La mala memoria

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– Cariño, está ahí Carmen.
– ¿Qué Carmen?
– Carmen Blanco.
– Yo no conozco a ninguna Carmen Blanco.
– Sí, hombre. Carmen. Carmen Blanco.
– No me acuerdo.
– La profesora particular de María.
– Ni idea de quién es Carmen Blanco, amor.
– La mujer con la que me estuviste engañando.
– ¿En serio?
– En serio. Un año y medio.
– No me acuerdo de nada.
– Eso es ya lo de menos. Vete a saludarla, que se va a ir.
– ¿Estás segura de que te engañé con ella?
– Sí amor. Pero hace ya tiempo, no le des más vueltas.
– Me sorprende haberme olvidado de ello.
– De verdad, no le des más vueltas, olvídalo y vete a saludarla.
– No, si olvidado está. Eso es lo que me preocupa. ¿Y cómo nos descubriste?
– En nuestra casa. Ella y tú. Yo volvía del dentista antes de tiempo.
– ¿Y me perdonaste?
– Pues claro que sí, tonto. Si no, ¿qué hago aquí contigo, ahora?
– No sé. Tal vez no tenías otra opción.
– O tal vez sí, y como me pediste perdón, acabé perdonándote. Aunque ahora que lo pienso, es triste.
– ¿El qué es triste?
– Que me preguntes si te perdoné.
– Porque te lo pedí, ¿verdad?
– Me lo pediste, sí.
– ¿Y me perdonaste?
– Te perdoné. Me pediste luego que olvidara todo.
– ¿Y lo olvidaste?
– No. Nunca. No he podido. Veo a una Carmen Blanco en cada cola del supermercado. En cada fila de un teatro. En cada cine. La veo incluso en nuestro dormitorio.
– ¿Es eso lo triste que pensabas antes?
– No. Lo triste es que me pidieras que olvidara, y que hayas sido tú el que hayas olvidado del todo, para siempre. Como si Carmen Blanco no hubiera existido jamás. Que tú no recuerdes nada de ella y yo la recuerde cada día.
– Me gustaría poder acordarme de ella, de lo que tal vez sentí hacia esa mujer. Poder pedirte de nuevo perdón. Y pedírtelo hoy. Pero soy incapaz, porque lo he olvidado todo.
– Ya lo veo. En fin… ¿por lo menos recuerdas que me quieres?
– Por supuesto amor. Claro que te quiero. ¿Por qué me lo preguntas?
– Porque tengo miedo.
– ¿De qué?
– Miedo a ser la próxima Carmen Blanco. Miedo a que un día te despiertes y te sea ya invisible. Como si nunca hubiera habitado en ti. Que alguien te diga: mira, ahí está tu mujer. Y no te acuerdes ya de nada.
– ¿Pero por qué le das vueltas a algo tan sombrío, amor?
– No puedo evitarlo. No puedo evitar darle vueltas a esa idea. Pensar que ahora me quieres porque mantienes esa memoria activa. La estela de un afecto. Algo que, poco a poco, se está extinguiendo, y que ya no puedo hacer nada para que crezca. Me tengo que resignar.
– No tiene por qué extinguirse. Tú eres mi pasado: si se olvida, o más bien si yo me olvido de él, yo también desaparezco. Pero tienes que ser feliz: hoy y ahora sigo aquí, queriéndote. Y te lo voy a demostrar, pero con una prueba. Ahora soy yo el que te obligo a hacer memoria: ¿recuerdas el postre que descubriste en Granada?
– ¿De qué postre me hablas?
– Durante nuestra luna de miel. Corrías como una loca hacia el escaparate de una pastelería en el Sacromonte. Te peinabas con coleta, y la coleta daba brincos, como diciendo que sí. Luego, sentados en un banco mirando hacia la Alhambra, nos dábamos la mano con los dedos pegajosos.
– Pues vaya. Ahora soy yo la que no me acuerdo.
– Los piononos. Así se llamaban.
– ¡Los piononos! Si tu lo dices, será verdad. Los piononos. No lo recuerdo.
– ¿Qué te parece si vamos a la pastelería junto al auditorio y merendamos, y así dejas de pensar en cosas que ocurrieron hace un siglo?
– Me parece una buena idea. Nos animará. A mí al menos.
– A mí también. Quiero verte contenta. No olvides tu bolso. ¿Me acercas mi abrigo?
– Te lo llevo yo, anda. Creo que hace calor fuera, no lo necesitarás. Mira que te dije que no hacía falta. De verdad que eres un cabezota. Y agárrate bien al andador.
– Andemos, andemos pues.
– Andemos, y a ver si se me olvido de esa mujer, al menos mientras nos zampamos ese pastel. ¿Cómo decías que se llamaba?
– Piononos.
– Te preguntaba por la mujer.
– Carmen, cariño, Carmen.

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