Domingo 28 de agosto de 2011: más Beethoven y algo de Loreley

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La luz de la mañana inundaba el cuarto, como si alguien hubiera movido una cortina. Pero no había cortina, sino una claraboya en la parte alta de la pared. Me asomé a ella: frente a mí siempre el Rhin y su anchura de río ruso. Dos árboles acariciaban la fachada del hotel, derramando su alargada sombra contra unas tumbonas apiladas. Junto a ellas arrancaba un paseo arbolado que avanzaba apoyado a la orilla del Rhin, y por el que navegaban ya algunas barcazas madrugadoras dirección Bonn. En el otro lado de la orilla aparecía un fragmento de colina boscosa, bajo un cielo azul, limpio, pero que ya había descubierto en días anteriores que podía llenarse súbitamente de nubes. Sin tiempo para ducharme bajé a desayunar. El salón estaba lleno de jubilados alemanes que se movían lentamente de la zona de bufet a sus mesas. Observé sus manos temblorosas y en ellas platos de embutido, huevos revueltos y pan, el sonido blando de las sandalias con las que caminaban a pasos cortos, pisando sin ruido una moqueta roja. Todos allí parecían conocerse: se saludaban de una mesa a la otra cuando iban llegando al salón, ademanes ociosos y sonrisas despreocupadas. Seguramente estaban en un viaje organizado y ya llevaban varios días juntos. De pronto alguna mujer miraba la pantalla de su teléfono móvil, acercándola mucho a los ojos, pues seguramente tenía las gafas de cerca en la mesilla de noche de la habitación, y repetía en voz alta a su marido el mensaje, a modo de testimonio, y el marido acercaba la cabeza hacia la mujer en un ademán lento, vegetal, le costaba escuchar, el oído duro por la edad y también el ruido de platos y tazas sobre el techo alto del salón. Me pregunté cuál sería el contenido de ese mensaje. Posiblemente un texto del hijo que en ese momento está trabajando con frenesí en la ciudad, un mensaje escrito en tono desenfadado: ese hijo no quiere molestar a los padres con los pormenores domésticos de la existencia, con un matrimonio que tal vez no funciona o la inestabilidad de su trabajo; simplemente desea confirmar la felicidad de sus padres.

Dejé las maletas en el coche y di un paseo matutino por Boppard. Apoyado en una barandilla observé el Rhin, cuyas aguas habían servido de frontera al Imperio Romano desde mediados del siglo III. En el año 355 el emperador romano Julián logró detener momentáneamente las invasiones de los pueblos bárbaros, de origen germánico, y trató de asegurar esta zona del río a través de fortificaciones, como el castrum de Boppard, cuyas ruinas aproveché para visitar. Se trataba de una fortificación amurallada, vigilada en su día por veintiocho torres, y en cuyo espacio se habían hacinado hasta seiscientos soldados en barracones de madera. Apenas cincuenta años después de su construcción, alrededor del año 405, las tropas allí guarnecidas abandonarían el lugar para defender, inútilmente, Roma. Yo también abandoné las ruinas de ese lugar pero en dirección a Loreley, situado a unos veinte kilómetros hacia el sureste, y enclavado en el otro margen del río. En el coche la radio emitía la obertura Egmont de Beethoven. Recordé la pequeña decepción sufrida tiempo atrás, cuando concluí mi lectura de la correspondencia conservada del compositor. Con el error de las ideas preconcebidas, esperaba haber encontrado en su lectura ideas sobre su forma de trabajar, la raíz del talento, pistas sobre su inspiración. Beethoven, sin embargo, solía escribir porque necesitaba dinero, estaba mal de salud, o ambas cosas. Su lenguaje era suplicante pero hosco, lo cual sorprende más pues muchas de sus misivas tenían como destinatarios miembros de la nobleza austriaca, a quienes les debía mecenazgo, y para quienes los músicos no eran sino un siervo más. Beethoven pedía dinero ya que recibía exiguos ingresos mensuales, con los que apenas podía pagar el alquiler de la casa, el servicio y la educación de su sobrino Karl, de quien era su tutor legal, y a quien separó de su madre. Karl fue internado en un escuela privada y el compositor solicitó que no recibiera la visita de su madre e indicó además que, de ser necesaria mano dura en su educación, no dudaran sus tutores en aplicarla. Su vida se fue conduciendo hacia el caos económico, y el propio Rossini quedó asustado al ver las condiciones en que vivía el compositor.

