Jueves, 25 de agosto de 2011: la zona de volcanes

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Me despertó la conversación en alemán de algunos huéspedes y el sonido de las maletas con ruedas avanzando sobre el suelo de madera. Por la rendijas de la puerta se colaba el olor a café y la luz de una bombilla eléctrica. Frente a la cama, tras una ventana amplia sin cortinas, miré por primera vez este pequeño pueblo con la curiosidad matutina de los lugares a los que uno llega por la noche, y apenas son entonces líneas de luces dispersas, temblorosas; de noche es un misterio las calles y carreteras que mueven la gente que ahora duerme, y uno se acuesta en el misterio de esas luces, como balizas aisladas de vida. Miré por primera vez desde mi ventana, abierta a la altura de la calle, y vi un cielo neblinoso pegado al suelo, que transformaba la silueta de las macetas cercanas en una presencia inquietante, como miembros de una secta vegetal guardando el vestíbulo de acceso, las mismas macetas a las que me había acercado de cuclillas la noche anterior, muy cansado ya del viaje y con ganas de dormir, las mismas macetas cuya tierra húmeda removí hasta encontrar, sobresaliendo de una de ellas, la llave de mi habitación.

 
El ruido de la vida nuevamente regresada me expulsó de la cama a regañadientes, pues seguía cansado y parecía venir de un sueño largo, sin fronteras, de puro silencio y vacío, un sueño que no quería seguir su decurso en el mundo real. Cuerpo y mente se hundían perezosas buscando un rato más de reposo bajo las sábanas, sin ganas de hablar en otro idioma, de saludar y pedir una tostada o más café, pero sabía de lo pronto que empezaban los días en Alemania, así que de un brinco alcancé la ducha, me afeité, y acudí a la sala de desayuno, en el extremo de la planta baja. Qué distinto en cualquier caso madrugar porque la vida tranquila de los otros así parece exigirlo, en mitad de unas vacaciones plácidas, a cuando uno sufre el sonido de la alarma del móvil en el lugar más oscuro y lejano del sueño, como un brazo que te agarra y sacude y reanima y exige súbitamente volver a la realidad. Recordé un poema de Borges acerca del sueño, donde mencionaba ese efecto de expulsión que la mañana provoca con su llegada, trayéndote con tristeza desde el otro lado del mundo, a este en el que ahora mecanografío, el definido por alguien como real, y donde uno siente que la magia ha sido robada. Algo así como los topónimos iluminados en un viaje nocturno en tren. Cruzas apeaderos vacíos a una velocidad fugaz, en el lapso de apenas un parpadeo, pero el ruido de un ligero frenazo te despierta y atiendes somnoliento a unas letras de cerámica mal iluminadas, y por un segundo tu mente reconoce el nombre del lugar, pero los sueños son viajes al precipicio, y los vagones aceleran el paso, te sumerges nuevamente en el sueño del compartimento y olvidas ese lugar que en un segundo cruzaste, porque sabes que el final de la noche es siempre abrupto; hemos perdido la individualidad que hacemos exclusiva de la juventud o la bohemia, y sabes que en ese lugar que ya queda a la espalda existen gente como tú, que juegan cartones al bingo los sábados por la noche, seguidores de su equipo de fútbol local, que compran alcohol en los supermercados y lo beben en los parques con los amigos, y no se atreven a mostrar sus sentimientos a quien aman si no es con el cuerpo animado por el ron, y como si de un viaje circular se tratara la mañana te devuelve a ese mismo lugar cruzado, pero en este caso la ciudad anunciada es la vida, y su luz te ciega: el sueño es robado, y tu cuerpo expulsado al andén de los días, los cartones de bingo, el alcohol barato y las debilidades que fragua el corazón.

