Once notas rápidas y un silencio en el Día de la Música

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Jueves 20 de junio

Nota negra

La Orquesta Nacional de Francia actúa en el Auditorio Nacional de Madrid. Esta noche es acompañada por tres politonos. Suena el primero: la melodía asciende in crescendo en volumen y en histeria. Suena el segundo, acolchado desde el interior de un bolso o bolsillo, y Verdi se remueve en algún lugar fuera de la sala. También fuera de la sala unos dedos marcan un número: como un acorde, el tercer politono inicia su actuación a la vez que el preludio de Tristán e Isolda de Wagner.

Daniele Gatti es el director, detiene la música y se gira hacia el público. La batuta oscila mirando hacia el suelo, como un sismógrafo. Nos hace una pregunta con las palmas de las manos abiertas, y su gesto me recuerda la desesperación de un profesor durante mi adolescencia.

 ¿Qué pensará Gatti de nosotros?

Finalmente se gira hacia su atril y nos da la espalda, en todo el sentido del término.

Entonces unos aplausos del público en señal de disculpa, como si el silencio, una vez roto, sólo se perdonara con más ruido, ruido de palmas. Palmas que se contagian de brazo en brazo: todos acabamos aplaudiendo.

Todos no: algunas manos deciden apagar por fin los móviles.

Viernes 21 de junio

Nota blanca

Se inicia el Día de la Música en el Matadero. Día que realmente son dos. Entro al recinto y pienso que el Matadero no parece un proyecto cultural español.

Escucho a Annie B. Sweet, a Hola a todo el mundo, a Lori Meyers y a The Horrors, en este orden. Ninguno de esos conciertos hubiera sido tan divertido sin mis amigos. El pop tiene una virtud: nos homogeneiza. Lo pienso durante la fugacidad de un estribillo, cuando un rayo de luz del escenario e ilumina el público. El público es entonces una marea compacta, uniforme. Parecemos embriones de Un mundo feliz, pero en este caso el mundo sí es feliz. Un mundo que baila y donde no existen rubios o morenos, altos o bajos, distintos pensamientos.

Los estribillos se esfuman con la misma urgencia que los cometas y volvemos a nuestros teléfonos móviles.

Nota redonda

La primera vez que escuché a Lori Meyers fue en la sala Moby Dick de Madrid, como teloneros de The Long Winters. Lori Meyers mantienen intacto su gusto melódico y pegadizo, pero en lo demás ha cambiado. Tanto que parecen otro grupo: ahora cantan y tocan y actúan con mucha más exigencia. The Long Winters también cambiaron, pero para desaparecer poco tiempo después.

Un grupo que se separó sin hacer ruido. Otro que casi no se parece al que conocí.

Miro a la mesa de control: las canciones de Lori Meyers son segmentos verdes que suben y bajan, destellos que también cambian. Luego miro a Alicia que baila un poco más adelante, confundida entre el público. Me alegra pensar que en todos los vaivenes en el tiempo ella siempre ha estado a mi lado.

Nota negra

The Horrors ofrece un espectáculo de fondo azul contra figuras en negro. Canciones largas y que dan vueltas sobre sí mismas, como los pasamanos barrocos de un palacio. Su actitud hacia el público mezcla profesionalidad y desdén. Razones por las que el público se marcha a casa con algo de frío pero reconociendo los méritos del grupo.

A veces la comunicación tiene que estar por encima de la destreza. ¿A veces? Tal vez siempre.

Sábado 22 de junio

Nota redonda

Otra vez al auditorio nacional de Madrid, donde Jesús López Cobos dirige desde el mediodía la integral de las sinfonías de Beethoven. Nueve sinfonías, cuatro orquestas y un único director. Las dos primeras las escucho  por la radio con un solo oído: estoy tumbado de costado en el sofá.

Desde el auditorio los pentagramas ascienden hasta un punto lejano, un lugar con espejos donde la música se refleja y baja hasta la radio junto a mi sofá. Vivo muy cerca del auditorio, así que ese viaje largo del sonido  termina casi en el mismo punto de partida. Sirva este viaje como definición de la música.

Nota redonda

El mundo de las frases hechas: Beethoven se adelantó a su tiempo. Si su tiempo es el 2013, la frase es cierta: ningún otro compositor llena el auditorio durante doce horas ininterrumpidas de su música.

Otro lugar común: Beethoven superó con su obra todo el lenguaje musical anterior. En el programa de mano aparecen dos fotos con pentagramas manuscritos de Beethoven. Las notas parecen gotas de lluvia caídas al azar. Mis amigos músicos de la orquesta se acercan los pentagramas muy cerca de los ojos, como si fueran dibujos en 3D, y luego ríen ante la dificultad de entender lo que Beethoven escribió. Así que su lenguaje fue nuevo en 1800, y es también nuevo hoy.

Nota blanca

Va a comenzar la Tercera Sinfonía de Beethoven cuando aparece una madre y, ¡terror!, un niño que se sienta a mi lado y me hace temer lo peor de la infancia. Lleva una camiseta estampada con el logotipo de Superman y las piernas le balancean, así que parte con ventaja: antes de que empiece la música ya ha empezado su viaje.