Pero había un problema más, de orden personal: sus oídos. En un principio Beethoven ocultó los primeros síntomas de la sordera, por temor a perder la protección de algún noble y para proteger su carrera de intérprete, y esa reclusión social fue definitiva cuando igualmente lo fue su sordera. En una carta lamentaba lo lejos que hubiera llegado su obra si no hubiera sufrido la sordera más absoluta. Quién sabe si un Beethoven auditivo, y por lo tanto más social, hubiera logrado llevar una vida más placentera, construir una familia, pero sin embargo, y para lamento de quienes hoy le escuchamos, una labor compositiva menor. Me planteaba esas conjeturas mientras subía el coche a un ferry para cruzar al otro lado del río. Beethoven nunca se adaptó a las convenciones sociales de la nobleza. Quería dejar claro a todos que no había patrón por encima de él, y que jamás sería un simple súbdito palaciego. Tal vez su obra no hubiera sido distinta de haber podido escucharla pues, convencido de su talento, creó una soledad voluntaria donde desarrollarla, un mundo intramuros, y esa soledad, que es silencio, no entendía de reglas externas. Daba igual que pudiera escuchar o no la diligencia que cruzaba la calle: los sonidos sólo existían en su interior. Vivió en un mundo de silencio absoluto, desde donde crear otro mundo distinto, habitado por su música, pero ese escritorio inestable y silencioso que fue su vida fue también una búsqueda intencionada, necesaria: un cuarto sin exterior desde el que poder hablar. Buscó el silencio y lo encontró, pero le llegó también de forma involuntaria, por enfermedad, un silencio multiplicado y total del que no pudo escapar. Un viento levantó entonces unas hojas caídas en el suelo mientras abandona el ferry, y recordé el miedo de Beethoven a que sus partituras cayeran en manos enemigas y fueran copiadas, y el especial cuidado que siempre prestó en conocer quién tenía los manuscritos originales y las copias que de los mismos se pudieran realizar. Aunque muchas veces en vano, Beethoven intentó publicar sus obras. Y con la imprecisión que da el tiempo y la desmemoria recordé ahora que, durante muchos años, Beethoven desconoció su propia edad.

Conducía por una carretera empinada camino de Loreley y me iban llegando recuerdos desordenados de las cartas de Beethoven, mientras terminaba la obertura de Egmont y en la radio comenzaba ahora una grabación en directo del concierto de violín del mismo autor. Aparqué el coche en una explanada junto a varios autobuses, y al apagar la radio sentí volver a otra región del mundo, como si el movimiento lo hubiera producido no sólo el motor del coche, sino también los compases de Beethoven. Una gran frase del escritor Lobo Antunes resume perfectamente ese sentimiento cinemático de la música, en este caso referida a quien la interpreta, y dice así: «me asombraba que tocasen con los ojos cerrados, sacudiendo la cabeza en estado de éxtasis, y que, al acabar, regresasen despacio de regiones celestes, con las manitas suspendidas, pestañeando felicidades prolongadas, de vuelta a un mundo de sopas de espinacas, cajones combados y autobuses repletos que la ausencia de Chopin hacía inhabitable».

