Stefan Zweig, adiós a Europa

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Stefan Zweig: Farewell to Europe es una película que narra, en cinco episodios y un epílogo, los últimos años del escritor. Asistimos, septiembre de 1936, a una conferencia y entrevista políglota en Buenos Aires, a la gestación de su libro sobre Brasil, un país que le agasaja y que, en la distancia de sus recuerdos europeos, le hace multiplicar su sensación de errancia. Asistimos a un invierno helado contra las ventanas de Nueva York, el drama de sus amigos colándose por debajo de la puerta, en telegramas y en cartas de correo internacional. Asistimos por fin a sus últimos días en Petrópolis, rodeado de un sol y de unos paisajes de exuberancia y vitalidad, ajenos por completo a su desgracia.

La película atrapa: una prueba de que saber el final no siempre es lo más importante. En cada una de los episodios de la película, Zweig parece como si viviera de una manera automática, de la misma forma que el martes sucede después del lunes. Va empujado de un lugar a otro como una suerte de tótem: admirado pero inerte. Cada escena nos lo presenta en escenarios opuestos: la vegetación confusa en Brasil, la nieve silenciosa en Nueva York. Cada escena provoca un brinco del tiempo, y recrudece la desorientación y parálisis de su protagonista. En todas ellas, Zweig transita sin mapa, y con idéntica ausencia. Como si no le quedara más remedio que estar vivo. Como si llevara muchos años muerto, aunque nadie se hubiera dado aún cuenta. Por eso la lógica de su final, cuando él mismo parece advertir, de súbito, su propia ausencia prolongada. En su nota al suicidio concluye: “Dejo saludos para todos mis amigos: quizá ellos vivan para ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, más impaciente, me voy antes que ellos”. La última escena es un magnífico juego de espejos: el dormitorio a la izquierda, la cocina, el porche y el jardín a la derecha, dentro de un solo encuadre. Se cierra así una película pacíficamente angustiosa, testimonio de los días narrados y mientras, en un exterior que ya tapan los títulos de crédito, continúan sin entenderse, como una metáfora fallida, el recuerdo amargo de Europa y el sol perpetuo en Brasil.

El beso de la mujer araña

Puig_ArañaDe Buenos Aires un diálogo. Era tarde, mi amigo y yo teníamos hambre, entramos a una pizzería próxima al albergue. Un grupo de tres hombres charlaban alrededor de una mesita vacía. Mi amigo, que vive pegado a un silencio, se sorprendió de todo lo que hablaban. Después de cenar salimos a la noche, jugamos al billar, bebimos cerveza, paseamos hasta Puerto Madero, se levantó frío y volvimos a nuestra habitación compartida. En la pizzería seguían los tres hombres en idéntico apasionado diálogo. Reímos al verles. La risa de mi amigo era un misterio duplicado: saber de qué hablaban —apenas domina algo de español—, y conocer las razones de tan alta locuacidad. Yo escuché algunas palabras, las olvidé empujadas por otras tantas y así sucesivamente, luego levanté los hombros, como dando a entender que tampoco entendía tanta cháchara. Su mesita seguía vacía de consumiciones.

Esa inveterada idea de que el argentino habla a perpetuidad, y que puede que tenga la misma frágil verdad que cualquier lugar común, esa imagen tal vez falsa de la verborrea de Darín dentro de un portal, de la voz suave y larguísima, como un rollo de papel, cuando Valdano psicoanaliza el fútbol, de Luppi siendo el padre de todos nosotros, es, también la de la narración que aquí me ocupa. El beso de la mujer araña es una novela excelente del escritor argentino Manuel Puig. Publicada en 1976, fue prohibida por la dictadura militar de este país. El libro narra la convivencia en una cárcel de Buenos Aires entre Molina, de treinta y siete años, homosexual, soñador, amante del cine, y Valentín, un activista político.

