Lunes 29 de agosto de 2011: el final de un viaje por el Rhin

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Qué extraño sentir que la semana comienza y estar uno disfrutando de sus vacaciones. Sentimiento débil de culpabilidad, como si el descanso no hubiera sido merecido. De reojo miro el teléfono, que aún duerme: lo enciendo y observo los correos electrónicos amontonándose. Una pequeña pantalla es un túnel hacia lo que está ocurriendo en Madrid: oficinistas infelices bebiendo el primer café del día, pidiendo con urgencia datos e informes, enfrentándose a la monotonía tras un fin de semana insatisfactoriamente breve. El número de tareas sin responder avanza y una luz roja parpadea y transmite el desasosiego de esa realidad que es en la que uno vive todo el año, y aunque doy la vuelta al móvil sé que esa señal de alarma es por una amenaza real que me está esperando en Madrid.

Me incorporo desde una cama estrecha en la que he dormido y observo la habitación bajo la luz nueva de la mañana: un televisor antiguo y junto a él una botella de agua con gas y una chocolatina como bienvenida al cliente. Mobiliario antiguo y escueto. El hotel se llama Wintersberg, y está situado en lo alto de una montaña arbolada. Abajo un pueblo llamado Bad Ems se despereza también, extendiendo sus brazos a los dos lados del río Lhan, que lo cruza como una médula espinal. Llega el sonido lejano del tráfico, amortiguado por una cortina raída; la descorro y entonces la luz se refleja en un gran espejo que hace esquina en el balcón, tropieza con mi pijama, y permite así estar tumbado en la cama y observar la montaña boscosa al otro lado del río y la ciudad.

Había llegado al hotel la noche anterior, no sin dificultad, pues la carretera asfaltada terminaba y era entonces una pista forestal que sin apenas indicación te conducía a una antigua fortificación romana, junto a la cual, escondido tras unos árboles frondosos, se situaba el edificio de dos plantas en el que ahora me despertaba. Ojeo unos folletos de información turística de la mesilla de noche: en época romana Bad Ems fue también frontera del imperio, y hay algunos restos que visitar de esas fechas. Las aguas del lugar son beneficiosas para la salud. Se puede disfrutar de un magnífico balneario, pero está cerrado por reformas en la actualidad: abrirá sus puertas cuando yo ya no esté allí.

Seguí un rato más en la cama. Aún me sentía algo pesado de la cena de la noche anterior en el mismo hotel, y que había consistido en un plato de carne de caza acompañado con espárragos verdes y patatas panadera. Abandonando definitivamente la cama salí al balcón. El tiempo se extendía de nuevo ante mí pero con una cualidad de urgencia: ya no era el tiempo plano que se abría en paisajes de suaves lomas al comienzo del viaje. Ahora el tiempo zumbaba en mis oídos y se oprimía en el valle estrecho donde estaba encajado Bad Ems. La alegría vegetal de lo viviente había desaparecido. La tranquilidad arbórea, el canto de los pájaros, el aire limpio, todo mutaba ahora en una única señal de advertencia: la tregua del descanso estival era débil y pronto volvería al horizonte el ruido de una guerra de prisas, de tareas sin cumplir, de órdenes que obedecer. Como si alguien hubiera comenzado a desmontar los árboles, porque no eran sino un decorado de cine y la película ya estaba filmada, asomaba ahora otro paisaje terriblemente familiar, de oficinas con fachadas de cristal y acero, corbatas y traques y zapatos sin cordón; una simulación de vida dominada por el tedio y las convenciones sociales, los horarios y los usos establecidos, las rutinas y los hábitos. Las vacaciones, aparte de haber sido una pausa para el cuerpo y la mente, habían hecho pedazos las rutinas de la vida en la ciudad, y este temor matutino, como una revelación repentina, tenía que ver con el miedo a regresar a esos usos gastados, incluso a saber de nuevo simular un interés en las agendas de vidas ajenas.

