La vida escrita en Trieste

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Trieste podía haber sido yugoslava, pero Italia alargó el brazo y, con la punta de los dedos, la hizo suya. Dibujó en el suelo una frontera, y en su extremo emplazó la ciudad, casi como un error. En ciudades de frontera, y Trieste es una ciudad de frontera, hay noches en las que suenan las bisagras: la realidad se fuga por las calles, y de golpe tras una esquina hay una nueva lengua. Llamas por teléfono para avisar de esa transformación, pero tu operador telefónico también ha cambiado, y no reconoce tu existencia. Vuelves sobre tus pasos, y en la plaza Unidad te alivia regresar a la realidad perdida.

Cada mañana en Trieste la luz del Adriático sube del mar, toca el cielo, rebota, se cuela por las ventanas, entibia los pupitres, sobre ellos un mapa político, y sobre el mapa los ojos atentos de un niño: es clase de geografía y nadie bosteza, pues sus padres les han enseñado la trascendencia de los fronteras. Padres que dicen: nuestras vidas, hijos, son fibras de fronteras.

Las fronteras se dibujan con línea continua, pero no es el caso de la de Trieste, donde la frontera es una sucesión alternada de segmentos y puntitos. Por ese perímetro agujereado entra y sale la vida. La de los escritores que en alud abrieron sus cuadernos en Trieste: Stendhal, Italo Svevo, Rilke, Claudio Magris, Freud, Henry James. La de los imperios que, atraídos por su localización, fueron llegando y relevándose: los austrohúngaros, que hicieron de la ciudad el puerto de los Habsburgo, los italianos tras el final de la Primera Guerra Mundial y hasta 1943 cuando, derrumbado el régimen fascista, fueron desplazados por los alemanes. Nuevamente Italia tras el final de la contienda, pero con el territorio dividido en dos, otra frontera más para ser aprendida, niños, una zona controlada por británicos y americanos, y otra de autoridad yugoslava.

En esa línea discontinua que es Trieste al tiempo lo corta la persistencia de los vientos: el viento bora baja de las montañas durante el invierno, se acelera ladera abajo por las gradas abruptas, invade la ciudad y comba la forma de sus calles vacías, pues sus habitantes lo escuchan pasar desde los informativos de televisión.

Cuando el viento lo permite, los lectores de la ciudad salimos a caminar por la ciudad. Lo hacemos gracias a Jan Morris, un soldado galés destinado en la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial. A semejanza de Trieste, Jan Moris también tiene una identidad discontinua, pues cambió de sexo años después de vivir en la ciudad. Así que Trieste nos habla desde la voz de una mujer que recuerda el hombre que fue allí, y que ya no existe.

Paseando junto a Jan nos vamos deteniendo en el castillo de Miramar, un recuerdo del pasado austrohúngaro, visitamos el interior de un campo de exterminio alemán, el único en territorio italiano. Conversamos con los habitantes de la ciudad, pero sobre todo con nosotros mismos, reflexionando sobre el patriotismo y el paso del tiempo, sobre el amor y el sexo, sobre el auge y caída de los imperios. En cada lugar de Trieste nos topamos con una imagen que, a modo de metáfora, redobla la exactitud de nuestros pensamientos: las fachadas son pantallas de la mente. Parece que las ideas y la ciudad juegan al escondite: se dan distancia, se escapan, se buscan, se encuentran, se vuelven a escapar.

Estatuas y cafés y rincones nos recuerdan el importante pasado literario de esta ciudad: Trieste es el plató cinematográfico de un libro abierto. Dice Muñoz Molina de Trieste que lo más sorprendente de las ciudades de la literatura es que a veces también existen en la realidad. Nunca he estado en Trieste, pero el viaje fluido y melancólico de esta obra hace sentir que uno ya ha estado allí, y que el viaje, que es lectura, ha merecido la pena.

Esta reseña al libro Trieste and the meaning of nowhere, de Jan Morris, fue publicada en la web http://www.el-buscalibros.com/ donde colaboro mensualmente. Os recomiendo lo visitéis.

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