La novela es un canto de confianza hacia el diálogo como recuperación del pasado, alivio del presente e invención del futuro. Para matar el aburrimiento, Molina narra sus películas favoritas, a Valentín, su compañero de celda. Molina solo ama a su madre, le gusta la fruta abrillantada, está acusado de abusar de jóvenes. Su prisión es doble: la de la celda donde cumple condena, y la prisión de su cuerpo: él es ella, ella se siente una mujer, ella está encerrada en un cuerpo de hombre. Si la narración sobre películas es la manera como Molina se alivia del presente, películas casi siempre románticas y dominadas por lo imposible, el estudio es como Valentín escapa del naufragio. Para Valentín, que escucha con atención a su compañero, la tendencia de Molina de pensar en cosas lindas es peligrosa, una forma de alienación, y solo cree que la actividad intelectual permita trascender la asfixia de la celda. El personaje de Valentín es, en apariencia, más opaco que el de Molina. Como si Valentín viviera dentro de una nube, nunca sabemos si lo que habla es lo que piensa o lo que, impotente, no ha conseguido callar.

En ese diálogo perpetuo que es la novela, la voz que domina es la de Molina. Leer sus crónicas cinematográficas es una fiesta tristísima. Mediante esa ficción los presos miran la vida: aquella que se despliega más allá de su celda, sobre sus seres queridos. Como no pueden intervenir en los días de aquellos a quienes aman, hay un punto en que la ficción se desploma, una tarta de boda, y choca contra un muro: el techo de la celda está lleno de insomnio. Como tampoco pueden intervenir sobre sus propias vidas, ay, asisten a las mismas con el estatismo de un espectador de cine. Así que el programa es doble: la película de los demás y la suya propia, a la que asisten entre bostezos, miedo y rabia. Las películas son la bisagra de dos irrealidades. Parece como si Molina, al relatarlas, tuviera sobre sus retinas el fotograma perforado de las películas, y allá donde mirara asistiera a esa película de su vida, pero en la que no está él. En los relatos fílmicos, que tienen tanto de inverosímil como apasionante, domina la curiosidad de Valentín y la melancolía de Molina. En todos, esa emoción de lo simple, de lo que se recuerda, de la letra romántica de un tango mezclado con imágenes de Hollywood.

Unos incómodos asteriscos nos sacan de la lectura, como esas patadas de fútbol que, ligeras pero multiplicadas, acaban desquiciando a muchos jugadores. Las patadas nos llevan a citas de psicólogos sobre la homosexualidad. Gozan de interés leídas del tirón, al final de la lectura, como un valioso epílogo, pero en la historia son una chinita en el zapato, una pausa que te hace querer seguir corriendo hasta un lugar de libertad, una mesita vacía de una pizzería de Buenos Aires, y entorno a la cual sus clientes, de cualquier ideología y sexualidad, pueda hablar sin miedo —el gran tema de la novela—, en libertad, sin el temor a ser interrogados, sin miedo a los discursos de poder capitalistas, a la pantera que deambula cada noche, ella sí en libertad, por la negrura de Central Park. Cuando acaba la novela uno siente esa gratitud inmensa de haberse tropezado con una obra de arte. Un golpe de suerte que no sucede todos los días.

La vida al margen

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He vuelto a soñar que soñaba. Un sueño referenciado. Un sueño posmoderno. Un sueño como escrito al margen, en un pie de página. Un sueño que empieza en un asterisco, el asterisco hasta el borde de la sábana, a un espacio bien prieto de líneas, de tipografía mínima, incómoda para la vista. Claro que la vista importa poco si uno está dormido. O no: hay sueños que empiezan con los ojos abiertos. En mi sueño los ojos miran un horizonte de montañas, de planos de sierra que suben y bajan: un decorado de teatro universitario. Hay un río que es sonido antes que agua, hay una carretera que es movimiento antes que destino. Bajo la ventanilla, en el cielo, la panza de un zepelín. Ahora sonrío. Suena en el valle el repiqueteo de un despertador. Ahora serio, ahora acelero para regresar a mi cama antes de que despierte. ¿Pero no lo estaba ya? Los sueños no son consistentes, porque de golpe estoy en Madrid, las montañas son casas, la cuesta del Sagrado Corazón, bordear la Nunciatura, Pío XII. Un vía crucis topográfico. Aparco, subo las escaleras, alcanzo la puerta, llego al dormitorio. Me tropiezo con mi sueño, ahí en el suelo: esa letra al margen, tan chiquitina. Un esguince de tiempo. El tiempo más buscado, más breve, inapreciable, caído como un calcetín. Apago el sonido, suena el silencio. En el espejo, la boca con flúor, empieza ese sueño. El de la vida chiquitina, avisada apenas por un asterico, escrita al margen.