Loreley resultó ser un risco de pendiente hostil. En lo alto, a más de cien metros de altura, lo coronaba un mirador. Me acerqué entre codazos de turistas hasta la barandilla, y contemplé las caravanas alineadas en un camping en la orilla frontal. Una barcaza cruzaba en ese momento el Rhin, dejando estrías de agua a su paso, y seguí con la vista el suave oleaje hasta la orilla donde los veraneantes seguramente llevaban un rato despiertos, y ahora posiblemente estiraban las piernas con un café en la mano, y me observaban a mí, con un gorro de explorador algo ridículo bajo el que me protegía de un sol débil, los mismos pantalones cortos que ya había usado en días anteriores, la cámara compacta de fotos colgada del cinturón, y una pequeña sonrisa de tranquilidad dejando ver el aparato dental que pronto iba a ser retirado. Regresé al aparcamiento, desde donde varias señales indicaban el inicio de distintos senderos. Al poco de empezarlos comprobé que eran escarpados y había demasiada gente en ellos, así que, mucho antes de lo pensado, di por terminada la visita y regresé al coche. Sin saber dónde ir, pero huyendo a propósito de cualquier aglomeración urbana y humana, acabé conduciendo hacia el este a través de carreteras sin tráfico, entre pueblos que dejaba a la espalda en apenas un instante y que me transmitían un estado de triste belleza. Evitaba las carreteras principales y disfrutaba conduciendo lento y mirando el paisaje, con el placer extraño de la falta de un destino. Placer extraño pues no hay nada más terrible que la ausencia de fines en la existencia de uno. Todos somos un mar de dudas: las certidumbres suelen ser apaños frágiles, convenciones sociales que uno recite o las que uno se inscribe como quien agarra un madero en un naufragio, el naufragio precisamente en un mar de dudas. Conducir sin destino es algo metafórico, visualmente suena como algo poéticamente bello, pero su herida es profundamente real, y nada tiene de hermoso.

La desorientación vital me llegó en los años de universidad, cuando uno parece que adquiría las herramientas para definirse en la vida, un lugar en el mundo, el argot de un trabajo como elemento de identificación al mismo, pero también de diferenciación con el resto, y sin embargo todos esos conocimientos accediendo a una cabeza que de pronto parecía despertar al mundo, una madurez tímida y tal vez tardía, y en la que uno descubría asustado que el mundo estaba lleno de posibilidades e interrogantes, y que había que tomar decisiones donde ninguna alternativa parecía la correcta. Volvía de la universidad a mi casa en un tren de cercanías, con la noche recostada sobre las ciudades dormitorio, leyendo a los autores de la generación beat, sintiendo que atravesaba América subido a un Greyhound. En sus libros la carretera era siempre la protagonista principal, porque eran historias de huida, de cafés a medianoche, de autoestop en cunetas donde la oscuridad tragaba a los personajes, vagabundos sin perfil, osados de audacia y en busca de una existencia. Historias que me transmitían un profundo desasosiego, pues sus líneas me advertían ya de la desorientación de la edad adulta, las promesas sociales que cumplir a regañadientes, o de lo contrario un murmullo crítico incómodo a la espalda. El tiempo de la vida se abría con toda su amplitud cuando con dieciocho años esperaba la conexión de un tren en Atocha. El tiempo señalado en una esfera de la estación, y yo imaginándolo como un campo sin labrar, uno quieto frente a él, el sol alto en el cielo y mi cuerpo sin sombra, solo y con las herramientas para trabajarlo en el suelo, mientras el mundo dormía en otras ocupaciones, y la carretera hacia ningún lugar era una alternativa pálida, pues los caminos en cualquier lugar del mundo están siempre rodeados de un campo de trabajo o de una factoría, lugares que exigen sacrificio físico, o bien de oficinas con fachadas de acero y cristal, fachadas que reflejan diminutos oficinistas con chaquetas y corbatas que al rato deambularían del cubículo a la máquina de café, y luego a la fotocopiadora para enviar un fax. Sólo en algunos tramos el mundo hacía una excepción, y el paisaje podía transmitir una falsa sensación de libertad, como la región que ahora recorría en coche, con sus viñedos y castillos, pero sabía y sé que son sólo los decorados de una película con final amargo: la película termina y la gente abandona el sueño, y uno regresa a la realidad de la calle, a la vida, en una palabra, con la sensación de que ese mar de dudas existe siempre, esa terrible cuestión que es la existencia, saber cómo llenarla y saber cómo justificarla al trabajador que gira el tractor en la esquina de su parcela, o esa misma parcela transformada en las columnas de datos de una pantalla de ordenador en el oficinista en Bonn, quien esta misma mañana envió al teléfono de su madre un mensaje para saber qué tal estaba, y de forma casí indirecta me lo preguntaba también a mí, cómo te lo estás pasando, Daniel, aquí todo igual en la oficina, lo de siempre, una oficina idéntica a la mía en Madrid, disfruta de los últimos días, Daniel.

