Hipotecas (o la gran cadena del ser)

Madrid-20140330-00045

– El notario vendrá dentro de un instante. Aquí les dejo las hojas que deben firmar: son el calendario completo de pagos de su hipoteca -y el oficial cerró la puerta a su espalda.

Ada y su novio comenzaron a pasar las hojas. Ella las fue contando en silencio. Ocho. Nueve. Diez. Hasta doce folios conteniendo las mensualidades del préstamo. Sus fechas de pago e importes. Sus vidas reguladas hasta un remoto 2028. A su lado estaba Elena Lago, la directora del banco, que observaba a la pareja con una mezcla de codicia satisfecha y de temeridad: ¿sabía realmente a quién estaba prestando el dinero? ¿Quién era Ada? ¿Quién era su pareja, ese tal Harry?

En el caso de Ada, ella era ahora una mirada extraviada al tráfico infatigable de Madrid. Su rostro fue un trazo de miedo al regresar a las hojas y leer 2028. ¿Se mantendría durante todo ese tiempo la certeza de sus ingresos? No solo los de ella: también los de Harry. ¿Y qué pasaba con el amor? ¿Lograría sobrevolar todas esas cuartillas? Porque si resulta que en un plazo largo a cualquier persona le ocurren todas las cosas, entonces todas las cosas debían contemplarse, todas las excepciones a la regularidad. Pero lo que aquí se firmaba decía que el futuro siempre iba a ser como hoy, monótonamente igual.

Ada se levantó de la mesa y se dirigió hacia la ventana para que no le viera nadie. Suspiró con profundidad, y entonces casi creyó escuchar la voz de su madre. Se preguntó qué habría sentido ella en ese mismo momento, a punto de firmar lo que parecía una cadena perpetua de pagos. Y en su ausencia la visualizó allí misma sentada, en el rostro una risa nerviosa y en la mirada un brillo travieso, como burlándose con una inconsciencia juvenil de la solemnidad del acto.

Sobre la acera jugaba una niña que podía haber sido Ada, pero también su madre. Con qué facilidad le devolvía el mundo los ecos de una vida anterior. Luego sonó un claxon. Ada parpadeó y su rostro volvió a tener treinta y cuatro años. Advirtió entonces que en ella se había contagiado la misma risa nerviosa del recuerdo, la misma mirada traviesa, idéntica inconsciencia. No le extrañó este fenómeno, pues se sabía parte de una ausencia fatigosa. Lo que sí le sorprendió fue la manera en que el recuerdo se abría camino hacia la superficie. Pensaba entonces en su cuerpo como el cono de un cráter, y en su interior un magma de lava y memoria. No era una invención suya: algún amigo o familiar asistían también al milagro de esas erupciones cuando, por un gesto o por una frase, visualizaban a la madre en el cuerpo de la hija.

Ada regresó a la mesa y se sentó nuevamente entre su novio y Elena Lago. Decidió ignorar las dudas sobre qué le ocurriría a su vida dentro de la del préstamo, y para tomar la decisión le bastó la certeza de contar con ese río de lava a su favor. Un río amplio, sin márgenes, un río ruso que a su paso iba abriéndose a nuevos afectos. No sabía nada del futuro, solo era dueña del pasado, y el presente era ese gran espacio acuático: la cadena ontológica de todos los que habían nadado hasta llegar a ella.

El notario apareció al fin. Ada sintió su propio sudor al darle la mano, como un vapor de agua transpirando desde su piel. Empujada por una explosión, su brazo se abalanzó sobre los papeles. Mientras Ada y Harry firmaban el oficial de la notaría permanecía quieto junto a la pared, como un friso. Luego se separó y revisó las firmas, al tiempo que el notario comenzó a despedirse. Le volvió a dar la mano a Ada, ahora con más fuerza, y mirándola al fondo de los ojos sonrío y le dijo:

– Gracias. Estoy seguro que todo le marchará muy bien -y sorprendido por haber dicho algo fuera del protocolo, el notario guardó con rapidez su pluma y continuó-. Vayamos fuera, que hoy hace aquí un calor enorme. Esta habitación parece un horno -y Ada se sonrió al fin, reforzada en su fortaleza de lava.

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8 pensamientos en “Hipotecas (o la gran cadena del ser)

  1. Estupendo relato que alguien debió leer hace 10 años o algo antes.
    Sólo un mínimo de sensatez en averiguar quienes era Ada y Harry, y un poco de sensatez en ellos mismos, en darse cuenta que nadie es dueño del futuro y sobre todo de un futuro a muy largo plazo, y que nada vale la esclavitud de algo material.
    Las cosas serían muy diferentes ahora.
    Saludos

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