Lecturas de ascensor

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Recomiendo leer esta entrada mientras se escucha sincronizadamente el Preludio de Lohengrin de Wagner: https://www.youtube.com/watch?v=lqk4bcnBql

Son nueve pisos: el garaje está en el segundo sótano, la oficina en la planta séptima. Sin interrupciones, el trayecto me alcanza para leer una página entera. Como hago una media de cuatro itinerarios al día —por la mañana, a la hora de la comida, a su regreso, de vuelta a casa—, puedo lograr cuatro páginas diarias de lectura en el ascensor. Suponiendo que trabajo veinte días al mes, si multiplico los mismos por las páginas, resultan ochenta mensuales, lo que viene a ser, en cómputo anual, novecientas sesenta. He buscado en mi estantería qué lecturas me aguardan de una longitud parecida: El cuaderno gris, de Josep Plá, ochocientas cuarenta y una; Antagonía, de Goytisolo, mil y ciento doce —en este caso debería hacer ascensores extra.

Mis compañeros y amigos —esos que felizmente rompen los números— me advierten de que un día me voy a golpear contra algo o alguien, porque no miro al salir o entrar. También les sorprende que pueda concentrarme en la lectura, que en esa cápsula de tiempo sea capaz de colarme en una historia, engancharla a lo que ya había leído, retener detalles necesarios para lo que vendrá, y luego volver a una realidad dominada por las tareas pendientes, por los correos sin responder, por lo que siempre es urgente. Como vivir en la ficción es una felicidad perpetua, pienso que al leer no es que acceda a una ficción, sino que más bien lo ficticio ya existe dentro de mí, es una ontología, y que mis ojos, esos que esquivan la realidad, esos que se levantan del libro solo cuando no les queda más remedio, viven siempre de puertas hacia adentro, como un feliz claustro autoimpuesto.

Me viene a la cabeza un reloj de cuco que tenían mis abuelos de Canarias, colgado a una altura que con seis años era inalcanzable, yo sentado sobre el mármol frío de la escalera, en días de verano que no tenían fin, aguardando, con una mezcla de asombro y de aburrimiento, que llegaran las medias horas y las en punto, para contemplar así al pajarito autómata, que emitía un sonido agudo, metálico, una función brevísima, y me recuerdo con tristeza, porque ya se había cerrado la puertecita, y con alegría anticipada, porque ya restaba menos para la próxima función, y como era niño y casi todo era desconocido, luego casi todo era dominio de la imaginación, me preguntaba qué ocurría dentro de esa cajita de madera, y llegué a la conclusión de que el cuclillo gritaba porque, en verdad, no deseaba avisarnos de la hora, sino más bien regresar cuanto antes al interior, a ese mundo desconocido en el que habitaba siempre, solo expulsado cuando, por obligación mecánica, tenía que salir propulsado, como un tentetieso, y avisarnos del tiempo, el que me decía que yo debía bajar a cenar, entrar en una cocina que olía a berros y donde ya estaban todos esperándome, o el tiempo que me informa hoy de que debo salir a ese mundo precipitado de moquetas e informes y reuniones, y por eso que leyendo ahora mi libro electrónico, orillado dentro del ascensor, preguntado por mi capacidad para concentrarme, pienso en el pajarito que, como yo, lo que busca es nada más que se cierre la puerta, escuchar el silencio rítmico y natural de engranajes y péndulos, de martillos y lengüetas, y que esos trayectos, pautados con la precisión de un metrónomo, sean un recorrido de lecturas. Porque me siento el pájaro que, voluntariamente, se ausenta, no hay esfuerzo ni mérito en mi tarea, pues mi mundo, el que más amo, está ahí, colgado en fracciones que antes, de pequeño, eran de treinta minutos, ahora de nuevo pisos, pero siempre tiempos buscados para que, milagro, se cierren las puertas.

