El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa

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Los libros destinados a convertirse en recuerdo llegan así, por accidente, casi sin quererlo. Me había levantado en el hotel AC de Lisboa, me había afeitado y duchado y cerrado la puerta a mi espalda, y en la mesilla de noche siempre mi libro de El corazón en las tinieblas. Llegué a la terminal del aeropuerto de Lisboa, tan próxima a la ciudad, y solo tras cruzar la niebla de un café mi mente advirtió la ausencia del libro.

Recordé las últimas líneas leídas, últimas en todo el sentido del término. Marlow, agotado de remontar el río Congo, acababa de conocer a Kurtz, un personaje que trafica exitosamente con marfil y del que se adivina ya un perfil siniestro. Alguien también traficó con mi libro, pues llamé al hotel y no había rastro del mismo. Si lo encontramos le llamaremos, y la mentira puso fin a la conversación. Miré las pantallas de embarque e imaginé quién continuaría leyendo donde yo ya no podía seguir.

La ausencia de lectura me hizo a echar un vistazo a la librería del aeropuerto de Lisboa. La literatura de aeropuerto suele constar de obras menores, prescindibles, como si a once mil metros de altura la mente no pidiera demasiadas complicaciones, ¡y cuál fue entonces mi sorpresa al ver la calidad de los libros que allí se vendían!. Activada por la cafeína, la mirada hizo un rápido zigzag hasta frenarse en un lomo plateado, y escrito sobre el mismo The book of disquiet (traducción al inglés del original Livro do desassossego). Su autor, Fernando Pessoa.

Libro que había llegado hasta mí como un accidente, pero cuya existencia también era fortuita: Fernando Pessoa, bajo el heterónimo (otro más) de Bernardo Soares, dejó una colección desordenada de miles de fragmentos en el interior de un baúl. Fragmentos sobre la vida, la filosofía, la literatura, la soledad. Nunca pensó en la existencia de su libro, tal vez porque sabía de la imposibilidad de ordenar todos esos trocitos en la lógica de un puzle.

Esos trocitos poéticos formaron una nube estable de electrones porque alguien, también por accidente, los descubrió y logró unir en un átomo de lectura. Un átomo mínimo (el pensamiento hecho aforismos) y que emite una energía inversamente proporcional a su tamaño. Un átomo mínimo y además oscuro: para leerlo, y así poder observarlo, la vista debe abrirse en silencio, sin prisas, parpadear de inteligencia y, al final, con gozo, comprender.

Fue la propia exigencia de Pessoa la que ensanchó sin pausa ese baúl. Decía su autor: “me sorprende terminar algo. Me sorprende y angustia. Mi perfeccionismo me impide acabar cualquier texto (…). Texto que inicio porque no tengo la fortaleza de pensar. Texto que termino porque no tengo la voluntad de abandonar. Este libro es mi cobardía”. De ese perfeccionismo soñado la realidad de este volumen, páginas enlazadas donde la angustia se escapa y confirma el título del libro, un libro que no se acaba nunca porque nunca es el mismo: ni el libro ni nosotros.

Libro nocturno, de lecturas sucesivas, de llevarlo en la mochila o en el pantalón o tenerlo en la mesilla de noche o en el baño (ese lugar de lectura sin renombre). Libro que nunca tendrá una edición definitiva (el baúl se puede vaciar en infinitas posibilidades), libro deconstruido antes de que llegara Adrià, libro reconocido entre las mejores y más hermosas obras del siglo XX (en el mundo abundan los insomnes y los artistas), libro para los insomnes que escuchan los sueños de los demás.

P.D. El día que escribí esta crónica para El buscalibros (www.elbuscalibros.com) era un 15 de julio y se cumplían diez años de la muerte de Bolaño. La constancia trágica de las efemérides certifica la vida de uno, el alivio de la existencia, pero también el balance cada vez más frágil con el que ya no está: los años solo cuentan ya en una dirección. Diez años de mi vida y diez años sin Bolaño, aunque él nació en 1953, así que podemos pensar en veinticinco años anteriores sin mí. Me pregunté entonces qué se había perdido Bolaño en este decenio. Levanté la vista: en las noticias sin volumen una camioneta de la Guardia Civil entraba en un juzgado. Qué se ha perdido Bolaño, pensé, y solo me venían personas y hechos que nada tienen que ver con lo bueno de la vida. Quería cerrar la crónica y se me cruzó la idea rara de que Bolaño seguía vivo. Que disfrutaba de una de sus muchas ausencias infantiles, de sus escapadas literarias, de un largo viaje de Chile a México y de México a su casa en Blanes. Hoy que redacto y corrijo esta crónica descubro que Bolaño no se ha perdido nada en estos diez años, sino más bien todo lo contrario: somos nosotros quienes le hemos perdido a él.

Libro del desasosiego, Fernando Pessoa, editorial Acantilado; traducción de Richard Zenith. 608 páginas. 27 euros.

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