Can Bassalis, unas estanterías y la crisis inmobiliaria

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Sin saberlo hasta hoy resulta que en la primavera del año 2006 profeticé la crisis inmobiliaria. El hallazgo de mí mismo lo contenían unas palabras escritas (ya casi inscritas por el tiempo transcurrido) en el envés de la publicidad de un restaurante de la Costa Brava, en una caligrafía que hoy no me parece la mía. Hallazgo que no tenía más virtud que la de haber abierto los oídos durante un desayuno, una escucha atenta y apuntarlo todo luego, mi letra torcida chocando contra las opciones de segundo plato del restaurante. Han pasado casi diez años sobre esa caligrafía y tan real es lo escrito en los márgenes del menú como también debieron serlo su cuerpo central, el 1/2 llobregant i peix de la costa a la brasa o el pollastre de pagès i escamarlans o gambes (yo hubiera elegido el pollo). Dicen que las profecías tienen como destino ser olvidadas, pero este caso se salvó y aquí vienen sus datos.

Cuatro de la tarde del domingo, casa de mis padres, recién terminada la comida y tumbado en la que fue siempre mi cama. Mi mente pesada, liberada poco a poco de las obligaciones familiares; al rato ya estoy erguido, abro la mochila y meto algunos métodos sobre piano y bajo eléctrico. Entre gruesos manuales, y como tragada en el interior de una falla, encuentro una carpeta de plástico: en su interior apuntes de clases de guitarra, precios para depilación láser y finalmente el menú del restaurante Can Joan, en Sant Feliu de Boada. Mientras me pregunto por qué guardé esa publicidad giro el folleto y en la página trasera encuentro algunos apuntes míos, ideas para cuentos que nunca han llegado a escribirse y que posiblemente seguirán sin serlo. Uno de los guiones, el superior dice: «historias Pamplonica». Ningún recuerdo de a qué me refería con ello.

A continuación: «sala transmisiones antena Pals. Guarda. Deseos. Construir». Ello tendría algo que ver con la voladura de las antenas de la playa de Pals, realizada en marzo del año 2006. Desde esas antenas el gobierno estadounidense enviaba su propaganda política al círculo de países comunistas, a través de la conocida como Radio Liberty. Según me contaron allí mismo, y a medida que escribo la memoria va refrescándose y brotando en palabras, la elección de Pals fue ya que las dunas y matorrales no obstaculizaban las emisiones, y el mar contribuía a multiplicar las ondas. Una de las muchas leyendas que circulaban sobre esas instalaciones era la de que a los trabajadores de Radio Liberty les daban una pastilla para borrarles la memoria cuando se jubilaran, y así no desvelar los secretos del lugar. Pastilla que tal vez también yo tomé, pues no logro recordar ahora la historia que buscaba contar.

El tercer guión dice: «latinoamericanos. Relación sexo-religión (choca con educación europea)». Palabras que no me traen siquiera el bosquejo de una historia. Por entonces salía con una chica brasileña, a la que había conocido en la Joy Eslava gracias a mi amigo Bruno. Pero aunque su recuerdo e incluso su nombre (no su cuerpo) se han ido diluyendo en el olvido, nunca me pareció que fuera religiosa, sino más bien cariñosa, dotada de un cuerpo atlético y en su interior un corazón dulce, pero también, al mismo tiempo que lo anterior, una conducta celosa, de ímpetu arrebatado y enfado fácil. ¿Por qué había escrito aquello de que choca con la educación europea la relación sexo-religión? Tal vez por algo que ahora se me revelaba: en ella el sexo era algo natural, divertido, muy lejos de los guisantes de Mendel que me enseñaron en el colegio como única vía de aprendizaje hacia la reproducción.

Y llegamos por último al cuarto guión, donde el recuerdo sí es sólido, porque viene de un diálogo al que presté toda mi atención. Lo apuntado dice: «crisis inmobiliaria. 180 días -> 30. Aceptación presupuestos, línea de descuento, cédulas de habitabilidad. Comunidades de socios en cooperativas. Riesgos de embargo. Chaval que se quiere comer el mundo». Palabras que vienen del hostal Can Bassalis, una casa blanca de precio moderado situada entre el pueblo de Pals y su playa, y donde me hospedaba para disfrutar de unos días de descanso. El dueño del hostal lo era también de una industria modesta de estanterías metálicas. Negocio este último que era un buen termómetro de la situación de la economía local, decía el dueño. Y la economía de la zona no era sino el turismo, o lo que es lo mismo, la construcción, recalcó luego mientras me servía el desayuno e iniciaba la breve historia que paso a narrar.