No es solo el movimiento físico, aquel que, manual o automático, cierra una puerta. Hay otras que siguen abriéndose y cerrándose, y como hay otras manos y otros pomos y otras figuras, solo revelan el dolor de las ausencias. Qué pronto se va lo que uno piensa que va a durar toda la vida, como los abuelos, incluso aunque en ellos, desde el primer instante, haya anidado siempre la certeza de su final. Cómo la imagen de mi abuela de Canarias será siempre su mano agitada en lo alto de la escalera del jardín, la puerta entreabierta, la misma que hoy sigue moviéndose tan ajena a ella y a mí. También lo material desaparece con idéntica efectividad: el reloj de cuco, del que nadie hoy en mi familia tiene memoria de dónde acabó —algunos, incluso, ni siquiera se acuerdan de él, ni de dónde estaba colgado, ni de qué sonido hacía, ni de su forma o color. En el ascensor de la oficina, enganchado a mi libro, me imagino la cabina como si fuera ese reloj de cuco extraviado. Una casita de la Selva Negra dando brincos entre niveles, arrastrando en su interior el tedio de las conversaciones, las miradas pegadas a los teléfonos, el hastío matutino y el alivio de las tardes, pero también, en cuatro viajes diarios, una lectura apasionada. Esta mañana, cumpliendo con fidelidad a mi estadística, he salido del garaje y, en un momento, he entrado en la historia por el nivel menos dos. Ha sido fácil, porque transito una lectura apasionante y que, como una emoción, se expande por el cuerpo. Me ha venido entonces la memoria del cuco. La identificación con ese reloj ha sido solo por el placer puro del aislamiento, por ser ese animal que vive, a nuestros ojos, dentro de un misterio, que observa el mundo exterior con recelo, pero también porque lo leído me ha transportado a un horizonte donde ese reloj encajaba, como si una cabina de teléfonos roja cayera del espacio exterior junto al Támesis. En mi lectura el río era alemán, y había cisnes y violines. Ha resultado como si el mundo exterior, el que se quedaba detrás del sonido de ventosas de las puertas, fuera exactamente el mismo que narraban las palabras. La cabina convertida en un cuco de la Selva Negra, y en el texto, ante mis ojos, una realidad donde mi ascensor, desgajado de su realidad, de sus ejes, de sus frenos y contrapesos, hubiera podido encajar como real, perfectamente real. El milagro de la autenticidad ha sido esta maravilla que aquí reproduzco, y que logró, sin que me diera cuenta, que mis pasos no salieran a un espacio de cristal y moqueta sino junto a la ribera grande de un río, y en la lejanía no un horizonte de carpetas, sino montañas y casitas aisladas, casitas como la del cuco que, zas, se cierra sin mí a mi espalda, buenos días, Daniel, y ese fenómeno raro que aquí reproduzco me vuelve ahora a estremecer, igual que un truco de magia que engaña a la mente una y otra vez, así que seguro —eso espero— que esta lectura convertirá en persona afortunada a aquel que, aún, no haya experimentado el placer de iniciarla. Poder mirar hacia dentro, dar la vuelta a los ojos, y ver. Se me olvidaba: el autor se llama Manuel Puig, y su novela El beso de la mujer araña.

“Y él se lo dice, que ella es un ser maravilloso, de belleza ultraterrena, y seguramente con un destino muy noble. Las palabras de él la hacen medio estremecerse, todo un presagio la envuelve, y tiene como la certeza de que en su vida sucederán cosas muy importantes, y casi seguramente con un fin trágico. Le tiembla la mano, y cae al suelo la copa, el bacará se hace mil pedazos. Es como una diosa, y al mismo tiempo una mujer fragilísima, que tiembla de miedo. Él le toma la mano, le pregunta si siente frío. Ella contesta que no. En eso la música toma más fuerza, los violines suenan sublimes, y ella le pregunta qué significa esa melodía. Él dice que es su favorita, esas especies de oleadas de violines son las aguas de un río alemán por donde navega un hombre-dios, que no es más que un hombre pero que su amor a la patria le quita todo miedo, ése es su secreto, el afán de luchar por su patria lo vuelve invencible, como un dios, porque desconoce el miedo. La música se vuelve tan emocionante que a él se le llenan los ojos de lágrimas. Y eso es lo más lindo de la escena, porque ella al verlo conmovido, se da cuenta que él tiene los sentimientos de un hombre, aunque parezca invencible como un dios. Él trata de esconder su emoción y va hacia el ventanal. Hay una luna llena sobre la ciudad de París, el jardín de la casa parece plateado, los árboles negros se recortan contra el cielo grisáceo, no azul, porque la película es en blanco y negro. La fuente blanca está bordeada de plantas de jazmín, con flores también blancas plateadas, y la cámara entonces muestra la cara de ella en primer plano, en unos grises divinos, de un sombreado perfecto, con una lágrima que le va cayendo. Al escapar la lágrima del ojo no le brilla mucho, pero al ir resbalándole por el pómulo altísimo le va brillando tanto como los diamantes del collar. Y la cámara vuelve a enfocar el jardín de plata, y vos estás ahí en el cine y hacete de cuenta que sos un pájaro que levanta el vuelo porque se va viendo desde arriba cada vez más chiquito el jardín, y la fuente blanca parece… como de merengue, y los ventanales también, un palacio blanco todo de merengue, como en algunos cuentos de hadas, que las casas se comen y lástima que no se ve a ellos dos, porque parecerían como dos miniaturas”.

