The Conjuring

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Una película de terror, si no transmite angustia, suele convertirse en comedia. Como si el miedo y la risa, teóricamente lejanos, estuvieran casi unidos. No en vano uno a veces ríe en situaciones que le superan (el pinchazo de una rueda en mitad de una carretera sin tráfico), o bien le dan miedo situaciones que serían cómicas de no ser verdad (cualquier noticiario es un buen ejemplo). De carcajadas viendo malas películas de terror me vienen dos recuerdos: La Tienda, adaptación de una novela de Stephen King, en los cines Acteón, y La Habitación del pánico, en los cines Juan de Austria, con una Jodie Foster con las mismas ganas de salir de la habitación que nosotros del cine.

Las risas en una sala de cine se contagian: el silencioso público (es un decir), ante el mínimo signo de turbación, libera su torrente de palabras sin decir, y el silencio roto es ahora murmullo y risa y estrépito de palomitas. Si yo también me he salido (figuradamente) de la película, disfruto compartiendo esa camaradería oscura dentro de la sala: vulnerar normas suele sacar el lado divertido de cada uno. Pero si aún yo me agarraba con esfuerzo a la trama desearía poder accionar una palanca y que el público desapareciera. Palanca que no necesito en esta noche de viernes: salvo alguna risa nerviosa nadie habla en la proyección de The Conjuring, última película de James Wan.

Película que está basada en una historia real, como lo confirma insistentemente la publicidad y los títulos de crédito. Más que alegrarme, me apena este dato, pues si la historia hubiera sido solo ficción uno saldría del cine celebrando doblemente la creatividad del equipo. Porque la película, desde su primer fotograma (un largo travelling donde la propia casa es un personaje) es un cuento apasionante, desenvuelto con eficacia, donde los sobresaltos aguardan en cada rincón de la casa y, apenas, en algún lugar común y superfluo. Un cuento tan bien imaginado y narrado que parece que no hubieran podido suceder realmente.

Vera Farmiga, la mujer madura de la que se enamora George Clooney en Up in the air, es ahora la encargada de resolver el suceso paranormal que asola la paz de la vivienda. Lo hace acompañada de su marido, papel del que se encarga el actor Patrick Wilson. La elección de ambos no puede ser más acertada: transmiten credibilidad y ansiedad en cada escena, mezclando su compromiso hacia el trabajo con la sensibilidad por la tragedia que sufre la familia.

The conjuring está rodada con elegancia, es terror sin sangre que recupera el placer clásico de la tensión continua, como si fuera música de Wagner. El montaje ayuda: los fotogramas no aturden con ráfagas sino que van a un ritmo natural, y así la mirada se desliza aterrorizada por las escaleras que conducen al misterio del sótano, por los pasillos en una madrugada que nunca acaba, por los recovecos bajo las sábanas donde las niñas, ay, duermen.

Se encienden las luces y vuelvo al calor de Madrid. Escucho algunas conversaciones: todos hemos disfrutado de la película y reímos algo nerviosos, tal vez aliviados de que la película haya terminado, de que ese miedo cercano a la locura haya quedado atrás, en la cabina de proyección, donde la cinta está siendo rebobinada para iniciar nuevamente su historia. Recomendada queda.

http://www.youtube.com/watch?v=Vjk2So3KvSQ

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4 pensamientos en “The Conjuring

  1. Me has hecho acordarme de la peli de Aníbal. Al final tiene una escena en la que uno de los personajes se come el cerebro del otro…todo el cine se debatía entre la risa y el asco.
    No sé si veré tu peli, es que soy súper miedosa …

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