Sobre Orgullo y Prejuicio (Pride and Prejudice) de Jane Austen

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Para aquellos que no hayan leído la novela, se advierte que esta reseña hace explícita el fondo de la trama.

«Too light & brigth & sparkling». Palabras que podrían hablarnos de un dormitorio, o tal vez del sol. Palabras que podrían también hacer referencia a un vino de aguja. Pero que realmente fueron la descripción que hizo Jane Austen de su novela Pride and Prejudice (Orgullo y prejuicio). Fue publicada en 1813, cuando su autora tenía treinta y cinco años y le quedaban apenas cuatro para morir.

¿Por qué se sigue leyendo una novela inglesa escrita en el siglo XIX, en un mundo tan diferente al actual? ¿Cómo ha conseguido brincar sobre dos siglos, y romper a cada instante con la tiranía de lo inmediato? La razón no es otra que Elizabeth Bennet y su búsqueda de la felicidad. Como todas las heroínas de Jane Austen, Elizabeth Bennet sueña con un buen matrimonio. El matrimonio es la única solución vital para mujeres bien educadas y de escasa fortuna. Ese es su caso, y Fitzwilliam Darcy su elegido. Un hombre cuya belleza y dinero le interesan por igual. Si la novela atrapa es porque, para llegar al matrimonio, Elizabeth y Darcy vienen de regiones equidistantes. La primera es el epítome del prejuicio, uno de los pilares de la novela. Su opinión sobre Darcy está llena de consideraciones previas y equivocadas, que le hacen errar en el juicio, y por lo tanto en el sentimiento. El segundo representa el orgullo: se trata de un millonario arrogante y esnob que sin embargo esconde un amor hacia Elizabeth. Vivien Jones, en sus notas a la edición de Penguin Classics, apunta a este respecto que, dado que la felicidad personal no puede separarse del mundo donde le da abrigo, los sentimientos privados de Darcy tienen justamente una implicación exterior poderosa e inevitable.

El proceso de aproximación de Elizabeth y Darcy es complejo. Ocurre en amplios salones, buscándose la mirada en los espejos, o haciéndola converger a lo lejos, arboledas en sombra detrás de anchos ventanales. También se buscan en cada correo matutino, en una relación epistolar que ella lee en soledad, con las manos juntas y el corazón sofocado. Las cartas tienen un papel clave en la novela: en una sociedad rígida, marcada por rutinas y ceremonias, lo escrito permite formular aquello que en público no está permitido. Se buscan también, o más bien se esconden y se encuentran, en el laberinto de jardines que rodean las casas de campo. La naturaleza es un personaje, les protege y les espía. Salones y jardines y cartas son, en resumen, los escenarios de un romance que tiene que luchar contra el orgullo genético de Darcy y el prejuicio alegre de Elizabeth, sus «first impressions», que era como se iba a llamar inicialmente la obra.

Pero incluso se buscan y encuentran cuando uno de ellos está ausente. Así ocurre en la visita de Elizabeth a la mansión de Pemberley, y que constituye a mi juicio uno de los momentos más hermosos de la novela. La mansión, propiedad de la familia Darcy, era abierta a los turistas durante las largas estancias de sus dueños en Londres. Elizabeth camina asombrada por los pasillos de la casa, observando y siendo observada por los retratos allí colgados. Varios de ellos representan a Darcy. En la mirada de Elizabeth los lienzos cobran significado: su opinión sobre Darcy termina de orientarse, y sale al jardín confirmando que le ama.

Elizabeth y Darcy deben salvar también los obstáculos familiares y sociales que los rodean, por no hablar de la disparidad de sus fortunas. Estas trabas se aprecian con sutileza en la conducta de otros personajes. Por ejemplo en Charlotte Lucas, amiga de Elizabeth, que acepta casarse con alguien a quien no ama. En Charlotte las reglas del decoro esconden antes una situación desesperada que un sentimiento sincero. O la boda de Lydia, hermana de Elizabeth, con un militar enfrentado a Darcy, y que coloca a ésta en una situación comprometida: ¿cómo va a querer Darcy casarse con ella, y tener entonces a un enemigo como familia? Todo está conectado, todo debe tenerse en cuenta para que el afecto funcione, y así que de cualquier conversación en un paseo, o junto a una taza de te, se disparan consecuencias que afectan a muchos personajes. Por eso que Elizabeth y Darcy no solo tienen que buscarse tras un largo viaje afectivo, sino que su romance debe además analizar todo lo que a su alrededor se dice, murmura o calla. Y para asimilar toda esa complejidad, la lectura debe ser atenta.

