Miércoles, 24 de agosto de 2011: Visita a Trier y Aquisgrán

La misma mesa de desayuno. Rozándola y en idéntico lugar que ayer una silla que espera al huésped de la habitación número tres, como así indica un número de metal sobre el mantel. Una vez ocupado este lugar, se contempla a través de una ventana la vertiente norte de la montaña que allí mismo, donde acaba el olor del café y los panes calientes, comienza a ascender en un manto vegetal de vides, sus ramas combadas por el peso de los racimos, hasta vaciar su aroma arriba en la cumbre, bajo un cielo con espumas de niebla alejándose. Se podría pensar en el Lazarillo de Tormes por un instante, la historia de Almorox y el vendimiador, pero la tristeza y un apetito débil impiden pensar muy lejos: es mejor concentrarse en la estancia con forma de letra l en la que me encuentro solo. En la mesa, sobre el mantel de hule, aparte del número metálico, se observa el mismo canastillo con un croissant, dos rebanadas de pan integral, y un panecillo. En un plato cercano el embutido: dos lonchas de salchichón y salami y además tres trozos de queso. A un lado una cafetera que deja escapar suspiros de humo, y junto a ella un vasito con leche. Inmediatamente delante de mí un plato y un bol de porcelana, y a mi derecha, tras el tenedor, cuchillo y cucharilla, un pequeño plato con mantequilla y un frasco de mermelada y crema de chocolate para untar. Todo es idéntico a como desayuné ayer, salvo algo de niebla que difumina el final de la montaña y que apenas deja ver la cumbre, aunque no está muy lejos pues la montaña es empinada, pero no elevada. Todo es idéntico y pienso que esa combinación de elementos, la disposición geográfica del desayuno y la visión desde la ventana, el gran mapa de Alemania sobre la puerta de entrada con chinchetas de colores en la zona donde ahora me encuentro, la caja registradora de la recepción y las botellas de vino en oferta, todo ello en fin apenas cambiará mañana, cuando ya no esté sentado en esta mesa junto a la puerta y con vistas a la montaña. Seguirán sirviendo el café humeante, lo suficientemente caliente como para que no esté frío cuando lo beban los huéspedes más rezagados o dormilones, habrá embutido y queso y mantequilla y mermelada en las mesas, del suelo de madera llegará el crujido áspero de los tablones pisados (una silla que se mueve, nuevos clientes que llegan para desayunar) y la montaña seguirá mostrando vanidosa sus racimos de uvas. Todo continuará en el mismo lugar y el turista sin embargo ya debe estar lejos, movido con la urgencia de querer conocer otro lugar, de ir cerrando puertas, pagando habitaciones, y saliendo disparado hacia otra mesa de desayuno por un motivo desconocido, como un viajante de comercio buscando más ventas.

