la obra. Obra oscura, melancólica, profundamente personal, y que por lo tanto fue atacada por aquellos defensores de Stalin, la música como un arma de guerra, un estilo fuerte, de raza, y alejado de cualquier pretensión experimental. Krzysztor Urbanski y la Orquesta Nacional hicieron un trabajo memorable, de esos que justifican el goce de la música, y así abandoné el Auditorio, feliz tras otra gran noche de música.

P.D. Sobra decirlo: sonaron cuatro teléfonos móviles, en la media de otros días.

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