Los perros y los lobos, de Irène Némirovski

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Irène Némirovsky nació en Kiev en 1903. De origen judío, desarrolló su carrera literaria en Francia. Los perros y los lobos apareció en 1940. Fue su última novela publicada en vida: en 1942 fue deportada a Auschwitz donde, al igual que su marido, sería asesinada. A sus dos hijas les dejó una maleta con numerosos manuscritos. Uno de ellos, Suite francesa, fue publicado en 2004, recuperándola postreramente del olvido, y desencadenando un éxito de crítica y público sin precedentes.

Los perros y los lobos dibuja un movimiento que es el de la propia autora. El relato comienza en Ucrania, su país natal, a principios del siglo XX. Irène Némirovsky escapó de la revolución bolchevique en diciembre de 1918, apenas con quince años, y así también lo hace Ada, protagonista de la novela, subiéndose a un tren en mayo de 1914. Los primeros capítulos de la obra nos describen la forma de vida de una familia judía en Ucrania y cómo, a sus ojos, se estratifican los barrios. A través de Ada leemos que es el dinero lo que diferencia unas zonas de otras. El dinero «era bueno para cualquiera, pero para el judío era como el agua que bebía y el aire que respiraba. ¿Cómo vivir sin dinero? ¿Cómo pagar los sobornos? ¿Cómo meter a los hijos en la escuela cuando se había cubierto el cupo? ¿Cómo conseguir la autorización para ir aquí o allá, para vender esto a aquello? ¿Cómo librarse del servicio militar? ¡Ay, Dios mío! ¿Cómo vivir sin dinero?» (página 24).

Junto al dinero, Ada y su primo Harry Sinner son los protagonistas de la novela. Irène Némirovsky, que fue hija de un banquero judío, y casada igualmente con un banquero, los sitúa en los extremos de la pirámide social y económica. La autora, aprovechando sus distintas fortunas, nos describe las maneras de ambición de uno y otro. El éxito y la ruina fluctúan con facilidad y definen el carácter de los judíos: «La suerte y la desgracia, la prosperidad y la misera los fulminaban como los rayos del cielo al ganado, lo que originaba en ellos tanto una perpetua inquietud como una esperanza invencible» (página 67). Frente a Ada su primo Harry «temblaba de aquel modo ante ella», y «no era porque a sus ojos representara la pobreza, sino el infortunio». Porque al final «para un judío no había más salvación que la riqueza» (página 75) y el dinero era su idioma (página 160).

Los dotes de la autora para observar cómo afecta el dinero a cada uno deja fragmentos admirables: «Los judíos de la ciudad baja eran religiosos y fanáticamente apegados a sus costumbres. Los de los barrios ricos se limitaban a observarlas. Los primeros sentían que la fe judaica estaba arraigada en ellos a tal punto que les habría resultado tan difícil prescindir de ella como vivir sin corazón. A los segundos, la fidelidad a los ritos les parecía de buen tono (…). Entre esos dos grupos, piadosos cada cual a su manera, estaba la pequeña y mediana burguesía, que vivía de otro modo. Invocaba a Dios para que bendijera un negocio o curara al hijo (…), pero acto seguido se olvidaba de Él o, si se acordaba, era con una mezcla de miedo supersticioso y tímido resentimiento: Dios nunca concedía lo que se le pedía… del todo» (página 40).

Esta visión de su propia comunidad hizo que la misma rechazara a Némirovski, acusándola de antisemita. Todo una paradoja sabiendo cuál fue su terrible destino. Pero tampoco fue aceptada por la patria francesa, a la cual ella siempre aspiró. Porque Los perros y los lobos, siguiendo el itinerario biográfico de la autora, se cierra en una Francia que imaginamos ocupada por los alemanes. Según Némirovsky la alta burguesía parisina tiene como único interés el buen vivir, y es indiferente a un mundo que se derrumba. Suponemos que Europa está en guerra, pero la novela nos oculta los hechos. Mudos los diarios, la obra observa las consecuencias de la contienda sobre las costumbres, y así consigue hacer crítica social. Pese a la crudeza de esta crítica Némirovsky nunca dio la espalda a su país de adopción, se convirtió inútilmente al catolicismo y, tal vez agotada, no intentó ni siquiera huir cuando Francia capituló y tuvo tiempo para hacerlo.