A la salida de un pueblo un instructor corría por delante de tres chicas. Todos vestían ropa de deporte y se dirigían a la entrada de un pequeño bosque. De inmediato supe que había encontrado el lugar donde simular estar perdido en mitad de la naturaleza, y caminar en silencio por pistas forestales, escuchando el sonido de los árboles y el viento, atento a los sonidos que inspiraron a filósofos y músicos, tratando de entender por qué Beethoven prefería a un árbol antes que a un hombre. Nada tendría de insólito mi deseo si uno no viniera de vivir once meses en una gran ciudad, Madrid, cruzando a diario una pasarela peatonal sobre ocho carriles de una autopista, soportando el zumbido de miles de motores que ahora seguramente estarían en silencio en algún garaje de la capital, o bien camino de alguna playa del Mediterráneo, o tal vez pasando por debajo de esa misma pasarela que ahora yo, hoy, no cruzaba, pues avanzaba con un coche alquilado camino de cualquier lado, pero recordando en cada intersección la manera de volver a ese lugar donde un instructor corría por delante de tres chicas atléticas, y que me serviría como puerta a mi torpe o tonto experimento con la naturaleza.

Finalmente me detuve en un pueblo llamado Limburg an der Lahn. Lugar turístico y lleno de alemanes, tomé un pastel de zanahoria en una acogedora cafetería. Como si algo en el entorno o dentro de mí se hubiera desplazado, un líquido que sin saber por qué se derrama, el equilibrio de paz del viaje se había perdido, y regresé rápidamente al lugar donde había observado a los corredores. Detuve el coche junto a lo que parecía la pared de entrada de un túnel clausurado, manchada de grafittis, y me adentré por una pista forestal, iluminada por el sol de la tarde. A los lados la vegetación y los árboles se movían por las manos del viento, y también por el sonido de mis pisadas. Nunca perdí la orientación del lugar donde me encontraba, así que en todo momento sabía cómo regresar, pero por un instante, cuando llevaba más de media hora caminando y no me había cruzado con nadie, y cuando al girar y contemplar lo recorrido a mi espalda el bosque se veía de otra manera, sentí algo de miedo. Se escuchaba el ruido infinito de un avión en el cielo. En sus alas parpadeaban lentas dos luces rojas, y me imaginé a algún pasajero observándome diminuto aquí abajo, el trayecto de la mirada hasta un español paseando por un pequeño bosque alemán, y mientras la azafata preguntando más café este pasajero se preguntaría qué demonios hacía en mitad del bosque, solo, yéndose la luz del día, igual que yo también me cuestionaba ahora a dónde se dirigía a él, posiblemente a la cercana Fränkfurt, y para hacer qué en la ciudad. Quería experimentar el silencio de la naturaleza, pero justamente su viaje me lo impedía, como también costaba tanto en Madrid encontrar un refugio de silencio, sin preocupaciones, colgar la mente en un tendedero de tranquilidad. Sonó entonces por primera vez algo que pareció un ruido humano, y a lo lejos contemplé una cesta de mimbre balancearse: alguien buscaba setas. Como si un hechizo se hubiera roto, el juego terminado, decidó regresar al coche, y en una encrucijada de caminos pasaron dos jinetes a caballo: los animales llevaban las cabezas erguidas, como en signo de ostentación. Había tenido por un instante mi experiencia pastoral, pero no sabía muy bien si era lo que había deseado, y más aún, qué era lo que realmente había buscado en ello. Sin duda, la vida un mar de dudas.

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