Un joven empresario había entrado recientemente en el negocio de las estanterías metálicas. Joven y osado, añadió. Quería comerse el mundo, así fueron sus palabras mientras me servía el café, y aceptó las condiciones feudales impuestas por las grandes constructoras para las que su pequeña empresa les daba servicio. Constructoras cuyos acrónimos a uno le recuerdan a directivos turbios de equipos de fútbol. Uno de los requisitos de esos acuerdos era entregar las estanterías a medida primero y luego, seis meses más tarde, cobrar por los trabajos. Ello obligaba al joven a pedir dinero al banco por adelantado, para a su vez poder pagar con él las nóminas de su plantilla y otros gastos. Es fácil hoy de ver que la tragedia estaba servida. La empresa grande quebró, dejó a sus proveedores sin pagar, y se llevó por delante la empresa de ese ilusionado joven, la cual, acuciada por las deudas, desapareció.

Todo aquel drama lo contaba mientras yo disfrutaba de un desayuno excelente, masticando una rebanada infinita de pan rústico frotada con tomate. El deleite me hacía sentir ligeramente culpable mientras el dueño, que estaba ahora sentado frente a mí, del otro lado de una mesa blanca, abría los brazos para señalar lo obvio de la historia y su moraleja. Brazos grandes pero breves que abarcaban el blanco andaluz de la fachada, el camino de gravilla hacia la piscina, el horizonte marino y un loro bilingüe y parlanchín. Llevo muchos años en esto: yo nunca quise aceptar condiciones de pago como aquellas. De haberlo hecho, ahora tal vez no estaba aquí. Tras lo cual se levantó de la mesa y le vi alejarse hacia su taller de estanterías, muy próximo a la sala donde me desayunaba. Al rato también salí yo al calor insoportable del mediodía, con esa alivio feliz de no haber sido yo el joven empresario.

En un tiempo reciente de la historia España era un surtidor de oportunidades. Negocios breves: apartamentos que eran apenas un plano y que se compraban y luego vendían con ganancia, sin haberse llegado aún a iniciar la construcción. Contenedores chinos importados entre varios amigos, y en su interior pulseritas amarillas que imitaban las de una marca conocida, y su beneficiosa venta luego en fiestas de pueblo. Todos a mi alrededor parecían jugar a la especulación de forma exitosa mientras yo les miraba con cara de pasmo. Las oportunidades parecían no presentarse en mi casa, y me descubrían siempre en movimiento hacia otros intereses, como cazado jugando al escondite inglés. Un tiempo reciente que término de forma súbita, sin gradación, y que por lo tanto ahora parece más lejano, como de otra era geológica, incluso como si no hubiera existido.

Las líneas recién descubiertas en un menú nunca fueron nada: las digirió el tiempo igual que el pollastre o el peix o los jugadores fugaces del escondite inglés. Como el viento que balancea el columpio sin niño, manteniendo así el último impulso infantil, esas líneas eran un vuelo de palabras, reemplazado luego por otro soplo con idéntica mala fortuna: palabras que nunca llegaron a ser sino esbozos de algo que también acabo olvidándose. Y pese a todo qué importantes fueron y son para cuando uno camina por la ciudad, con la cabeza pensando en las musarañas, creando ficciones contra el vértigo de lo que uno observa, inventando un lugar nuevo con otras reglas, donde la imaginación haga rotar de felicidad los pasos y las palabras muevan el columpio de un sueño infantil del cual, aún sin haberse hecho nunca realidad, uno no quiere nunca despertar.

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Por su precio, por su localización, por sus desayunos, por su loro, por su piscina, por sus habitaciones limpias, silenciosas, de una sencillez monacal, por la amabilidad de sus dueños, por todo ello el hostal Can Bassalis es un lugar magnífico para descansar, disfrutar de los pueblos medievales del interior de Girona y de los paisajes costeros de la Costa Brava. Si váis decidme si el loro sigue vivo. (http://www.hostalcanbassalis.com/ )

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