Lo que hay que oír

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Los perros marcan el ritmo. Nosotros, el itinerario. Y no siempre, sobre todo si conocen el camino de vuelta a su sofá. Así que ahí va mi hombro derecho fuera del cuerpo, adelantado, en escorzo, porque de él tira la ansiedad de mi perra Volga. Regresamos a casa por la pasarela peatonal, Chamartín a la espalda, bajamos la escalera. Es domingo por la mañana en Madrid, hace algo de frío. Las calles parecen aburridas y los adoquines leen titulares de periódicos viejos. En la acera adelanto a una chica joven, más baja que yo, muy delgada, su pelo largo y negro, desordenado, la camisa asomándose por debajo de la chaqueta, como un estandarte medieval, un triángulo de color sobre un pantalón negro ajustadísimo, que termina pronto y muestra sus tobillos. Volga se detiene a mear, y mientras observo y escucho cómo la chica, a mi espalda, graba una nota de voz que dice: te voy a hacer un update de mi vida, tengo tendinitis crónica en la rodilla, me duele muchísimo, muchísimo, además ayer me pusieron una zancadilla por la noche, me caí, como si fuera poco, porque voy a ser coja toda la vida, toda, toda la vida. Acaba su nota al tiempo que Volga de mear. Está llorando. ¿Quién habrá recibido su angustiada voz, qué teléfono habrá vibrado en algún lugar de la ciudad, qué otro mensaje recibirá de respuesta? Volga me guía ahora hasta el parque frente a casa, allí la suelto, allí Volga corre unas espirales alocadas a velocidad de vértigo. Parece que su cuerpo es lo único que se mueve en la mañana de domingo. Se agota pronto y me demanda volver a casa: volvemos a casa. A lo lejos observo a la chica del mensaje. Está entrando en el portal vecino. Observo que tiene una cojera en la pierna izquierda, aunque es ligerísima. Diría más bien que parece caminar lento antes que balanceando. Diría más bien que, si no la hubiera escuchado, jamás me hubiera fijado en ese detalle.

Al subir a casa otro drama: los vecinos. Desde que se prometieron han decidido multiplicar las peleas, tal vez lecciones de un cursillo acelerado de preparación al matrimonio (pensé escribir parto). Él le dice a los lejos –debe estar en la cocina— que, desde que se han levantado —son las doce— le lleva toda la mañana jodiendo, y que le deje de una vez en paz: sí, he pillado el drama in medias res. Ella responde, sobrepasando el volumen de la radio, que solamente pretendía ir a casa de sus padres a recoger algo de ropa, que cuando se refería a coger algo de ropa el domingo por la mañana en casa de sus padres —enfatiza cada sílaba— se refería justamente a eso, a pasar un momento por casa de sus padres, y coger la ropa, nada más. El mensaje que me envían las baldosas del baño es claro, así lo pienso mientras acabo de mear y, a continuación, muy rápido, apunto sus palabras, porque ya vislumbro esta entrada del cuaderno, y como la pluma está lejos y como no encuentro el cuaderno algunas se me olvidan, pero mi vecina, para ayudarme, se hace eco a sí misma, y las repite, tal vez para ratificarse aún más, tal vez por disipar siquiera cualquier culpa de su lado, porque, se redice, sus palabras fueron meridianas, son meridianas, y cuando quiso decir que tenía que ir a casa de sus padres etcétera etcétera etcétera, gracias, gracias, he tomado nota, y añade a continuación —ha apagado la radio, su voz es terrible— que es un gilipollas, un gilipollas, y que le deje en paz. En qué momento se comienzan a decir los amantes estas palabras, y por qué extraños giros del afecto regresan luego a la normalidad, la que imagino esa misma noche, cuando cruce su puerta y Volga y yo olfateemos el olor de la tortilla francesa que suelen cenar. Menos mal, pienso, que el adelanto de hora de esta noche anterior ha reducido en sesenta minutos los márgenes del insulto, y también supongo la tristeza y el dolor de esa rodilla afectada. Con la sucesión rápida que solo ocurre en los comics, una hilera de seis corazones vibra en mi bolsillo. Sonrío de felicidad, y ahora el tiempo, como un acordeón, se agranda, y me descubre, hipnotizado, que aún hay espacios puros, de amor y felicidad. De uno depende –eso espero— que continúen así, como un armonioso edén, incorruptos, sin zancadillas ni insultos.

