El pie en la vía

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Dedicado a Consuelo, amiga virtual alemana y nombre profético cuando escribo estas líneas. Hay historias que mejor no haberlas empezado nunca.

Una capa frágil de maquillaje buscando el anonimato antes que la atracción. Es frágil porque la luz del baño sigue diciéndote que dormiste mal. Por el ventanón dos operarios cuelgan un largo hilo de bombillas sobre el tráfico. Les observas en silencio: ellos hablan con los brazos y ensayan un simulacro de la Navidad. Bebes un vaso de agua y las luces rojas de los coches juegan con el líquido, como un caleidoscopio. Luego el abrigo, el temporizador de la escalera, publicidad en el portal, y en la calle más frío de lo que pensabas. Es tu cuerpo el que decide volver a casa, el que se pregunta dónde pusiste el foulard, y al final es la memoria la que te responde: en el perchero, detrás de la puerta.

De nuevo el rellano a oscuras, el interruptor que oprimes y emite treinta segundos de luz, un resplandor fugaz porque hay que acelerar el ritmo: el próximo tranvía pasará en quince minutos y la tienda ya habrá cerrado. Te pegas a la fachada para esquivar la escalera de tijera de los operarios, qué tonta, sonríes, si yo no soy supersticiosa. Los escaparates callados observan tu prisa, tu mano adelantada que ya busca un billete en el interior del bolso, tus dedos rozando la foto de Tobías, su mirada llena de vida, sin el cansancio ni las dobles intenciones de la edad adulta.

Comienza a llover y se abre una epifanía de paraguas sobre la calle, todos a la vez, como un musical. Euforia infantil en los charcos y los adultos a brincos, evitándolos. ¡Menos mal que cogí el abrigo con capucha!, murmuras con alivio en un vapor de palabras, pero por culpa de la capucha tardas en advertir que está sonando un teléfono. Levantas la cabeza: en la esquina una mujer doblada recoge los excrementos de su perro. ¿Es mi teléfono el que suena? Tanteas los bolsillos, el pie en la vía, y antes de la vía el teléfono, el perro, los charcos, la lluvia y tu capucha, Tobías, el monedero y dentro de él tu billete, el paso acelerado, los escaparates, la escalera y los operarios, el portal y la escalera y el temporizador duplicados, el perchero vacío y en la cocina el vaso de agua, y en el vaso para siempre, como un trazo rupestre, tus labios.

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