La corrala

Recupero un relato escrito hace un año, dada mi imposibilidad temporal para teclear la máquina. Espero que os guste.

Se disponía a pulsar el timbre de acceso al edificio con una mezcla de curiosidad y desaliento. Rubén, amigo de la oficina, celebraba su cumpleaños en una corrala cercana a la estación de Atocha. Apreciaba a Rubén por su amistad, de una pureza escolar, limpia, sin daño, pero ni le conocía desde hacía demasiado tiempo y aún menos al resto de invitados que suponía en la celebración, por lo que la voz metálica que ahora le invitaba a subir tenía una cualidad de misterio a punto de ser relevado. El cansancio del trabajo en la oficina, sin embargo, hacía pesados sus pasos, primero sobre baldosas en la penumbra de un portal, cuyas paredes tanteó buscando un interruptor de luz, luego mientras arrastraba los pies a través del amplio patio interior, sobre el que se veía el cielo nocturno de Madrid, subrayado por la ropa tendida, y finalmente flexionando sus zapatos por los escalones combados que le llevaron hasta el piso de Rubén, una estancia diminuta donde no paraba de entrar y salir gente con vasos de bebida.

Su débil deseo por conocer gente inédita e interesante se desvaneció cuando llegó a la fiesta, que había empezado un rato antes, y en la cual los amigos de Rubén se movían en hipnótica melopea, absortos por la música que en turnos pinchaban en un tocadiscos; tenían escasas ganas por entablar conversación con un desconocido, que además no era mujer, e incluso también entre ellos. Era viernes por la noche, el calor en el interior de la estancia era asfixiante, y los altavoces atronaban canciones de baile. Rubén apareció al rato en el pasillo de la entrada, junto a la arcada donde el recién llegado estaba apoyado en soledad, y le dio un fuerte abrazo. “No te he visto entrar, figura,” dijo con una efusividad sencilla y sincera. Rubén era alto, muy delgado, tenía el pelo corto y peinado como la cima de una ola. Le presentó a sus amigos con la misma falta de artificio que se aplicaba a sí mismo, y al rato le abandonó nuevamente.

Se sirvió un zumo de piña: había venido en coche y no quería problemas. Rubén le recriminó su bebida, y él le explicaba que no quería líos cuando justamente éstos llegaron del exterior: una cacofonía de insultos les hizo abandonar apresuradamente el piso, y se alinearon sobre la balaustrada. En la primera planta, cerca del patio, dos hombres de aspecto sudamericano, pelo recio y piel andina, se golpeaban con torpeza junto a la puerta entreabierta de una vivienda, de la que salían los gritos de una mujer rogando que pararan. Estaban borrachos, y sus puñetazos tenían escasa eficacia. En algún momento la mujer abría la puerta, la luz del interior derramada sobre el pasillo, y uno de los hombres a empellones y patadas devolvía a la mujer al interior. “Es siempre igual,” comentó Rubén al resto. “Malditos sudacas. Viviendo aquí os aseguro que les acabas odiando,” concluyó.

El enfrentamiento parecía que no iba a tener término, como si la pelea fuera un fin en su mismo, y por supuesto la ocupación única y última de todos los que en ese momento asistían al lamentable espectáculo de una horda ebria. “Es todos los fines de semana igual, y también muchas noches de diario,” le dijo Rubén. Movió luego el brazo, señalando aquí y allá al resto de vecinos, niños con pijama y con las cabezas rapadas, ancianos con un cigarrillo en los labios, mujeres obesas vestidas con ropa de playa, todos observando la discusión como los espectadores de un cine de verano que proyecta una película mil veces repetida; también él se sentía un espectador dentro de la corrala, participando de una celebración donde parecía haber sido invitado por error, en un decorado de ropa tendida y cuartos minúsculos, cuya ausencia de espacio abolía todo ámbito privado, y hacía del afecto algo impúdico y perverso. Sentía compasión de lo que observaba, pero también un impulso de rechazo, un desagrado que justificó su decisión para marcharse sin decir adiós a un lugar que todos parecían habitar con apatía.

Por ello, con la incomodidad de presenciar un infortunio indeseado, y abrumado por una pesadumbre que era hastío y falta de empatía con el ambiente festivo, abandonó el pasillo sin que nadie advirtiera su marcha, ninguna mano en la espalda, ninguna voz pronunciando su nombre, o tal vez sí, a dónde vas, pero ahogada la llamada bajo el ritmo electrónico y ensordecedor de la música. Ya en el patio de entrada miró por un instante al piso de Rubén, donde se agitaban siluetas festivas y vasos de plástico, y sintió la diversión como algo ajeno, un patrimonio de otros. Seguro de la decisión tomada, pensó que al día siguiente escribiría un mensaje agradeciendo la invitación; se disponía a abandonar la casa, alcanzó el portal, y cuando se cerraba a su espalda la puerta una mano detuvo el movimiento de cierre, luego fue un brazo, y apareció la muchacha latina por la que dos jóvenes habían estado luchando un momento antes. “¿Tienes coche?” le preguntó, su voz cargada de dulzura pero la mirada sumergida en urgencia. A los pocos instantes estaba dentro de su pequeño Fiat.