Las trompetas de Mahler

bhavyesh-acharya-2787Subido al dieciséis, sigo tarareando las trompetas de Mahler. El auditorio se va estrechando a mi espalda: una persiana que, hasta dentro de dos semanas, baja. Regresado a la calle, aturdido de música, aún no he vuelto a la realidad, la de una noche calurosa de sábado, de gente iluminada por móviles, de un autobús volando por Príncipe de Vergara hacia mi casa, y en el autobús una conversación lateral en la cual, casi sin esfuerzo, casi por aburrimiento, casi por contaminación acústica, me cuelo. Ella tiene el pelo blanco, está sentada junto a la ventanilla, agarra con fuerza un bolsito dorado, como si temiera un robo. Él es calvo como una roca, con su busto me tapa el de ella: un eclipse. Se tratan de usted. Ella le informa de que vive en Chamartín desde hace más de treinta años, y que es viuda, como si los datos fueran en ese orden de importancia. Él asiente, yo asiento, yo me pregunto cuándo y cómo se conocieron, y por qué vienen hablando —descubro— de Dios. El hombre está serenamente indignado con la juventud actual —¿la juventud no es siempre actual?—, y, en su diagnóstico, apunta a mayo del sesenta y ocho como inicio de la deriva, de la pérdida de valores, de la imbecilidad reinante, de la falta absoluta de creencia en Dios. Su tono es amargo pero vivo. Dice mayo del sesenta y ocho pero parece que hablara de hechos próximos, que le afectaran con el impacto de lo reciente. Galante, él se ofrece a bajarse —utiliza la palabra apearse— una parada después de la suya, para así coincidir con la de ella, quien le agradece el gesto. Ya los dos de pie, ya a punto de enfilar los escalones, ya a punto de salir para siempre de mis vidas, ella responde al eclipse, que le escucha agarrado a la barandilla, atento, y a mí, que apunto en el cuadernito, lo siguiente:

— ¿Cómo no creer en Dios? Yo, yo tengo pruebas palpables de su existencia.

La pluma se ha quedado, milagrosamente, sin tinta. En la acera, advierto que ella cojea de la pierna izquierda, y que él parecer lanzar un brazo involuntario sobre su espalda, como un afecto incierto. Sus trayectorias divergen. Las puertas se cierren de súbito. El autobús avanza dando brincos. Estamos los tres nuevamente separados, como, supongo, siempre ha sido antes, pero me hubiera gustado seguirles escuchando, escribiendo, sabiendo de esas pruebas palpables de una existencia que a mí, aturdido, me han dado las trompetas de Mahler un ratito antes.

 

 

 

 