Schalkenmehren era un pueblo recostado sobre una pequeña loma, y en cuya base le bañaban las aguas del lago Schalkenmerener Maar. Un conjunto desordenado de casas bajas, con fachada blanca y tejados de pizarra, dotaban de vida al lugar. Contemplé la diligencia paciente en los cuidados jardines: la niebla se había levantado en un instante, y junto a las aceras se descubrieron canteros dominados por una abundancia ordenada de flores de jardín. Troncos para hacer fuego cortados con precisión artesanal, almacenados esmeradamente bajo cobertizos limpios. Verjas que parecían recién pintadas. Nada fuera de lugar, ninguna ventana distinta a las demás, ningún vecino estropeando al resto con diferentes materiales de construcción. Lamenté la desgana española por la belleza, el regocijo incluso por no cuidar el entorno, y qué diferentes entonces los pueblos que llevaba visitados, donde se admiraba un esfuerzo estético evidente, respecto a los españoles, azotados por el mal gusto, pueblos ibéricos donde la primera imagen suele ser aquello que sus habitantes no quieren cerca, una bañera vieja, repuestos de tractores, montañas de chatarra y basura, publicidad de productos fuera del mercado y un grafiti desleído diciendo: OTAN NO, BASES FUERA.

En las manos invisibles que habían trabajado sobre los jardines que ahora contemplaba, en los cuerpos de hombres y mujeres combados con tijeras para la poda, y que ahora posiblemente trabajaban en alguna ciudad cercana, había no sólo una reivindicación de la belleza, sino un esfuerzo decidido de lucha por la vida, y ésta entendida como algo que uno puede manejar y adaptarlo a un sistema de valores, y en los que el orden, el cuidado, la elegancia, y precisamente el amor por la vida, tienen prioridad. Los jardines son domesticaciones de la naturaleza. Sin el esfuerzo humano se asilvestran. El sudor de un alemán que llega a casa, aparca su coche, se cambia de ropa y al rato vacía los desperdicios en la compostadora, riega su jardín, corta el césped, planta la semilla de un árbol y limpia de hojas secas el camino de gravilla, es un esfuerzo que se enfrenta a la muerte, que la aleja, como un mar en retirada, pues verdaderamente es consciente de que, sin su labor, y en apenas unos días, ese lugar no tendría el mismo aspecto que él desea; se afana con dureza por la imagen que él busca, dobla el espinazo aunque haya regresado cansado a casa, más tarde de lo que él hubiera deseado, y ese compromiso estético por la elegancia le lleva a un sacrificio. Desprecia la desgana, pues el descuido lleva a que las malas hierbas crezcan, y me vienen a la mente tantas casas gallegas de ladrillo que parecen sin terminar, con ventanas de aluminio y paneles de uralita, y observo a un hombre del pueblo que camina erguido, con las manos cruzadas en la espalda, y trató de entrar en su mente, colarme en sus pensamientos, y seguramente su amor por la vida le hace luchar para que las flores junto al camino de acceso den la bienvenida vegetal que el invitado se merece, y saluden firmemente erguidas, y despunta con cuidado los nuevos brotes para asegurar el crecimiento sano de los tallos, y aunque sabe que su actividad es una lucha contra la muerte, pues la naturaleza es salvaje, una lucha justamente contra el orden natural, y que además la vida es finita, concluye que se enfrenta a la muerte, y que, si sus manos, ya callosas y arrugadas, no tienen sustituto en otras más jóvenes, todo su esfuerzo no tendrá recompensa más allá de lo que él ahora contempla; pero ello no le obsta para llegar a casa, cambiarse de ropa, y dedicarse a su jardín, porque la estética y el orden, en su eje de valores, importan, y el esfuerzo que ello obliga se da por descontado, y porque aunque visita España algún que otro verano, y valora el sol y la fiesta y la sangría, esos conceptos son una reducción a un momento concreto, el descanso estival, pero allí donde vive, muy al norte de nuestras playas de cemento, no quiere escuchar la desgana al esfuerzo y el desprecio a la belleza que dominan nuestro país, la ignorancia a otras formas de desarrollar la vida, y el júbilo zafio nacional en nuestra fealdad. Camina con las manos cruzadas en la espalda, como esposadas, pero se ha acercado hasta un pequeño cubo de basura, lo aproxima hasta su jardín, y deposita en él hojas viejas.