Los sentimientos entre Ada y Harry complican la peripecia de la novela. Son parientes cercanos pero media entre ellos una larga distancia: la de sus fortunas tan dispares. Si el amor se hace común es porque se levanta sobre la experiencia individual: los enamorados se identifican en la memoria común de un pueblo perseguido, dividido entre perros fieles y lobos salvajes, entre el servilismo y la insolencia. Este amor responde por lo tanto a una oscura llamada de la sangre. Un amor estólido, porque los judíos son «una raza ávida, hambrienta desde hace tanto tiempo que la realidad no basta para alimentarnos», y logrado gracias a una «necesidad casi salvaje de conseguir lo que se desea (…)» (página 130).

Esa pasión prevista entre Ada y Harry se alcanza tras unas escenas memorables: de un lirismo amargo son los lienzos que ella pinta y cuelga en una librería, esperando que Harry algún día los vea y, activándose los mecanismos del recuerdo, llegue a París una realidad lejana y olvidada. El arte funciona como una vía para que Harry consiga encontrarse consigo mismo, con su historia, y por lo tanto con Ada. Pero también causa una honda impresión la imagen de Ada sentada en un banco de la calle, observando una fiesta en el palacio de Harry, las risas y las copas y las intrigas y todo lo que imagina que la gente habla desde los balcones abiertos. Ada y Harry, dos ruedas que confunden voluntariamente «el pasado y el presente, el sueño y la realidad» (página 146) y que giran desde su nacimiento sobre el mismo eje.

La obra se cierra con un movimiento que es la biografía de un pueblo: el espanto del regreso al lugar del que se había huido. Irène Némirovski, su marido y sus dos hijas tenían suficientes razones como para escapar del odio nazi: una familia acomodada, de origen judío y ruso. No lo hicieron, y en ese momento la biografía de Irène y de Ada se separan para siempre.

La primera permaneció en Francia, pensando que tal vez la conversión al catolicismo y su dinero, y por lo tanto sus contactos, podrían salvarla. No fue así: fue obligada a portar la cruz amarilla que estigmatizaba su origen judío, deportada y finalmente asesinada en las cámaras de gas de Auschwitz. En julio de 1942 escribe una última nota dirigida a su familia: «Mi querido amor. Mis queridas niñas. Creo que marchamos hoy. Fuerza y esperanza. Estáis en mi corazón. Os quiero». No supieron nunca más de ella.

La segunda, Ada, seguirá viva en la memoria libre de quienes hoy leemos esta obra. A pesar de algunos brincos temporales y de ciertas descripciones estereotipadas, sobre todo en referencia a los rasgos judíos, todo parece vivo y real. Cada detalle encaja con el resto y ningún dato resulta superfluo, y hace que la obra tenga la perfección liviana de los buenos cuentos.

Los perros y los lobos es una instantánea tomada sin cámara: el relato de un espanto que la propia Irène rechazó mirar, tal vez porque no pensó que lo escrito pudiera ser cierto. El libro se cierra con nostalgia: el sentimiento entre Ada y Harry supera el tiempo de la novela. Parecen Tristán e Isolda, condenados a quererse, y por eso que aún hoy escribo estas líneas sobre ese amor, compartiendo un sentimiento único mezclado de fuerza y de esperanza; de servilismo e insolencia; de austeridad y riqueza; de perros y lobos, como leitmotiv de un pueblo extranjero y solo. Un pueblo y un amor perseguidos por un pasado más largo que el resto de los mortales.

Los números de página indicados en la reseña corresponden a la edición de Salamandra, S.A. en su catálogo de «Letras de Bolsillo».

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