El desayuno resultó ser el mejor momento del día. Se servía en una enorme sala en la primera planta, con ventanales acariciados por el mismo sol tibio que había dejado rebotando en el espejo de mi balcón. Sobre un mantel rojo platos de distinto tamaño con embutido, queso, panecillos, pan, mantequilla, mermelada. Llevaba a mi lado el libro de Anne Michaels, del cual degustaba con lentitud sus últimas páginas: el libro y el viaje se acababan al mismo tiempo. Sabía que su lectura me iba a acompañar más allá de la última de sus líneas. Libros que, como las ventanas de esta sala, irradian reflejos en todas direcciones, proyectando recuerdos inesperados en mitad de un paseo o de una reunión donde la cabeza está en otra parte. Libros de recuerdo infinito, como la música de Beethoven o la sólida tristeza de lo que para siempre está perdido.

El hotel era regentado por un matrimonio joven. El marido, de cabeza apepinada y dientes torcidos, se acercó a hablar conmigo durante el desayuno. Se llamaba Jürgen Gehrman y representaba ya la tercera generación que llevaba exitosamente el negocio. En su cara recién afeitada se reflejaba el orgullo amplio de esta tarea, pero también el esfuerzo perpetuo de agradar a la clientela. Su mujer atendía la cocina y la recepción. Trabajaban once meses al año, todos los días, sin descanso: sólo en enero el hotel cerraba las puertas pues la nieve impedía llegar hasta allí, y el matrimonio aprovechaba para descansar. Me recomendó descender al pueblo por una camino señalizado en la montaña, a través del bosque, y por el cual iría abriéndose la vegetación y apareciendo, en el fondo del valle, la ciudad balneario. Alegrado por la perspectiva de estar un día más allí, o tal vez sin ganas de volver a buscar un lugar distinto donde dormir, le informé de que me quedaría una noche más. Me confirmó al rato que no había problema, pero que tendría que cambiar de cuarto, así que me pidió guardara la ropa y objetos en la maleta, y ellos lo moverían a la nueva habitación.

Vestido con los pantalones cortos, mi libro, las gafas de sol y el reproductor de música, comencé cuesta abajo mi paseo. Nada más salir del hotel una gran terraza con mesas y sillas vacías abría su vista al valle. En una explanada asfaltada estaba aparcado mi coche, y a su lado se levantaba una pequeña torre de piedra de la época romana. Se trataba de una construcción sencilla, achatada, y desde la cual se controlaba visualmente un vasto espacio. Parecía orientada más a a una función de vigilancia que a servir como defensa ante un eventual ataque. De poca ganancia hubiera servido para sus moradores un interior oscuro y un balcón en lo alto de fácil acceso por una escalera de piedra. La rehabilitación había sido supervisada por la UNESCO, dentro de un proyecto para conservar la línea de puestos fronterizos del Limus Germanicus, la frontera del Imperio Romano en esta zona de Alemania.

Dejando atrás el bosque el pueblo se iniciaba de forma natural, como si sus primeras casas fueran una alteración vegetal de los últimos árboles. Por calles empinadas descendí hasta el río, y la ciudad se fue haciendo más antigua en sus fachadas. Un edificio blanco de grandes proporciones destacaba sobre el resto: se trataba de un lujoso hotel y balneario. Había un montón de bicicletas mal apiladas en la puerta, caídas una sobre las otras. Pregunté en el interior si se podía alquilar alguna, pero estaban reservadas a los clientes del establecimiento. Seguí dando un paseo por el pueblo. En una plaza frente a una iglesia había largos bancos y mesas de madera, y a su alrededor puestos de feria donde se anunciaban la venta de salchichas, carne, crêpes, patatas fritas, cerveza. Cerca de allí, en una calle cortada al tráfico, algunas atracciones de feria dormían bajo un sueño de lonas de colores. El pueblo estaba en fiesta, sonaba alguna megafonía lejana, pero los feriantes se dedicaban sencillamente a limpiar sus negocios con gesto cansado.