Una calle larga y ondulada articulaba la vida social en Schalkenmehren. La oficina de turismo, un pequeño hotel con su correspondiente biergarden, una cafetería y una tienda de alquiler de bicicletas abrían sus puertas en ella. Paseé arriba y abajo por la misma, sin cruzarme con nadie. Su línea zigzagueante reproducía la misma forma de la aguas del lago, que descubrí al fondo de una calle cortada en dirección norte, y tras dejar a mi espalda las últimas casas. Me extrañó tropezarme tan de casualidad con el lago que daba nombre al pueblo y cuyo origen volcánico singular, así como su belleza, atraía a muchos senderistas a la región.

La tienda de alquiler de bicicletas no era sino el garaje de una de las casas detrás de la oficina de turismo. Llamé al timbre de la misma, y apareció un anciano con un gran manojo de llaves. Aún advirtiéndole que no entendía alemán, él no paró de hablarme, primero en el interior del garaje, mientras elegía una bicicleta de las que allí se amontonaban, y ajustaba el sillín a mi altura, y luego en el exterior, señalando con mano temblorosa lugares próximos que supuse merecían ser visitados. Le dejé a mi espalda mientras aún seguía hablando y riendo, avancé por un camino de gravilla, donde la bicicleta patinaba entre guijarros, y me dirigí a la oficina de turismo, lugar en el que me proporcionaron un plano de la zona. Por detrás de mi hotel, en la zona más alta de la loma, había una pequeña estación de tren abandonada, y desde donde partía un camino que antes recorría el ferrocarril, y el cual permitía conocer los otros lagos de la zona.

Volví al placer simple del viento dándome en la cara sobre la bicicleta. Ahora el cielo estaba limpio, y no había ningún rastro de niebla. Una larga pendiente en bajada concluía en un túnel bien iluminado. Aceleré con todas mis fuerzas y el follaje a los lados del camino perdió su individualidad, las ramas eran formas alargadas que avanzaban contra mí, pues la naturaleza había ganado terreno al lugar donde antes había cruzado el tren, y disfruté de esa sensación de peligro, de no saber dónde mi dirigía, la inconsciencia asumida de saber que si hay algún imprevisto no tendré tiempo para frenar, pero aun así no frenar, todo lo contrario, acelerar, y las ramas y el viento silbando en los oídos, levantada la solapa del sombrero, y el miedo haciéndote tensar los brazos como un arco, y todo el cuerpo una sonrisa nerviosa, hasta que al final del túnel el camino se endereza, sube la pendiente, y los radios de la bicicleta recuperan el aliento.

La zona se llama Vulkaneifel. Geográficamente ocupa la zona noreste del departamento de Rhenania-Palatinado, que es donde ya me encuentro de visita hace varios días. Vulkaneifel atrae a los turistas por sus lagos de origen volcánico, y por las rutas que recorren la región a través de las suaves montañas Eifel, y que abren al visitante magníficas vistas del lugar. Una de estos caminos dominados por la naturaleza me llevó pedaleando hasta el pie del lago Gemündener Maar, el más septentrional de los tres que se encuentran en la región. Encadené la bicicleta a un poste, y bajé caminando hasta el pie del lago. El agua cubría la base del cráter y servía de reflejo invertido a la vegetación. Me senté junto a la orilla, abrigado a mi espalda por vegetación y silencio. En el extremo opuesto observé un trampolín de tres alturas, una zona inclinada de césped a modo de solarium moteado con tumbonas vacías, y una piscina ganada al lago tras una cuerda de boyas blancas.

Me levanté y encontré detrás de una fronda, también cerca de la orilla, un lugar donde tumbarme y observar el silencio del lago. Estuve un rato dormido, otro leyendo a Anne Michaels, disfrutando en paz del lugar, de haber acertado casi accidentalmente en la elección de este destino, porque lo que necesitaba era un lugar dominado por un silencio ancho, un refugio de soledad voluntaria, un lugar donde protegerme frente a las muchedumbres y la comunicación permanente y la queja sistemática de los demás. El mundo exhibía su malestar en una insurrección más expresiva que revolucionaria, pero toda crítica o proyecto de acción parecían fuera de lugar en un espacio dominado por la templanza, un lugar construido para encajar en el espacio rectangular de una tarjeta postal, y por unos días al menos, como un equilibrio al resto de mi tiempo, sólo buscaba silencio y paz. Poder ser yo, lo cual significa estar solo muchas veces, y no tener que decir para ello la palabra no. Recordé un aforismo de Chamfort: «casi todos los hombres son esclavos, por la razón que los espartanos daban la servidumbre a los persas, por no saber pronunciar la sílaba «no». Saber pronunciar esa palabra y saber vivir solo son los dos únicos medios de conservar la libertad y el carácter».