Y pensando en todo lo que inmóvil queda allí, ignorando que realmente los racimos serán vendimiados y que el café acabará frío en su recipiente y la mantequilla tras un rato derretida, pensando erróneamente que al marcharme yo del lugar el tiempo queda en suspenso, lamento la facilidad humana para acostumbrarse a lo cotidiano, al placer de una mesa donde los rayos del sol, después de acariciar las uvas por la ladera, bañan y dan luz a mi mesa de desayuno, al silencio de refectorio monacal donde ahora me encuentro, a un tren que interrumpe la quietud, en intervalos decididos en alguna gran ciudad, su alargado grito metálico levantándose en todas direcciones, pero un sonido que redobla mi paz pues desconozco la ansiedad de su horario, desconozco también el destino del viaje, y porque en suma no tengo intención de cogerlo. Apenas llevo dos mañanas en este lugar y sé que me he adaptado a su sencillez doméstica de forma dócil y que podría quedarme colgado a estas rutinas durante un tiempo que se me antoja largo y plácido. Mezclo el café y la leche y lamento la consciencia humana de saber cuándo un buen momento va a terminar, y me entristece esa facilidad también humana para acostumbrarse súbitamente a una situación nueva favorable, en la que uno querría quedarse de forma permanente, y me fastidia en síntesis esa destrucción de un entorno para que otro surja, y así tener que adaptarse lo mejor que uno pueda a él, cuando a veces uno quiere quedarse donde está, en una burbuja sin otro contacto que el de unos tablones gastados de madera en el suelo y sin otra sonrisa que la de una mujer que no me conoce, pero que me enseña la sonrisa sin pausa y ofrece un café humeante moviendo su cuerpo voluminoso entre las mesas, y es que la vida va enviando señales de que es finita, son primero advertencias hasta una final que aunque es el más cierto de todos los avisos siempre nos llega con sorpresa, y mientras mastico la tostada siento el sabor de lo que finaliza, y aunque se abre aún tenue el deseo de nuevas experiencias sigue en mí un énfasis de permanencia a la mesa número tres, a estar iluminado por los rayos oblicuos de sol que entran por la ventana, y que arrastran el aroma de las uvas y lo mezclan con el del pan caliente, y firmo un recibo en pago de las dos noches, un apretón de manos como señal de que debo continuar, doy las gracias arrastrando esta sensación tonta de pena, dejando el tiempo en este comedor falsamente suspendido, pues en el fondo sé que todo cambia salvo aquello que queda en la espalda (que es la memoria), si acaso difuminados los detalles, como por ejemplo que ahora la cumbre está borrosa, y esa sensación de caminar dejando un mar en retirada se acentúa cuando la maleta brinca por el suelo de gravilla, el sonido luego de los neumáticos dando marcha atrás, ajustado de nuevo el retrovisor, pues por las mañanas si uno ha descansado está más erguido que cuando condujo por la noche, y miro a través de ese retrovisor y me despido para siempre de un lugar que se queda en la memoria, con lo que ello significa de imborrable e irreal: un lugar donde el café siempre estará humeante.

Trier, ciudad universitaria situada al suroeste de Cochem, cercana a la frontera con Luxemburgo, y donde nació Karl Marx, fue mi siguiente destino. Era miércoles y el día estaba soleado. Estacioné el coche en un aparcamiento próximo al centro y avancé por una calle peatonal, sin ganas por descubrir este nuevo lugar que, por ser similar a Cochem (cuidadas fachadas, la vida plácida en la orilla del río Mosela y en las calles una sensación de alegría) se me antojo una mala réplica. Pensé que, si contaba la noche del sábado, era mi cuarto día en Alemania y apenas había cruzado palabra con nadie. Así que cuando abría la boca para pedir un café, como hice al poco de empezar a caminar por la ciudad, la voz se me quebraba de no usarla y adquiría una cualidad cavernosa que daba miedo. Visité la famosa puerta negra, el monumento más importante de la ciudad. No se trata de un acceso a Mordor, sino de un monumento romano del siglo II d.C. Napoleón, que parece que tuvo tiempo para pasearse e invadir media Europa, estuvo también allí, y destruyó una iglesia y santuario anexos a la puerta desde la Edad Media, restaurando así con violencia el aspecto original de este lugar. En un mercadillo al aire libre compré unas uvas, que pensando eran de la zona resultaron ser italianas y además incomestibles. Bordeando la muralla de la ciudad, también romana, visité unos cuidados jardines, y que me llevaron hasta la basílica, junto a cuya fachada observé un grupo nutrido de turistas alrededor de una caseta. Me acerqué hasta ella: una de sus paredes era de cristal y en el interior se exhibía un enorme brazo articulado cuyo extremo era una pluma de grueso plumín. La pluma derramaba su tinta sobre un rollo enorme de papel en letras con tipografía medieval. La precisión de su caligrafía era exquisita, perfecta, sin los errores por despistes ni los tachones por algún temblor humano. El artilugio avanzaba con cierta velocidad sobre el manuscrito, dejando caer a un lado lo escrito, levantando la máquina su disparo de tinta y aguardando el avance del papel sobre la tabla en cuya superficie redactaba. Nadie parecía gobernar el brazo metálico, seguramente una computadora a espaldas del escritor invisible y con una imaginación infinita. Como si de un espectáculo de escritura automática se tratara, y aunque nadie allí parecía entender lo escrito, porque el texto era en latín y avanzaba de derecha a izquierda, más y más personas fueron acercándose hasta el cubo de cristal, hechizados por tal ingenio y la razón del mismo, mirones en trance sin nada mejor que hacer y que posiblemente pensábamos que quizás viéramos florecer el subconsciente en ese flujo sin parar de letras y palabras, y cuyos pasos un rato después resonaron en la basílica vacía y sin apenas interés, salvo el misterio de esa caseta taquigráfica en su puerta, nuevamente en la calle, con el sol en lo alto y ganas de todos por irse del lugar.