Las ganas de volver a montar en bicicleta me hicieron buscar algún lugar donde alquilarla. Lo encontré gracias a la ayuda local, tras golpear los nudillos en la puerta de un garaje, puerta que pasado un rato se abrió por una joven alemana que cojeaba y me ofreció una bicicleta por todo el tiempo que quisiera, a cambio de apenas cinco euros, y sin necesidad de aportar una fianza o documento de identidad por mi parte. Agradecido por su confianza (sin que esta palabra tenga nada que ver con fianza, por más que estén próximas), y arrepentido por el natural pensamiento hispano hacia la picaresca y el engaño, la manera mezquina de ver cómo llevarse lo ajeno sin ser visto, comencé a pedalear nuevamente en dirección a Coblenza, y nuevamente en una camino habilitado junto al río. La bicicleta era un elemento esencial del viaje, más de lo que yo había pensado en un comienzo, su austera elegancia tan importante como el aroma de los viñedos, los castillos en lo alto de las lomas o las pesadas barcazas de transporte fluvial. Con las manos firmes agarradas al manillar, sintiendo nuevamente el placer del pedaleo, avancé hacia el oeste. A ratos circulaba tranquilo, escuchando el timbre civilizado de otros ciclistas que me adelantaban. En otros momentos apretaba los dientes y concentraba la fuerza del cuerpo en el giro veloz de los pedales, y entonces el viento se levantaba invisible sobre el camino, y aleteaba la sombra de mi sombrero, y la bicicleta se convertía en un animal veloz, rapaz, volando junto al río. Nervioso de circular a rápida velocidad, y cansado finalmente, volvía a reducir la marcha con una sonrisa divertida y de alivio.

En el camino atravieso algunas zonas de acampada, donde muchos alemanes disfrutan de sus vacaciones sentados en sillas de tela, viendo cómo rompen las olas silenciosas del río cerca de sus sandalias. Una ciudad ordenada de caravanas, de tiendas de tela, de sillas y mesas de plástico, encajada entre el río y la carretera. Todo en apariencia muy bien organizado, límites de hierba donde acaba el espacio de una familia y empieza el de otra, pero también todo susceptible de poder ser recogido en un instante, cargar los bártulos, plegar los objetos y desaparecer de la ribera rumbo a la ciudad. Paso a su lado con la bicicleta, les miro, y por unos segundos sus rostros grandes, tranquilos, de satisfacción, alivian mi pedaleo urgente, y me acompañan.

Cuando llegué a Coblenza el cielo estaba cubierto de nubes. Fui hasta el centro de la ciudad, circulando primero por calles con abundante tráfico, hasta alcanzar la zona peatonal y en una calle tranquila, tras dejar apoyada la bicicleta sobre una fachada, me senté en una terraza. Pasé un rato largo disfrutando de un café con leche, dejando que se enfriara, contemplado la vida tranquila de una calle sin tráfico ni peatones. Finalmente abrí el libro de Anne Michaels y leí las siguientes palabras: Everything we are can be contained in a voice, passing forever into silence. And if there is no one to listen, the parts of us that are only born of such listening never enter this world, not even a dream. Palabras que, torpemente, podrían traducirse de esta manera: todo lo que somos puede reducirse a una voz, voz que puede acabar en silencio. Y si nadie la escucha, aquello de nosotros que sólo existe por esa voz muere, y no existe ni si quiera en los sueños. Y en el silencio adulto de esa calle en Coblenza, en la tranquilidad agitada de unas vacaciones que terminan, pensé en las voces que afectan mi vida: mi madre, mi padre, mis hermanas, Alicia. Voces que a veces son primero un nombre en el teléfono, y el miedo a una llamada fuera de lo habitual, cuando la comunicación verdadera debería estar por encima de horarios. El dedo responde la llamada y al poco el alivio de que todo sigue igual. El silencio tiene entonces una cualidad pacífica, se apoya sobre el tiempo como un narcótico y lo adormece, y entonces las voces rompen el silencio construido, traen una información tal vez inesperada, y existe un momento de sobresalto. Pero si finalmente el mensaje era apenas preguntar un qué tal te va todo, o bien un te echo de menos, uno regresa rápido a su soledad, como ahora después de leer un mensaje que me ha llegado al móvil. Lo leo, vuelvo a estar tranquilo, pero descubro por primera vez en el viaje que no me importaría volver ya a Madrid, que en mi cabeza los sueños se van diluyendo,y que en cierta manera añoro de lo que al inició del viaje huí: las rutinas, las convenciones sociales. Porque incluso en ellas adivino virtudes: el reconocimiento de una amistad. El amor seguro y fiel de unos padres. El aprecio por un trabajo bien realizado.

