Diario del Rhin (tras visitar la casa de Beethoven en Bonn)

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De nuevo en el hotel, la luz apagada, mi cuerpo tratando de acomodarse a un colchón demasiado blando y estrecho, como estrecha era también la habitación, pensé en la visita a la casa de Beethoven en Bonn, la ciudad donde nació pero en la que nunca fue feliz ni quiso vivir. En su correspondencia Beethoven ponía de manifiesto el miedo a que la sordera pusiera fin a su carrera como compositor, por miedo a que esta deficiencia física le impidiera recibir encargos y el tan necesario mecenazgo, y cómo al principio de su proceso de sordera se había apartado de la sociedad, por temor a que los demás, y sobre todo sus enemigos, descubrieran este problema; escribía Beethoven que le resultaba imposible decir a la gente: soy sordo. Y cómo igualmente pasó por su cabeza la idea del suicidio, posibilidad que descartó por su convicción de que era un artista y que por lo tanto tenía algo que demostrar al mundo. En una de sus cartas Beethoven decía que sólamente la virtud y el arte habían logrado que su vida no acabara en suicidio. La virtud, remarcaba, era la única manera de lograr la felicidad. Me acordé de las cartas y pentagramas que había observado protegidos en vitrinas. Esa caligrafía defectuosa, apresurada, que uno suele observar en las recetas de los médicos, pero que en general se atribuye a los genios. El acto físico de la escritura siempre más lento que el flujo de las ideas o de los sonidos. Sonidos que Beethoven no podía escuchar, por más que ocupara inútilmente la primera fila de los teatros o utilizara ineficaces trompetillas. ¿Hubiera sido aún más grande su obra de no haber acabado su vida absolutamente sordo? ¿O tal vez la sordera le condenó a una forzosa soledad, y de ella una forma nueva y prodigiosa para transmitir los sentimientos? En el silencio puro de la habitación 308 advertí, antes de dormirme, que mis oídos zumbaban ligeramente. A Beethoven los acúfenos le desaparecieron en 1816 cuando quedó, definitivamente, sordo.

Os adjunto el segundo movimiento de su concierto para piano y orquesta número 3, escrito cuando aún escuchaba, pero sabiendo ya que su sordera era inevitable: si no es emociona, os doy el teléfono de un buen cardiólogo. 

http://www.youtube.com/watch?v=CaMm7ufCz-s&feature=related

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