La pérdida de la lucidez

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Dedicado a Ricardo.

Inventario al despertar: un silencioso espejo, el lavabo que besa el agua dormida, las noticias de la mañana detrás de la pared, el rumor de una tubería invisible, una bombilla rala iluminando el alicatado geométrico, el pijama plegado sobre los tobillos, y bajo sus piernas las gotas perdidas del inodoro, cayendo casi sin ruido, una filtración débil de la cisterna que no podía sino comparar con el sueño aún reciente, entrometiéndose en la realidad, ese pozo oscuro de rutina que ahora giraba alocado.

Un agua real porque goteaba, lo podía escuchar, lo observaba deslizarse hacia el fondo. Repunte de la inflación en el baño contiguo. ¿Y ella? ¿Existía también o era una ficción, alguien que se nos esconde, siempre a la espalda, la misma donde la cisterna le tocaba dejando esa lágrima perdida? Había llamado al fontanero hace ya diez días y el portero tenía la llave para abrir su casa, así que no había excusas: ¿cuándo demonios pensaba venir?

No era real, concluyó con el alivio de un inspector que reduce el número de sospechosos. Tanto tiempo perdido buscándola en el orden de los vivos, en los amigos y vecinos y compañeros de trabajo, en la gente que va y viene por las calles con trayectorias y horarios regulares, y por lo tanto cruzados también de forma regular e infructuosa a los suyos.

No era real pero en los sueños aparecía recurrentemente, como una sesión continua de cabaret, y su constancia multiplicaba el juego de la autenticidad. No era real, ¡sabía doblemente que no era real!, porque dentro del mismo sueño la podía soñar, una invocación lúcida de su presencia que a veces, como por un encantamiento, lograba crearla dentro su mundo onírico, y mientras toda la fachada dormía él y ella estaban en otro punto de la ciudad, trasnochadamente despiertos, cenando sin hambre en mesas contiguas tras salir de un cine (¿habrían visto la misma película?), caminando bajo la sombra idéntica de los árboles, allá en la alameda, o cruzadas sus vidas en lugares donde no habita la poesía: la cola del túnel de lavado, la salita de espera del dentista, los espejos infinitos de un probador de ropa.

El Real Madrid ganó cero tres y no supo quién marcó los goles: la ducha ahogaba el transistor del vecino. Gracias al baño se desprendía de la sensación de vigilia y recuperaba el raciocinio, pero no era posible olvidar la filtración incómoda de la cisterna, ese recuerdo exacto de sí mismo dentro de lo soñado. Camino del trabajo dudaba si despertaba de un mundo onírico al real, el del café con tostada, atascos e impresoras y reuniones y gimnasio, o bien si el proceso era el inverso, si el sueño nocturno era un arco hasta ella, lo único real, o por lo menos lo único auténtico y que importaba.

Solo un amigo sabía que estaba enamorado de un sueño. Alguien del más allá, le dijo, se estaba queriendo poner en contacto con él mediante un viaje astral, y con tal objetivo utilizaba una puerta onírica, la de sus sueños. Esta respuesta no había aliviado su inquietud, y menos aún cuando ella apareció al girar la esquina, su cara detrás de un cristal labrado, los nervios y luego una puerta giratoria que le dio la vuelta al mundo, pues en el interior, flotando en el aroma del café, estaba el sueño físico que había tocado e imaginado debajo de las sábanas.

Ella apoyó un libro abierto sobre la mesa, y luego le miró como si llevara toda la vida esperándole. Sostuvo su mirada y en el aire del café se dibujaron dos líneas eléctricas. Sonó el silbato de una cafetera y, como si fuera de vapor, se levantó de la mesa, pasó a su lado sin tocarle, y la puerta giratoria rodó con una tristeza lenta. Sintió hundirse en un lugar sin límites, y a duras penas alcanzó un taburete en la mesita ausente: había olvidado el libro. Pensó que podía intentar seguirla y devolvérselo, pero le temblaban las piernas de confusión.

Aterrorizado volvió a casa: ¿qué efecto tendría esta aparición en el sueño?, y al no encontrar respuesta pasó la noche en blanco, acariciando las páginas de su libro como si leyera braille. Apagó despierto el despertador y, mareado por el cansancio, orinó sentado en la taza; advirtió entonces que el inodoro ya no goteaba y en la cocina se lo confirmó una factura del fontanero. En la oficina pidió el día libre y se acercó en autobús hasta la misma mesa del café, que parecía seguir vacía desde que ella se marchara. Abrió por fin el libro y empezó a hacer tiempo con la lectura, sabiendo que posiblemente no volvería a verla. Los sonidos de la calle llegaban lejanos, como desde la trastienda de un sueño del que había despertado.

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