Alcé la cabeza: ahora el cielo azul era pálido y en el tiempo de un parpadeo se llenó de nubes y comenzó a llover. Fin de mi deseo a bañarme en el lago. Corrí hacia donde había dejado la bicicleta, pero el agua alteraba tan rápido las formas vegetales que me confundí de camino y acabé en una pequeña ermita de fachada blanca, levantada en lo más alto de la loma. La ermita estaba rodeada de un cementerio, cuyas tumbas eran rectángulos florales rodeados por guijarros, como si la vida tuviera su continuación en otro orden, el de la naturaleza, y desde la tierra muerta diera lugar a construcciones de tanta belleza, y así que contemplé la ofrenda visual de aquellos parterres llenos de tulipanes y flores, y me calé mientras leía la inscripción de las lápidas, calculando las edades en que cada uno de ellos falleció. En el interior de la ermita dos mujeres hablaban junto a una cuerda que colgaba del techo, y que permitía hacer sonar las campanas. Seguí dando la vuelta a la ermita. Más tumbas y flores, y la llama de las velas aguantando empecinada la lluvia. Dejé el cementerio y observé por último la oscuridad súbita del lago, una pacífica vista que tal vez también tenían los que en silencio me rodeaban.

De regreso al pueblo la lluvia continuaba. Devolví la bicicleta y me refugié en el hotel-café Maarblick, desde cuya ventana se abrían vistas a otro de los lagos volcánicos, el Schalkenmehrener Maar. En el cristal se chocaban constantemente moscas y avispas. Algunas se posaban en el mantel, se acercaban cautas atraídas por el olor a a la galleta, luego yo daba un manotazo, se alejaban, pero al rato volvían. Había comprado una caja de moras, y cené tranquilamente tumbado en la cama del hotel, viendo en el ordenador portátil qué hacer al día siguiente. Luego salí a dar un paseo por el pueblo de noche. En la calle principal entré en el Steilen Josef, una pensión cercana al hotel Maarblick, aunque mucho más modesta, y con una taberna de techo bajo abierta en la planta inferior. Un camarero joven me sirvió una cerveza, con una gran ceremonia y lentitud. Primero secó el vaso con un paño, y lo miró al contraluz. Luego abrió el grifo, pero sólo llenó la copa hasta la mitad. Después se marchó por una puerta hacia la recepción del hotel, y pensé que se había olvidado de mi bebida, hasta que nuevamente apareció y terminó de servirme la cerveza. Descubrió seguramente en mis ojos la sorpresa por la ceremonia del proceso, y en un inglés más que aceptable para la región me dijo que en Alemania había un dicho por el que las tareas, cuanto más lentas en su ejecución, mejor resultado daban. Él me preguntó si era inglés, pues llevaba conmigo el libro de Anne Michaels. Le dije que estaba de visita por la zona, y le sorprendió que viajara solo. Justamente me llamó mi amiga Alicia en ese momento, y él, sin saber una palabra de español, me preguntó si era mi chica, pues seguía sin dar crédito de que alguien pasara sus vacaciones sin compañía. Sonreí sorprendido por el equívoco. Luego me contó que la pensión y el bar eran un negocio familiar, que tenía una novia en el pueblo, y que en septiembre se marchaba a Heidëlberg para cursar estudios de hostelería. Algo borracho al final tras otras tantas jarras servidas con el mismo ritual ceremonioso, me despedí del locuaz camarero y volví a mi hotel. Ya casi en el dintel, viéndome tal vez desvalido, me dijo: no dejes de visitar el circuito de coches.

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