Historias de nunca acabar

Aix-en-Provence

Tras terminar las doce uvas decidimos separarnos. Anunciarlo a María y Miguel fue sencillo: llevaban años estudiando fuera de casa, solo llamaban para pedir dinero y la noticia tenía la importancia fugaz de la adolescencia. Un abogado matrimonial de Madrid cuantificó nuestra relación antes de hacerla cáscaras: dos hijos, un piso en Chamberí y una casa de verano en Pals, tres vehículos, un perro y algo de dinero en cuatro cuentas bancarias.

Lo que Marina y yo no sospechábamos era que por culpa o gracias al sexo no acabáramos de terminar del todo. Con cualquier excusa aparecíamos en la vivienda del otro y un gesto nos guiaba hasta la cama. Después sonreíamos aliviados por esa complicidad antigua y por sentirnos libres. Gracias a esos contactos nuestras vidas mantenían una familiaridad vicaria con el pasado que, aunque más remota y débil, seguía siendo real. Nuestros cuerpos guardaban hueco de la memoria del otro, y con la protección de esta nueva costumbre nos merodeábamos sin pausa, las garitas cotillas nos veían a zancadas como viajeros en tránsito y nuestro hijos, sin saber qué pensar o tal vez avergonzados, daban portazos de incredulidad si nos descubrían juntos.

Con la llegada del primer verano tras la separación surgió un problema inesperado: dejar de vernos. La solución vino de unos amigos en común que vivían en el sur de Francia y quienes, sin saber por quién tomar partido en la ruptura, y pensando que podían cicatrizar nuestro matrimonio, decidieron invitarnos simultáneamente a su casa en Aix-en-Provence.

Marina se encargo de alquilar un apartamento en la Maison Dauphine, un lugar próximo a su vivienda y lo suficientemente amplio como para que Patrice y Maëlle no sospecharan que dormiríamos juntos. Volvíamos de noche pisando los límites del sueño de la ciudad, fachadas dormidas que nos escuchaban reír al recordar los intentos burdos de nuestros amigos para que volviéramos. Si es incómodo ver el espectáculo de la adoración en personas a las que uno admira, ellos redoblaban ese desagrado, escenificando una cursilería barroca con la que pretendían convencernos de todo lo que nos estábamos perdiendo.

Pero en nosotros no había pérdida alguna: alejados por fin de su teatro callejeábamos por Aix como colegiales felices. Marina canturreaba una canción y luego se desabrazaba y huía hacia el hotel, buscando ser atrapada, y mientras yo me preguntaba: ¿por qué ese ligero sobresalto, como si alguien me empujase por la espalda contra Marina y luego, un rato después, querer salir corriendo? De ese gran no lo sé estaban hechas cada una de las veces que caía sobre ella, sobre un cuerpo que lo cerraba contra el mío, como queriendo tapar el hecho de que ella, pero también yo, no éramos ya ni jóvenes ni atractivos, pero que en ese instante juntos celebrábamos el recuerdo de toda una vida envolviéndonos.

Y en esa cadena alegre de fogonazos nuestros cuerpos volvieron a Madrid, cruzaron el otoño en notas a pie de agenda, y una noche ya casi de Navidad nuestros teléfonos móviles vibraron a la vez, como un acorde. Marina liberó su brazo y lo alargó hasta la mesilla; yo me acerqué desnudo a mi chaqueta, deslizamos el dedo sobre la pantalla y leímos casi al unísono:

– Chére Marina et José: après 14ans de mariage, ns avons decidé d ns séparer et vivre chac1 d notre côté. 1décision difficil ms largemt méditée q nous esperons sera la meilleure pr ts les 2.

Marina se cubrió el pecho, como si la noticia le hubiera provocado un repentino pudor. Busqué en el verano de Aix indicios de un matrimonio en ruinas, la pantomima tras una máscara del afecto, y recordé también la otra impostura, la de Marina y mía, afectados en su compañía bebiendo una copa de vino y luego el secreto de un ardor adulto e inesperado de vuelta al hotel. Siempre creí que el frenesí sexual era un dominio de la juventud, y que en la madurez la vida nos mecía con pasiones más débiles pero también más duraderas y al final abundantes; me encontraba sin embargo con cincuenta y tres años, felizmente desorientado, desnudo, con un móvil en la mano y el pene flácido, sin saber qué pasaba entre Marina y yo, con una parte de mi cuerpo queriendo terminar de atravesarla y la otra con ganas de volver a mi casa y dormir. Venció la primera y Marina concluyó luego y dijo:

– Tal vez todo se arregle si les invitamos el verano próximo a la casa de Pals. ¿Qué te parece?

P.D. Este pequeño relato de una página fue publicado en el magacín literario del Buscalibros (que puede descargarse gratuitamente en http://www.el-buscalibros.com/p/el-buscalibros-magazine.html) y también en el espacio que durante el verano cede Muñoz Molina a sus lectores (http://xn--antoniomuozmolina-nxb.es/2013/07/historias-de-nunca-acabar-por-daniel-dilla-quintero/). Tengo que agradecer a mi amigo Manu su ayuda con la traducción al francés del SMS y a quien invisible observa la fuente como origen e inspiración de todo el escenario.

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