Una noche real

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Una ciudad es una tela donde las historias se mezclan: historias que, sumadas, hacen a la población protagonista. El reparto de papeles es tan amplio que nos lleva a desempeñar roles contrarios: somos formales en oficinas matutinas, y algarabía en la nocturnidad; somos gritos en el abrazo entre amigos, y silencio sin distancia al dar un beso. Pese a la confusión de identidades, todas las historias son tramas de una misma urdimbre, de un mismo pentagrama del telar, y por lo tanto historias que resuenan las unas con las otras, y que nos alivian pues confirman que el mundo no es un lugar tan caótico como pensamos.

En la noche del 18 de junio del 2014, bajo el calor creciente de Madrid, se han mezclado tres historias. Tres tramas que han dejado en el aire aspas de vapor, como la espuma de aviones que, pasando por un mismo lugar, solo se tocan en el recuerdo. La primera de estas historias es real, en todo el sentido del término: el viaje de un país hacia un nuevo monarca. España ha salido del aeropuerto Suárez con el pasajero Juan Carlos I, y en el destino Felipe VI. Antes del despegue ha habido un sobresalto mecánico, como el tirón de una vagoneta de montaña rusa. Bajo los pies un ruido de mecanismo de cremallera, un movimiento controlado porque la realidad ya está escrita, y avanza por donde nos indican. Primero el tirón, después una barra metálica que se tumba sobre las piernas. En esta historia el papel nos ha venido a todos impuesto, sin la posibilidad de contrarios. A modo de torre de control, en el edificio del Congreso una mayoría ha tomado el micrófono: ¡despeguen, es una orden! Y uno se extraña que, si son mayoría en el edificio, y el edificio es un espejo de nosotros, por qué multiplican el esfuerzo para controlar a unos pocos. ¡Ingratos, son ganas de molestar, y no es el momento de cuestionarse ahora nada, por favor!, nos dicen desde su megafonía. ¡Con todo lo que han hecho por nosotros! Y al metal que aprisiona las piernas se añade una vigilancia bizca sobre manos y ventanillas: la uniformidad cromática sirve de baliza en el camino, y hay algunos colores que nos pierden.

Otro color que pierde es el de unos jugadores de rojo que corren detrás de la pelota. Estas palabras podrían servir como definición del fútbol, pero no el fútbol español de los últimos años, donde solo corrían los rivales, selecciones que se desesperaban persiguiendo el balón, y el balón en los pies de unos jugadores muy bajitos, muy hábiles, y que, como una monarquía absolutista, parecían llevar toda la vida dominando el césped. De golpe, en una noche, hay dos historias que se cruzan, la de la selección española y la de Juan Carlos I, y su mezcla se tritura en un misma derrota: su jubilación. Una a una, callan las voces que defienden a los jugadores; son voces cada vez más secas y distorsionadas, porque la memoria es un músculo débil y la realidad (¡y dale con la palabra real!) desprecia las glorias pasadas. La monarquía y la selección española se me aparecen como salas de un museo arqueológico, sucesos que se tienen que recordar para saber que ocurrieron. Visualizo un sueño raro: vitrinas custodiando copas de Mundiales de fútbol y diademas de princesas, y en mi oreja una audioguía informándome que, sin Juan Carlos I, no hubiéramos tenido democracia, y mi cabeza preguntándose: ¿y sin Iker no hubiéramos recibido siete goles en contra en apenas dos partidos, y por lo tanto podría haber un trofeo más? Miro a la ventana, la ventana me devuelve un signo de interrogación, y como no hay respuestas a lo que nunca ha ocurrido, concluyo que ni la audioguía ni mi pregunta tienen sentido, como tampoco tiene sentido dar mucho espacio a los disgustos deportivos o reales.

Para apartar los disgustos, llega el postre o tercera historia, el tercer hilo de la urdimbre, y que compensa la doble derrota anterior. Se trata de la celebración de mi cumpleaños con muchos de mis amigos. Un cumpleaños cuya fecha ya pasó, como ya pasó el tiempo de las cruzadas, de los reyes y de los vasallos, de las guerras mundiales y de los éxitos futbolísticos, y así que soplar las velas me resulta divertidamente anacrónico. Como solo importa lo que hacemos en cada gesto, en cada conversación que iniciamos, en cada abrazo que damos, en cada avance que damos hacia algo o alguien, como solo importa cada vez que de verdad dejamos de escucharnos, y por lo tanto escuchamos, esta última historia es una madeja de presente, un cruce atestado de otras muchas historias, una maraña de hilos dotados de esa lucidez que primero da el alcohol, y que solo se alcanzan a escuchar tumbándose sobre el oído de los demás.

Así que esta tercera historia es una síntesis, un tejido capilar por donde circula la ansiedad feliz por todos los libros y películas que nos quedan por disfrutar, el eco de risas porque solo el gallego puede expresar complejos sentimientos, el recuerdo de ascensiones a montañas, también la sombra de personas que ya no están y de aquellas otras que llegarán, el boceto de planes vacacionales, de fotos de casas que pronto tendrán sus historias que contar. En resumen, todo lo que se teje entre uno y los demás,  lo que hace trama, a veces por caminos que uno no había pensado, y que ha completado el telar de un 18 de junio bajo la hospitalidad atenta y de Miguel, y en su bar D´Pikoteo todos los que habéis venido en vuestro papel único, Alicia, Patrice, Ignacio, Guille, Jacobo, Ane, Ana, David, Ene, Javi, Susana, Beatriz (por partida doble, y de una de las partidas sus hermanas) Pablo, Chabe, Sergio, Bárbara, Cassandra, Miguel, Isa, Manu, Cristina (también duplicada), Ernesto con retraso y con tristeza, Bruno, Carmencita, Fidel, Pepe y Franz, algún otro que se me pueda olvidar, algunos muchos que no pudisteis venir, y a todos, cómo no, las gracias por estar allí, por vuestros regalos, pero sobre todo por ser la victoria en esta historia.

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