Lorca que estás en los cielos

AD05410_9.jpg¿Está libre? Con demasiada frecuencia, me responde y continua: bienaventurados los que viajáis, porque de vosotros es el Reino de los Cielos. Sonrío: no hace falta que le indique mi destino. Apaga la radio: él pone la voz, yo el silencio de una pluma abierta sobre mis piernas, moviéndose con velocidad de estenotipia. Nunca me llega a decir su nombre. Le calculo unos sesenta años, aunque parece joven porque es delgado, tiene abundante pelo en la cabeza, apenas alguna arruga en la frente y en el cuello, color de piel moreno, saludable. Su acento no es canario. Como si leyera mi mente, me cuenta que nació en Granada, que lleva muchos años viviendo en Arrecife, junto a su mujer, lanzaroteña, y su madre, ya muy anciana. Su madre —primera rotonda— también es de Granada, o más bien de cerca de allí, de un pueblo llamado Viznar. ¿Lo conoce? Mi cabeza asiente en su retrovisor y, de golpe, junto a mí, donde termina mi pierna, un nuevo pasajero, también de súbito, tras la ventanilla, un paisaje distinto, un barranco de tierra mil veces removida, mil veces sin éxito, y que se parecen mucho el uno y el otro, el que observo camino del aeropuerto y el que imagino en sus palabras, las que me relatan ahora que su madre, aún hoy, en Lanzarote, recuerda cuando, de joven, le llegaba, tras las persianas bajadas, el sonido lento de camiones subiendo la noche frente a su casa, los motores al borde del síncope, también ellos, ella, su marido, la vivienda entera estremecidas, regresando los dos, de la mano, asustados, a una cama y una habitación calurosas, a un sueño imposible porque más tarde, en mitad de su insomnio, viniendo de un lugar indefinido, el sonido de disparos, una luz en las retinas, tal vez real o tal vez inventada, como el periscopio de una tragedia reflejada, y luego un espacio larguísimo de miedo, ya el alba turbia contra las persianas, contra la fachada que se va revelando blanca, contra los camiones amanecidos, bajando ya la cuesta, aliviados de carga, regresando al sueño de sus cocheras en Granada, a un cuartel como el que ahora me señala con el dedo, a las afueras de Arrecife, donde mi taxista hizo el servicio militar, allí, allí —segunda rotonda—, allí me pilló el golpe de Estado, era entonces cabo segundo, no gran cosa, y un mando superior me ordenó que todos estaban con los golpistas, lo repitió dos veces, como para convencerme del significado literal de la palabra todos, y por lo tanto, en caso de enfrentamiento con un civil, no dudara en enseñar el arma, se trataba de un estado de excepción, y él le respondió que no —acababa de subir las ventanillas en la entrada a la autopista—, no, claro que no, porque cómo iba él a encañonar al pueblo, si su padre había sido comunista y había escrito en el diario El Obrero, si él compartía también esas ideas, no, claro que no, encañonar al pueblo, ¿qué o quién era el pueblo? —me preguntó por el retrovisor, yo alcé los hombros—, salvadores de la patria, se hacían llamar —la velocidad aumentaba— pero la patria somos todos, todos — tomamos entonces una curva cerrada, y pareció como si allí se cayera esta conversación y empezara, punto y aparte, última recta, una nueva conversación, más breve y actual—, y me habló entonces de Luis Landero, a quien había escuchado hace un rato en la radio, mañana se acercaría a la biblioteca de Arrecife a buscar algún libro de él, ahora, con la crisis —abrió los brazos abarcando el horizonte—, tenía más tiempo para leer, es lo bueno, pasar mucho tiempo en las paradas, tiempo para leer más, para mirar el mar, charlar, fumar, y tras cerrar el capuchón de mi pluma y coger la maleta le doy las gracias por la conversación, le pago y me sitúo en la cola de Ryanair para facturar —tres quesos, un disco de Mozart de segunda mano, un traje que debe ir al tinte—, y aguardo junto a tres hombres de una compañía de seguridad privada que charlan cansados, ayer fue noche carnaval y estuvieron de jarana, uno de ellos en un bar nuevo que recomienda a los otros, en el comienzo de la calle José Antonio Primo de Rivera, y el de su izquierda niega con la cabeza, no, no, ya no se llama así, la calle es Manolo Millares, pero el primero le responde con una risotada, Manolo Millares, y como celebrando su ignorancia pregunta a sus compañeros si saben quién es Manolo Millares, y los dos levantan los hombros, y yo también, nadie sabe quién es Manolo Millares aunque tiene una calle, y el primero se despide y dice que para él esa calle será siempre así, José Antonio Primo de Rivera, que por algo se la darían a él primero. La pluma ha vuelto a volar sobre el papel tratando de apuntarlo todo. Dejo mi maleta en la cinta, siete kilogramos y medio, digo:

— Buenos días.

Y me responden unos brazos tatuados pidiéndome el DNI. He recuperado el habla, es momento de que el habla se convierta en palabras. A veces, para escribir, todo es casual, nada es voluntario. Lo único que hace falta es bajar las ventanillas, abrir el cuaderno y escuchar.

Cuadernos de guerra de Louis Barthas

cubierta_BARTHASLouis Barthas fue llamado a la guerra en agosto de 1914. Tenía treinta y cinco años. Se despidió de su mujer y dos hijos, de su trabajo de tonelero, y marchó a Narbonne, una fea ciudad militar del sur de Francia. Como la guerra devoraba víctimas, fue llamado al frente en el invierno del mismo 1914. Durante los siguientes cuatro años vivió la guerra de trincheras.

