Anne Michaels – La cripta de invierno

Anne_Michaels

Como ya viene siendo un hábito mensual, he publicado en la web http://www.el-buscalibros.com una recomendación literaria, en este caso de una poetisa y novelista canadiense, a cuyas líneas me llevó el buen consejo de Antonio Muñoz Molina. Podéis leer el texto pinchando en la dirección web superior, o bien a continuación:

Como si se tratara de un sirviente, la recomendación literaria solo puede sobrevivir por la aceptación de los demás, o lo que es lo mismo, la lectura multiplicada en otros de lo que uno aconseja. Si la recomendación viene de un escritor lo es por su descubrimiento de un territorio desconocido y original en la mente de otro: ideas, acontecimientos o personajes que el primero hubiera deseado tener. Pero también hay otro factor que determina una recomendación  y que tiene que ver con el oficio literario: un escritor que juega y profundiza en el lenguaje jamás va a recomendar obras que desprecien la lucha que él mismo tiene con las palabras, y así nos encontramos que las obras recomendadas por alguien a quien admiramos suelen contener hallazgos narrativos únicos, personajes desdoblados, ideas en tensión que chocan como callejones sin salida, mezcla de estilos y tonos, juegos intertextuales, en definitiva, herramientas que demuestran que estamos ante un autor que, aunque muchas veces desconocido, y de ahí la importancia de su descubrimiento, se toma en serio su obra y sus lectores disfrutan del desafío.

Estos dos aspectos que son la base de una recomendación los descubro con nitidez en La cripta de invierno (The Winter Vault), novela de la escritora canadiense Anne Michaels  a cuya lectura llego gracias a la recomendación impagable de Antonio Muñoz Molina, escritor que sabe reconocer en Anne Michaels la originalidad de la trama y su despliegue narrativo: admiración por el fondo y admiración por la forma, por decirlo en otras palabras.

La cripta de invierno arranca en las orillas del río Nilo en el año 1964, donde un barco  sirve de residencia a Avery y su mujer, la frágil y soñadora Jean. Debido a la anegación de esa zona por la construcción de la presa de Asuán,  Avery,  un joven ingeniero canadiense, trabaja en el  traslado del templo de Abu Simbel. Con ese imaginativo punto de arranque  Anne Michaels,  demostrando que es también una fantástica poetisa, dibuja con palabras precisas el amor de esta joven pareja, su felicidad pero también sus problemas, un ir y venir de sentimientos que primero se despliegan frente a las efigies de Egipto, entre grúas y bloques suspendidos de piedra rojiza, y luego continúan junto al melancólico cristal de los rascacielos de Toronto. Sus sentimientos son siempre intensos, tanto si viven el amor más puro (“if love finds you, there is not a single day to be wasted”: si el amor te encuentra, no hay siquiera un día que perder) como si padecen la desolación más absoluta; pero parece que siempre hay algo en la pareja que  les mantiene juntos, como si se alimentaran de una raíz común,  y el lector queda atrapado en su felicidad y también en sus malas rachas en lecturas sucesivas, concéntricas, también de idas y venidas, con el lápiz siempre en la mano, porque  no es solo la trama aquello que encadena a uno a su lectura, sino la belleza por la forma en que se dicen las cosas. Leída en papel es muy posible que la novela acaba como la mía: líneas subrayadas como la estrías de un mar y un acordeón de post-its de colores que, como flecos, iluminan el rastro de mi lectura.

Pero esa belleza en la forma, las frases elegantes y bien adjetivadas, el estilo profundo, contenido, meticuloso, poético, no se agota como un fuego artificial fugaz, apenas un evocativo juego literario de luces, sino que Anne Michaels plantea en su novela cuestiones filosóficas de gran envergadura; dudas intelectuales  que nos hacen levantar los ojos de la lectura, demorarla y pensar. El traslado del templo es el pretexto para preguntarse por el destierro de sus protagonistas y el lugar al que pertenecemos: ¿es nuestro lugar  aquel donde nacemos, donde nacen nuestros hijos o bien donde morimos? Desterrar a pueblos enteros hacia otros lugares, como obliga la construcción de la presa, ¿significa que esos habitantes se desposeen de sus raíces, de su memoria, incluso de su muerte? (los cementerios de sus antepasados anegados). Y enfatizando sobre la idea de la muerte: ¿es solo a través del amor que el hombre aprende a morir? ¿O cómo puedes odiar todo lo que viene del sitio de donde procedes y sin embargo no odiarte a ti mismo? Preguntas todas ellas de respuesta abierta, que invitan a la reflexión, y que la autora nos presenta magistralmente dentro de la historia, la de dos personajes que se agarran y necesitan y que sufren por estas dudas existenciales.

Y con la conexión gozosa que parece darse por accidente entre las lecturas, recuerdo que en mi última recomendación hablaba de la obra Blanco nocturno de Ricardo Piglia. En ella leíamos que “nos preocupamos del elogio y de los honores en la exacta medida en que no estamos seguros de lo que hemos hecho. Pero aquel que como nosotros está seguro, absolutamente seguro, de haber producido una obra de gran valor, no tiene por qué dar importancia a los honores y se siente indiferente a la gloria mundana”. Esa idea tan fuerte y quizás inalcanzable de encontrar la ocupación exacta de los días, la vocación definitiva y la seguridad que ello transmite, como una escafandra contra el miedo, el castigo o el premio, también está en la novela de Anne Michaels a través de la historia de un pintor que, con la vida llegando a su fin, le pide a su nieto que le acerque a un salón de exposiciones donde tiene lugar una retrospectiva de su obra. La salud del pintor es tan frágil que el nieto tiene que ayudarle para que la mano de su abuelo no tiemble y pueda realizar unas pinceladas correctoras sobre los lienzos. Anne Michaels resume este momento feliz de vocación cumplida, de vocación hecha vida, y en su texto lo expresa en las siguientes palabras: “What a blessed life, to live in such a way that our choices will be the same, even on the last day” (bendita vida aquella cuyas decisiones son siempre idénticas, incluso en el último día).

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