El Aleph de Borges

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Con frecuencia se le preguntaba a Borges cuáles eran sus obras favoritas. Él respondía sentirse más orgulloso de las que había leído que de las que había escrito. Y mientras uno imaginaba la altura celeste de sus lecturas, el entrevistador insistía con la pregunta, y Borges, a regañadientes, señalaba El Aleph como uno de sus libros más logrados.

Si los lectores siguen cuestionándose hoy por el lugar donde empezar a leerle no es tanto para buscar atajos hacia su talento, que pocos discuten es el más grande después de Cervantes, como más bien encontrar un sendero por el que poder seguirle hasta el final del camino. Esa recurrencia sobre por dónde empezar, también ese deseo por saber qué es lo mejor de Borges, se multiplica hoy en las redes sociales, espacios donde Borges ya no tiene voz para responder. En esos patios virtuales la gente no discute tanto su obra favorita del autor, como más bien la búsqueda policíaca de aquella lectura que alguien celebra y uno todavía no conoce. De lo cual se concluye la original vigencia de toda su obra y la necesidad, sí, de un camino luminoso por el que no perdernos en el descubrimiento de su belleza.

Dado que Borges nos marcó El Aleph como el primer peldaño, por qué no entrar en el universo del escritor a través de esta obra. Y El Aleph se abre con un arco sobre el espacio y el tiempo: El inmortal, pórtico de los diecisiete cuentos, es un viaje al pasado y a un lugar desconocidos, con su protagonista persiguiendo la Ciudad de los Inmortales. En apenas unos líneas nos encontramos dentro del estilo de Borges: su síntesis narrativa, la capacidad para desplegar información con una economía máxima de caracteres. Borges es contención: como si hubiera anticipado los límites del twitter, es capaz de sugerir en una frase lo que a otros les exige un párrafo, aunque a Borges, que rechazaba la modernidad (pese a que entró en ella para siempre), no le hubiera gustado ser el inventor de una herramienta que corta los pensamientos, si presuponemos además que existen. Sirva este ejemplo de su maestría en lo breve: «Al pie de la montaña se dilataba sin rencor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena». En diecisiete palabras ha logrado una imagen para la que otros necesitan líneas y líneas.

Apenas unas páginas y los temas de Borges también están allí, esperándonos: la muerte y el infierno; la verosimilitud dentro de un mundo mágico; el problema del tiempo; la solución a juegos mentales, que son en verdad problemas metafísicos; el humor, impregnado de su cultura universal y políglota; la fascinación por la violencia; la presencia de laberintos, que desorientan y angustian al protagonista, multiplicando el enigma, y donde la historia principal se hace grietas en nuevas narraciones. Temas donde nunca encontraremos, ni siquiera sugerida, la sexualidad, que Borges omitía obsesivamente.

El Aleph es un viaje hacia planos de irrealidad. En sus momentos más logrados, como tras subir las escaleras de El inmortal, llegamos a una altura literaria desde donde se contemplan las fuentes de inspiración del propio Borges. Y en el valle, lejanos en altura, la falsa literatura. A veces los viajes son del espíritu, como en Los teólogos, donde las vidas parecen obedecer a planes superiores, las agendas de los dioses. Este cuento, que diría que es magnífico si no lo fueran también los otros, puede entenderse como una radiografía del propio Borges, que desde niño supo sería escritor, la vocación que su padre cultivó a medias y multiplicó en su hijo. Otros viajes son del recuerdo, como las confesiones del criminal nazi en Deutsches requiem. En ocasiones los viajes no son posibles: esos laberintos que son la marca de estilo de su autor, y también de sus imitadores, aunque muchos de éstos se atrapan en su propia creación. Los sueños, por último, pueden ser un vehículo para el viaje, como en La espera, donde la confusión entre los mundos onírico y real condiciona el desenlace.

¿Te gusta Borges?, me pregunta alguien que ha espiado estas líneas, y de mi cabeceo afirmativo encuentro como respuesta un gesto desganado. Gesto que es el de gente que no le ha leído, con ese desprecio altivo que es una celebración triste de la ignorancia y un grafiti contra la belleza de su obra. Gesto que me recuerda una cita del propio Borges, donde decía que toda palabra presupone una experiencia compartida: si alguien ignora la peculiar felicidad de un paseo en globo es difícil que él pudiera explicarlo. No le despreciemos por su cultura inmensa ni desfallezcamos cuando, encerrados en alguno de sus laberintos, no veamos otra salida que cerrar las páginas. Sus enigmas existencialistas exigen de un esfuerzo, porque nada en él hay didáctico ni fácil: las dudas se despejan en otras nuevas. Pero en el proceso nuestro pensamiento levitará. El Aleph es ese viaje en globo, hace falta de experiencia lectora e inteligencia para embarcar, pero si contamos con ese equipaje Borges nos propone un vuelo luminoso. Las peleas alegres acerca de su canon, la novedad constante de ediciones críticas de su obra completa, los estudios universitarios y la admiración de la comunidad escritora, son la confirmación de un pensamiento: la certeza de que gracias a Borges es posible una felicidad física, la felicidad de un viaje que se abre en su obra.

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2 pensamientos en “El Aleph de Borges

  1. Gracias Dani por este post. Por refrescarme la memoria sobre porqué Borges es uno de mis escritores favoritos… Con el he recordado sus relatos, su minimalismo hiperexpresivo, sus laberintos e ideas recurrentes. Ffascinante.

    Por cierto, si no lo conoces, te recomiendo que leas algo de Ricardo Piglia, que en ocasiones me recuerda a Borges… Prisión perpetua (relatos), Respiración artificial, ya te dejaré alguno cuando vuelva a madrid :tengo casi todo de el.

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