Cansado de caminar sin rumbo y cansado también de estar solo volví al coche, y sin rumbo salí de Trier hacia el norte. Por un segundo dudé en subir a dos autoestopistas a las afueras de la ciudad, pero cuando me decidí a recogerles tenía otro coche detrás y era peligroso parar. Arrepentido de ir en un coche yo solo, contaminando los hermosos paisajes, y con ganas sobre todo de hablar con quien fuera, decidí subir al primer autoestopista con quien me cruzara. Sin saber cómo entré en Bélgica, que me recibió con lluvia, y paré en el pueblo de Spa, ciudad que durante los romanos se hizo famosa por sus aguas termales y ahora lo es por el circuito cercano de Fórmula Uno. Llovía a cántaros, tenía hambre y allí no parecía haber nada interesante que visitar. Después leería que en esta zona de las Ardenas lucharon ferozmente durante la Segunda Guerra Mundial franceses y alemanes, pero la lluvia y el viento borraban los contornos del pueblo y el bosque siempre a su espalda, la lluvia encharcaba la carretera y surgían ríos de agua sucia en la cuneta, gente corría para no calarse y los parabrisas del coche se agitaban alocados; miré mis piernas, comprobé que estaba en pantalones cortos, y aceleré huyendo de un cielo gris que casi se tocaba con las manos.

Me dirigí hacia el noroeste, y en cada bifurcación fui accediendo a tramos de carreteras más amplias, pero también más congestionadas. Volvía a brillar el sol y la lluvia quedaba a mi espalda. En una incorporación a la autopista hacia Aquisgrán un joven junto a un macuto enorme portaba un cartón que decía Cologne en letra de bolígrafo azul. Detuve el coche, y corrió dando brincos de alegría hacia él. Era checo, venía haciendo dedo desde Inglaterra, donde había estado de viaje y trabajando, y volvía ya a Praga, pues en unos cuantos días tenía que empezar los estudios universitarios de ingeniería electrónica. Hablaba un inglés a trompicones, cada poco me daba las gracias por haberle subido, y por su olor deduje que llevaba varios días sin ducharse o vistiendo la misma ropa. Sonréia agradecido, divertido seguramente de un viaje que aunque no había terminado sabía que siempre iba a recordar. Le pregunté quién demonios le había dejado en una incorporación a una autopista: un camionero que allí se desviaba hacia Düsseldorf.
Como no tenía un objetivo claro para la tarde y lo que realmente me apetecía era algo de compañía dejé Aquisgrán a mi izquierda y avancé hacia Colonia. La autopista desplegaba en ambos sentidos carriles y más carriles con un tráfico pesado de camiones y coches de gran cilindrada. Mi copiloto doblaba su cartulina con la palabra Colonia ahora convertida a mi vista en Col, y sonreía a cada instante y me pedía que le dejara en cualquier gasolinera. Lo hacía con tal vehemencia que acabé por pensar que realmente podía tener miedo de mí, cuando la literatura y el cine y en general la ficción siempre nos han configurado al autoestopista como un peligroso criminal y al conductor su víctima, así que finalmente abandoné la autopista, paré en la entrada de una estación de servicio y se bajó junto a una fila de grandes camiones alineados. Al contemplarlos supo que sería fácil que alguno de ellos fuera en dirección a Colonia, o tal vez más lejos, y me dio de nuevo las gracias, primero un abrazo y luego saludándome con aspavientos que vi desde el retrovisor cada vez más lejos, mi coche ya avanzando hacia algún cambio de sentido para visitar Aquisgrán. El olor del autoestopista flotó por un rato más en el interior coche, y donde se había sentado volvió la funda roja de discos que había comprado el sábado antes de marchar. Al rato su olor fue sustituido por el de un wrap del Mcdonald´s: desde el desayuno no había probado bocado y estaba hambriento. El coche se llenó entonces de un aroma idéntico al que rodea en todas las esquinas del mundo la gran letra m de color amarillo, un aroma idéntico pero también un mismo sabor de la hamburguesa o las patatas te encuentres en Roma, en Budapest, o bien en un área de servicio de una autopista alemana volviendo hacia Aquisgrán y con la tarde avanzando en el cielo.

