Viajes sonoros

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La música puede definirse por los paisajes donde fue escuchada. El sonido es un viaje que llena un lugar, así que música y espacios son conceptos fácilmente asociables. Lo que escuchamos de viaje queda grabado encima de la naturaleza, como una infinita película transparente: se pega a la superficie de los lagos, al perfil boscoso de las montañas, a las curvas que en zigzag nos bajan hasta el mar, a un horizonte urbano que adivina la llegada de la ciudad.

La Sexta de Brückner me lleva hasta las carreteras eternas de Ohio, tan anchas que parece que el destino nunca avanza, como si se escapara por los flancos del asfalto. Una sinfonía que no solo me lleva a un lugar sino a un momento: el verano de 2012, haciendo tiempo hasta el día de una boda, cruzando pueblos y centros comerciales y paisajes, y en el coche de alquiler las tubas de Brückner rivalizando contra la rodadura ruidosa de los camiones.

Dominique A suena en cambio por las carreteras arboladas de Michigan, la conducción lenta sobre pasillos de asfalto más estrechos, donde la naturaleza es una pared constante e invasora, que se entromete buscando la música, bajadas las ventanillas, y se conduce con inercia, como en un largo encantamiento, un viaje dentro de un horizonte sin final y donde el destino no es que se escape, como en Brückner, sino que más bien parece que se ha olvidado, la conducción como un movimiento sin otra finalidad que el placer, y que tal vez es una buena definición para la música.

Brückner o Dominique A: en el acto inconsciente de elegir la música de un viaje se determina el paisaje. Y si la música consigue adherirse al paisaje, ser intrínseca al mismo, es porque la música es inmensa, subterránea y terrenal y aérea, un concepto total que se superpone a los horizontes, los amplia y quedan por ella marcados.

Pero la música también puede definirse por las personas con quienes ha sido compartida: en la sala sinfónica de un auditorio, en un alud de gritos dentro de un pabellón, en la cercanía erótica de un sofá. Qué hermosa la declaración de afecto a través de recopilatorios de canciones, esa tarea casera y algo pasada de moda y que, de una forma acertada y respetuosa, relató Nick Hornby en su libro High Fidelity. También la música y las personas, o más bien su ausencia, en la ruptura de una relación, la tristeza superada por el puente de las canciones. Discos que al escucharlos pasado el tiempo lo hacen retroceder, y remueven heridas viejas. La música entonces como una fotografía antigua, memoria de pasiones fidedignas.

Sobre la relación de música y personas, y de la música como premonición, canciones como cartas de tarot, no he podido sino emocionarme al leer estas palabras de Rufus Wainwright, entrevistado por Rafael Gumucio, y que dieron precisamente pie a esta entrada del blog:

«Justo antes de que diagnosticaran a mi mamá el cáncer, fuimos un grupo a ver La Traviata en la Metropolitan Opera de Nueva York, una maravillosa producción. La historia de esta mujer enferma todo el tiempo de alguna forma anunció lo que le sucedería a mi mamá después. Fue como prepararse para el diagnóstico. Cuando ya estaba enferma fuimos a ver Parsifal en una versión muy intensa con banderas nazis (…). En esa ópera está el rey que tiene una herida en el costado que no se sana con nada. Muy poco después mi mamá ingresó en el hospital con una herida muy similar, hubo un error médico y tuvo una fístula durante meses. Lo único con que podía relacionar esto era con esa ópera. Vimos Orfeo de Monteverdi en la Scala (…); esa fue la última ópera que vio, una de las primeras que se escribió en la historia de la ópera. Una ópera que justamente trata de una mujer que está en el país de los muertos».

Puede que la música sea la suma de todo lo dicho: el paisaje donde uno la contempla, la persona con quien se comparte. Pero también la música es la soledad alegre de volver a casa de noche, por calles secundarias que multiplican la música solitaria de los cascos, sintiendo el privilegio raro pero irresistible de una canción que parece escrita para que solo uno, yo, la escuche, un yo incomprensible aunque realmente no lo es tanto: la música es entonces compañía y paisaje, y detenerla es bajarse de un sueño. Pues como decía Lobo Antunes:

“…me asombraba que tocasen con los ojos cerrados, sacudiendo la cabeza en estado de éxtasis, y que, al acabar, regresasen despacio de regiones celestes, con las manitas suspendidas, pestañeando felicidades prolongadas, de vuelta a un mundo de sopas de espinacas, cajones combados y autobuses repletos que la ausencia de Chopin hacía inhabitable”.

Paisajes y personas como vías con las que definir la música, pero nunca palabras. Si uno intenta poner palabras a qué es la emoción de la música, las palabras huyen, igual que banderilleros miedosos. Y queda uno frente al animal, ese toro que puede ser una bestia pero también belleza noble. Queda uno quieto, en una suerte de don Tancredo: si se mueve corre el riesgo de ser embestido. La relación con la música es extraña: la de un hombre y algo que no se comprende nunca del todo, pero que se admira por el misterio su totalidad.

De la música disfrutamos hacia dentro, en paradójico silencio: no debemos hablar. Cuando la magia de la música actúa nos transporta a otro tiempo o lugar, a lejanas cumbres, al inicio de la adolescencia. Nuestra mente se libera y puede volar lejos, a un cielo de melodías, una biblioteca musical aérea que a veces no vemos (¡cuánto cuesta mirar al cielo!, y nosotros entonces terrenales, estáticos, observando el animal, puro misterio).

Accidentalmente una lágrima. Es triste, pero si baja hasta los labios sabe a felicidad. Uno sigue siempre quieto, escuchando la nobleza de un ser desconocido pero necesario, y gracias a él un vuelo por encima de tejados y antenas que solo conectan tedio. Un ser raro que, como una camisa que se abre (¡euforia!), revela bajo su piel el tamtan de una caja de música.

En este enlace (http://www.youtube.com/watch?v=KGRiyyqwYuA) podéis teletransportaros con la Sexta sinfonía de Brückner, de la mano (batuta) de nuestro gran director Juanjo Mena. Y para viajar con Dominique A, esta canción: http://www.youtube.com/watch?v=r2oPjMoSFfw, incluida en un disco muy recomendable (Vers les lueurs, 2012). ¡No olvidéis mandarme una postal desde vuestro destino!

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2 pensamientos en “Viajes sonoros

  1. La música ofrece dentro del mapa de la memoria los mojones de los recuerdos, también esos alfileres que ahora ponemos en Google Earth o en otro mapas, que no por estar en otros soportes dejan de ser mapas. Ayer al enterarme que existe una película sobre el cuarteto nº 14 Op. 131 de Beethoven (mi preferido de los últimos junto a la Gran Fuga) recordaba la única vez que lo escuché en vivo, llevando a una persona que tendría la suerte de escucharlo por primera vez y que falleció hace unos meses. Por más veces que siga escuchando cuarteto siempre irá unido a esa persona y las cosas que me dijo entonces al acabar el concierto, algo que ya ocurría antes de que desapareciera.

    • Gracias por tu comentario. Es inevitable que la música, si te emociona, se junte con las personas que han estado presente en tu vida. Por cierto, espero ver pronto la película que me comentas. Un saludo.

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