Punto de fuga

Chagall

Buscando el punto de fuga
a cuadros que no he pintado.
No hay salidas de emergencia,
no hay trampillas disfrazadas.

Naturaleza muerta: nadie
regó de adjetivos las plantas.

Podía haber caído en
tablas de luz y color. En
puntitos o espirales ser
admirado. Podía haber
dado un brinco, besado el sol.
Podía, mas me acostumbré
a la oscuridad, y cegué.

Quién eligió mi tema, quién
la tenebrista paleta.
Dónde el valor para saltar
al arrullo de los flecos
de pinceles extranjeros,
para los que lo único sacro
es beber la vida a diario.

Beban quienes con fosforencias
alegran esta sala. Yo les miro
sin ver, sufro la envidia
de sus sanas carcajadas,
y me ciego a la sombra
de bodegones y santas.

Este poema surgió de manera automática: las palabras brotaron en la pantalla, y reflejada sobre ella la cúpula que Chagall pintó en el teatro Garnier de París. Estuve un rato largo observándola, tiempo de silencio, y mientras mis ojos estaban allá arriba los versos aparecieron en la pantalla, como un código de barras. Parecía que las palabras hubieran caído desde regiones celestes hasta mí, y me quisiesen decir algo. Como si alguien quisiera habitar en mi interior, y yo le hubiera abierto las puertas.

Al volver a las calles de agosto en París, y no sin asombro, leí el poema telefónico con la sensación de un texto ajeno. Las palabras eran un código, luces de un semáforo espacial. Caminando sin propósito las fui corrigiendo, cambiando una y otra vez de lugar, como un juego de cromos conmigo mismo, y empecé una de esas grandes circunvalaciones que es la escritura y que acaban, mucha veces, en la primera palabra desterrada. Pero en este viaje circular sabía, con la misma certeza que una verdad matemática, dónde estaba el principio y dónde el final. Sabía dónde las sombras, dónde el color. Sabía dónde estaba la culpa y cómo darle la espalda. Pero sobre todo sabía de dónde venía, y dónde quería estar : dentro del cielo de Chagall, en ese caleidoscopio que siempre está girando, y que por lo tanto siempre es nuevo, porque el cielo mirado nunca es el mismo.

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