Aquisgrán es una ciudad que abre sus puertas hacia el este a dos países, Bélgica y los Países Bajos. Fue la primera ciudad alemana que, en el otoño de 1944, y después de ser bombardeada y asediada, conquistó el ejército americano en la Segunda Guerra Mundial. Su principal atractivo turístico es la capilla palatina, mandada erigir por Carlomagno en el siglo IX, lugar que sirvió de capilla personal y donde está enterrado. Lamentablemente el lugar estaba siendo rehabilitado, así que mi paseo por el deambulatorio, con la mirada en el techo buscando los mosaicos dorados, se encontró sin embargo con andamios, golpes de martillo y telas de obra protegiendo los bronces del polvo pero también de la mirada. Regresé al coche y emprendí mi camino hacia el sureste, en dirección a la zona de volcanes. Inútilmente traté de encontrar a un lado del camino restos de la línea Sigfrido, el sistema defensivo y propagandístico alemán, formado por búnkeres de hormigón, túneles, y trampas para tanques. Al día siguiente un camarero me contaría que su país había destruido muchas secciones de la línea frente a la oposición de grupos que defendían su conservación, de la misma forma que se habían preservado los limes romanos. Tal vez la explicación de que las ruinas romanas se conserven y la línea Sigfrido no sea una cuestión puramente temporal: la atrocidad de la Segunda Guerra Mundial está aún demasiado cerca como para ser recordada. En cualquier caso la línea Sigfrido, cuyo recorrido seguía en paralelo conduciendo en dirección a mi hotel en Daun, tuvo un destino parecido al muro de Adriano en Inglaterra, pues nunca sufrieron ataques a la envergadura de sus dimensiones. Me detuve por curiosidad en la gasolinera donde había dejado al autoestopista: seguía allí y se alegró de verme. Apoyado junto a un camión, me contó con su infinita sonrisa que ese mismo vehículo salía esa noche rumbo a Praga, y allí le vi por última vez, apoyado en una rueda enorme como garantía de que el camión no se marcharía sin su macuto y sin él.

El hotel Kraterblick de Schalkenmehren se encontraba en la calle Auf Koop 6, en el final de un camino empinado. Lo había escogido por económico y porque tenía vistas a uno de los lagos volcánicos, pero cuando aparqué el vehículo era de noche y sólo pude ver la niebla pegada a la fachada de un pequeño edificio blanco. Llegar hasta allí había sido una proeza: nadie parecía conocer este lugar. Había ido de un pueblo a otro preguntando sin éxito, hasta que finalmente unos chavales me habían orientado en la buena dirección. Mi llave estaba semioculta en una maceta junto al felpudo de acceso, tal y como me había indicado telefónicamente la dueña, y mi habitación resultó estar en un lado del vestíbulo. Dejé las maletas y di cuenta de un trozo de quiche de espinacas que había comprado en Aquisgrán antes de caer dormido. Antes de acostarme, desde la ventana, vi algunas luces en la lejanía, alejadas entre sí, y cerré los ojos sin comprender el patrón humano que las ha dispuesto de esa manera.

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