Se discute si Pride and Prejudice defiende o no los valores familiares tradicionales. Si hoy hablamos de whatsapps y twitters y redes sociales, cuando Austen escribió la novela se escribía de aristocracia, caballería, propiedad, jerarquía familiar, lealtad al género masculino, decoro, modestia, elegancia y, como la mezcla de todo lo anterior, de matrimonio. Entre todas esas palabras, revolviéndolas, aparecían las primeras críticas feministas a un orden que solo legitimaba a la mujer a través de un buen matrimonio. Eran voces aisladas y perseguidas en la Inglaterra conservadora de las Guerras Napoleónicas. Sin embargo, y en analogía a lo ocurrido durante las Guerras Mundiales, son los años bélicos donde el papel de la mujer hace raíz. Como una veleta averiada, el feminismo sopla en dos frentes a la vez: uno radical, revolucionario, y por lo tanto perseguido, y otro conservador, que busca perpetuar la abnegación sumisa de la mujer, su papel elegante y decorativo.

Elizabeth Bennet es una heroína empujada por un viento de cambio. Una mujer independiente, de mente viva, espontánea, impaciente, y que lucha por ser reconocida. A William Collins le rechaza su insistente oferta de matrimonio en los siguientes términos: «Do not consider me now as an elegant female intending to plague you, but as a rational creature speaking the truth from her heart» («No me veas como una mujer coqueta buscándote las cosquillas, sino como un ser racional cuyo corazón habla de verdad»). El desenlace feliz de la novela no deja sin embargo de ser muy convencional. La alegría multiplicada de la señora Bennet da muestra de ello. Elizabeth ha logrado un salto social y también económico, en un mundo donde la aristocracia pierde peso y lo gana el lucro urbano de una nueva burguesía, perfectamente representada en la novela a través del señor Gardiner.

La novela nos muestra a sus protagonistas persuadiéndose de un mismo sentimiento. Las escenas son el itinerario racional de sus afectos. Un camino en el cual Darcy se despoja del orgullo, Elizabeth de los prejuicios, y descubren que son complementarios. El final es feliz, pues el amor triunfa y vence al control social. Pero la autora suspende el desenlace, porque vive y escribe en una sociedad donde la prudencia va antes que el amor. Una sociedad con una rendija de cambio, donde se vislumbra una burguesía y una nueva sensibilidad. En ese camino en curva de las emociones quedan dolores de cabeza, lágrimas, tiempos de ausencia, ansiedad. Y para el lector el goce de esas cartas (¡cuarenta y cuatro!), que uno lee como recién escritas. Cartas que parecen tratar de decir más, pero en las que el pudor tiene a veces la cualidad del silencio. Y cuando la respuesta de un sentimiento tapado es otro corazón con coartada, uno no puede sino resistir al sueño, dejarlo al borde de la cama, y seguir espiando esa correspondencia, en una búsqueda nocturna que logre romper las fronteras, para que entre Elizabeth y Darcy se materialice al fin lo que la palabra anticipa, oculta o calla.

Decía John Mortimer que no se puede leer, escribir o vivir en plenitud sin conocer todos los tesoros literarios del pasado. Y que la mejor elección era siempre las ediciones Penguin Classics. Yo también recomiendo leer este clásico, como cualquier otro, pero saltando todo tipo de introducciones. Como si Pride and Prejudice hubiera ganado el último Premio Alfaguara, y estuviera en las vitrinas de una librería, después en el metro y luego en casa. Un libro nuevo, recién publicado, del que no sabemos nada. Y después de la lectura, para profundizar en la obra, leer las notas explicatorias. El sistema anglosajón, que las ubica al final de la obra, me parece la forma más sensata de mantener la pureza del texto.

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