Es casi de noche cuando regreso a Bad Ems: en el río se reflejan las luces de los coches, y los barcos de turistas se abrazan al muelle para dormir. Devuelvo aliviado la bicicleta: estoy cansado y no quiero verla hoy más. Regreso al centro del pueblo, y compruebo que está de fiesta: los puestos que por la mañana vi siendo limpiados ahora sirven comida. Atracciones de feria giran a toda velocidad, en espirales de luces de colores. Bajo una fiebre de gritos infantiles pido un perrito caliente. Me siento en un banco de madera, y observo la noria girar: la esfera de luz rota lentamente contra el fondo oscuro de la montaña, en cuya cumbre está mi hotel. Recordé la noria de Machado, aunque aquella era de agua, como triste símbolo de la monotonía existencial. Qué curioso que ese poema nos lo enseñaran en el colegio con dieciséis años, con las hormonas descontroladas, el alma llena de vida, la vista buscando el recreo tras la ventana, y en el reloj electrónico la comprobación trágica de que la clase nunca terminaba, y aún más curioso que ahora recordara ese poema, pese a la manifiesta falta de atención que presté entonces, como si la semilla pesimista del poeta se hubiera sembrado en los alumnos de esa clase para brotar luego mucho tiempo después, lejos de Madrid, y tal vez con el profesor ya fallecido, pues José de Dios era un hombre que hace diecisiete años parecía haber traspasado generosamente la edad de jubilación, y nos transmitía su amor hacia la literatura, un amor que venía desde niño en su pueblo de Jaén, pero también nos hablaba de su placer por madrugar y ver las estrellas en Brunete, a unos veinticinco kilómetros al oeste de Madrid, lugar en el que vivía junto a su mujer, y donde el cielo decía era más limpio y oscuro que en la capital y permitía observar las estrellas, y nos hablaba de esa noria que era el repetir exacto de los días, y esa metáfora de la monotonía había venido hasta aquí, un pueblo al suroeste de Alemania, donde acababa de terminar mi perrito y me disponía a volver al hotel, dejando atrás el ambiente festivo del pueblo, del cual me sentía extraño, como invitado por error.

El camino de subida estaba sin iluminar, así que en algún codo del sendero tuve que utilizar el destello del flash de la cámara de fotos para no perderme. Por un instante la luz iluminaba el suelo lleno de hojas, los árboles como lapiceros dentro de un estuche, y luego de nuevo la oscuridad. Cuando llegué al hotel el salón inferior estaba a oscuras. De una puerta lateral surgió el dueño, quien con gesto cansado me informó de la nueva habitación asignada. Regresó por el mismo lugar y observé cómo le daba un beso a su mujer, aliviados tal vez de que alguien hubiera llamado tan tarde a la puerta ya cerrada. La nueva habitación era mayor pero tenía vistas al aparcamiento. Cerré rápido la ventana por la que entraba un frío de invierno. Junto a la puerta habían dejado mi pequeña maleta: qué ejercicio tan sano viajar y ver que uno puede moverse renunciando a las necesidades multiplicadas e innecesarias del día a día. Un minimalismo práctico, obligado por limitaciones de espacio y peso, pero donde en una maleta basta todo lo necesario. Y en la mesa otra tableta de chocolate y agua con gas. Sonó una cisterna que se vacía, y antes de dormirme sentí que el sueño me llegaba en un casa viva, cuidada, llena de amor.

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