No abre la boca durante toda la sinfonía, no mueve sus brazos cruzados. Me asombra su comportamiento y soy yo el que me agito en la butaca. Le miro de reojo en varias ocasiones: tiene unas pestañas larguísimas, que parecen grupos de corcheas, pero no pestañea nunca.

Al terminar la sinfonía su madre también está atónita y le pregunta si le ha gustado:

– Pues claro -responde, y me dan ganas de dar un abrazo al niño y una patada a mis prejuicios.

Nota semifusa

La Quinta Sinfonía va desbocada, brincando sobre los silencios. Con las normas de tráfico López Cobos hubiera perdido el carnet de conducir.

Me dice un amigo al terminar que, con los instrumentos musicales de la época de Beethoven, no era posible alcanzar tal velocidad de ejecución.

Nota negra

Una de las orquestas que actúan hoy es la de RTVE. Su dirección ha propuesto modificar el contrato laboral de su plantilla de fijo a fijo-discontinuo. La Dirección debe pensar (figuradamente) que, después de tocar Rachmaninov, uno se vuelve a casa, se tumba en el sofá, y no trabaja sino hasta la partitura de Shostakovich de la semana siguiente.

Si mi cabreo podía aumentar la respuesta es que sí, y lo consigue un tal Manuel Tomás: sus ideas son igual de vulgares que su nombre. Dice que “hay sólidos informes económicos y organizativos que nos dicen que la sostenibilidad de la cultura pasa por procesos de ERE”. Repugna teclear una frase donde se mezclan sostenibilidad e informes y cultura. También hay sólidos informes sobre armas de destrucción en Irak y sobre la mejor intervención para salvar Grecia.

¡Eres un demagógico!, me digo a mí mismo. ¿Acaso la realidad no ha sido alguna vez demagógica?, pienso a continuación.

Nota redonda

Jarras de cerveza a la sombra de un toldo cerca del auditorio. La sed van dejando aros de espuma mientras hablamos de Beethoven, del comienzo de su sordera, momento en el que descubre que la grandeza de su genio sobrepasará el tiempo que él quisiera vivir, y desde entonces su obsesión por el trabajo, porque no quede nada sin escribir nada de lo que siente. Sus novedosas líneas de contrabajo, separadas del cello. Su preocupación última por clarificar en las publicaciones el ritmo adecuado de sus obras, cuando ya empezaban a utilizarse metrónomos.

Hablamos de Beethoven como de un hijo al que amamos con orgullo y que está de Erasmus en Viena. Hablamos también de París y de su gestión pública cultural, de espectáculos de música con embarcaciones dentro de jardines versallescos. Hablamos o más bien hablan ellos, los artistas: yo les escucho con tanta atención que olvido que las sinfonías de Beethoven siguen avanzado. Pero no hay sentimiento alguno de culpabilidad pues hay regalos que no ocurren todos los días: escuchar a personas que transmiten pasión cuando hablan de su trabajo, y que ese trabajo sea la música.

Nota negra

En los pasillos detrás del escenario se apilan cajas metálicas. Llevan las siglas de RTVE y pegatinas y magulladuras que recuerdan el ajetreo de sus viajes. Imagino que todas ellas están ahora vacías, pues la orquesta inicia ahora los compases de la sexta sinfonía.

Por su color apagado, por su distinto tamaño, que parecen poder albergar toda una genealogía, por su disposición en alturas, esas cajas parecen ataúdes esperando a que llegue un desastre.

Silencio

Es la una de la madrugada y vuelvo a casa con pasos de alegría y pasos de tristeza. Tristeza porque frente al auditorio se dibuja un enorme signo de silencio hasta el mes de septiembre. Alegría porque España tiene una orquesta de primer nivel, con precios competitivos,  y que además tocan a un paso de mi casa.

Semáforo en rojo, tristeza. Tristeza por el futuro laboral de la orquesta de RTVE. Qué mal se han tenido que hacer las cosas para llegar a esta situación. Es fácil calcular los costes de cualquier actividad, pero qué difícil sin embargo valorar los beneficios.

Semáforo en verde, camino a zancadas, alegre. Yo soy una parte de esos beneficios, un par de esas dos mil manos que les han aplaudido hoy.  ¿Cómo podemos hacer balanza contra los costes, si somos sólo átomos que se alejan apenas termina la actuación? ¿Cuánto vale la alegría individual de un concierto que se recuerda con una sonrisa? ¿Cuánto vale el placer de sintonizar Radio Clásica? ¿Alguien sabe cómo medir la felicidad pura e inmaterial de la música?

Dicen que hay que alcanzar ratios de eficiencia superiores, crear valor apoyándose en estudios competentes sobre viabilidad, ¡mejorar la competitividad! Para mi alivio Beethoven nunca escribió ninguna de estas palabras en sus cuadernos de conversación. Así que saco de aquí su nombre y lo llevo a otro párrafo, para no mancharle.

Beethoven.

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