Sin saber a dónde dirigirse, y con el silencio incómodo de su inesperada acompañante, abandonó con rapidez el barrio y en la primera carretera que se cruzó eligió la salida de la carretera de Toledo. Veía manchas de luz menguantes por el retrovisor: la ciudad iba quedando atrás. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó sin mirar a la mujer, cuya cabeza estaba apoyada en la ventanilla. “Annette, me llamo Annette,” respondió ella, con un susurro ahogado de voz, como si una cicatriz le cruzara la garganta. Él mantenía la mirada fija en la carretera, iluminada por los focos de la circulación cada vez más escasa, y agudizaba al máximo el resto de sus sentidos para salvar el silencio y el por qué de aquella presencia: escuchaba un llanto suave e intermitente, que suponía dejaba en su rostro lágrimas que ya habían trazado su propia cauce, como el reflujo infinito del mar entre las rocas. Rozó su pierna al cambiar de marcha, y sintió una piel joven, que no había claudicado a los estragos del tiempo, pero que sin embargo imaginó extraordinariamente rozada y besada y golpeada por las personas que le aplastaban al hacer el amor, le buscaban bajo la falda en la parte de atrás de un auto como el suyo, le arrollaban contra una pared mientras unas manos con anillos dorados le desnudaban.

Por un código invisible de órdenes supo que ella deseaba volver. Habían parado en la cafetería de una gasolinera. Ella le cogió de la mano, y volvieron al vehículo. La ciudad estaba ahora frente a ellos, y a su espalda, aunque de noche, se discernía la mole en silencio de la Sierra. Veía vertederos de basura, moteles de carretera, naves industriales, proyectos urbanísticos a medio construir. No cambió de marcha en todo el trayecto de regreso: su mano derecha estaba apoyada sobre la mano izquierda de ella. Aparcó frente a la corrala: al ver su fachada recordaron la pelea, y quiso que ella no entrara en aquel mundo sin oxígeno, pero también él parecía contagiado de su silencio. No supieron qué decirse, pero el hecho de estar allí le transmitía la convicción de que para Annette el cretino de su novio o marido era lo único que había en su mundo, y que seguiría junto a ella sin fin.

“No tienes por qué entrar,” le dijo finalmente, pero ella le negó con la cabeza. “Te ha pegado, volverá a hacerlo; esta noche si quieres puedes dormir en mi casa”, y Annette de nuevo rechazó su oferta, con una sonrisa en sus labios. “Le quiero, todo se arreglará mañana”, le respondió. Sintió un efímero deseo por besarla, pero al acercarse a su asiento Annette accedía ya al interior de la corrala, y se limitó a cerrar el pestillo de la puerta del coche. Quedó un rato en silencio dentro del automóvil, con el motor apagado. Casi nada de lo que oía en televisión o radio relativo a los malos tratos le había llegado al corazón. Se avergonzaba en privado de su indiferencia hacia los problemas de los demás: la violencia doméstica, el racismo, eran para él fallos y sufrimientos de los demás. Nada de ello le tocaba ni hacía daño. Pero ahora, mientras la puerta de la corrala se cerraba definitivamente, sintió, por primera vez en mucho tiempo, pena.

Puso el coche en marcha y aceleró, con lástima pero también aliviado de escapar de aquel lugar. Comprendió, a medida que regresaba hacia su casa, la razón de aquel brote último afectivo, inesperado e intenso. Los colectivos, para él, carecían de sentimientos. Cualquier manifestación global de un sentimiento perdía su cualidad individual, y solamente los individuos se le antojaban como expresiones capaces de recibir y expresar sentimientos. Por ello solo ahora, en la individualidad de una tragedia colectiva, había logrado iluminar un afecto, una respuesta a un estímulo ajeno. Sólo en la soledad de su regreso a casa, rodeado aún de una nube de perfume barato dentro del vehículo, pudo comprender la zozobra de Annette cada noche, sin saber si iba a ser abrazada o golpeada, primero en el vientre, un golpe en las rodillas, y posiblemente incluso un sentimiento de irracionalidad, pues según ella todo se arreglaría mañana.

Entendió que la historia de lo ocurrido estaba cargada de misterio: la falta de empatía con los amigos de Rubén, no sólo con él sino también entre ellos, las razones de la discusión etílica en la corrala, el por qué de ese olor a perfume barato dentro de su coche regresando solo a su garaje en el norte de la ciudad. Pero como en cualquier historia también deseaba saber el final de la misma, y le costaba asumir el discurso de su razón, que le hacía suponer que la mujer que hace un rato se sentaba como una copiloto, muda, pudiera estar ahora abrazada al animal de su novio, quien posiblemente dormía con la respiración grande y sonora de quien ha bebido demasiado, mientras los amigos de Rubén avanzaban su embriaguez, subían la música aún más de volumen, provocando ahora ellos la falta de tranquilidad en el patio, lo cual se antojaba era una norma de convivencia mil veces al día vulnerada. Posiblemente todo lo ocurrido constituía una narración circular, repetida en noches idénticas, enfrentamientos frente al mismo decorado, pisos pobres en el interior de la misma ciudad donde ahora, él, se disponía a dormir, con un miedo nuevo en el cuerpo: el miedo por Annette.

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