Si hablamos de Louis Barthas es gracias a los cuadernos en los que dejó testimonio de la contienda europea. Esos carnets de guerre pasaron a su hijo Abel, que llegó a ser alcalde de su ciudad natal, Peyriac-Menervois, y posteriormente fueron entregados a su nieto Georges. Cuando Georges trabajaba como profesor de dibujo en Carcassone, mostró los cuadernos al profesor de historia del liceo, que utilizó ciertos pasajes en su actividad docente. La noticia de su existencia llegó a los oídos de Rémy Cazals, profesor universitario en Toulouse experto en la Gran Guerra, y que impulsó con éxito la edición de la obra en 1978.

Lo que diferencia la crónica de Louis Barthas respecto a otros testimonios sobre la Gran Guerra está dicho en su propia portada: Les carnets de guerre de Louis Barthas, tonnelier, 1914-1918. No estamos ante una obra escrita por altos mandatarios políticos o militares, ni tampoco por especialistas en la materia. Su autor, sin embargo, es un tonelero. Un oficio humilde que desarrollaba en el diminuto pueblo de Peyriac-Menervois, situado en una zona de producción vinícola. Allí, en una tarde calurosa del mes de agosto, Louis Barthas escucha el sonido de un tambor. Piensa que se acerca algún grupo de acróbatas, pero se trata de la llamada a la mobilisation générale. Mientras se despide de su familia asiste atónito a la felicidad general que suscita la contienda. Comienza así la historia del manuscrito.

La segunda gran singularidad de la obra está en el punto de vista. La narración de Louis Barthas es la voz de una trinchera: una voz colectiva, de hombres hermanados por sentimientos de afecto y miedo. Una voz manchada de tierra, que busca ser altavoz de los ideales socialistas y pacificistas de su autor, y por lo tanto una voz que lucha contra las mentiras de la propaganda, pero también contra la injusticia de los mandos militares. Las trincheras son campos de concentración con forma de pasillo: en ellos la intimidad está suprimida. Todo se sabe, y todos consideran a Louis su portavoz: el portavoz de los poilus («peludos»), apodo de los soldados franceses durante la Primera Guerra Mundial. Cada línea de su cuaderno, y son diecinueve en total, es una reivindicación de la dignidad de otras tantas voces anónimas. El testimonio de cuatro años sin poder dormir sobre un colchón. Mientras leo a Barthas sobre el mío, en la comodidad doméstica de una mesilla de noche, una lámpara y un dormitorio con mantas, me imagino a Louis Barthas en blanco y negro, pasando frío con su pelo cortado como si fuera un monje, su largo y algo ridículo bigote, el cuerpo combado sobre su cuaderno. Louis Barthas haciendo literatura sin pretenderlo, buscando que sus páginas sean el periscopio exacto de lo que sucede algunos metros más arriba. Y que las palabras, ordenadas en estructuras más amplias, sirvan para domesticar el caos, o al menos un alivio que equilibre el sinsentido de la batalla. Palabras por lo tanto como disparos de luz, que hacen más habitable un mundo que, ahí arriba, no lo es.

Los cuadernos están escritos en el acto, y siguen el desplazamiento de su autor, que es el de la propia guerra. Un movimiento contrario al de las agujas del reloj, y que le lleva primero en Narbonne, ciudad a donde llega como soldado de reserva. El ritmo de muertos acelera la reposición de tropas, y Louis Barthas pasa con rapidez a primera línea de batalla. Primero en la guerra de movimiento, luego en trincheras. Las zanjas le llevan a Artois, después a Verdun, escenario de la batalla más larga de la Gran Guerra, luego a Champagne y, finalmente, a Somme, una localidad situada a ciento cincuenta kilómetros al norte de París.

En Somme tiene lugar la batalla más sangrienta de toda la guerra. Se calcula que en los primeros seis minutos de la misma ya habían fallecido veinte mil soldados, principalmente británicos, y que fueron barridos por las ametralladoras alemanas. Cien años después se siguen encontrando cadáveres y objetos cada vez que se mueven tierras en esta zona del norte de Francia. Para el escritor inglés Geoff Dyer el siglo XX está concentrado allí: el monumento funerario levantado en Thiepval es una profecía. Un recuerdo del futuro.

Pero Louis Barthas nos escribe desde el presente: es un soldado raso durante el día, y un cronista durante la noche. Cuando los compañeros duermen él alza la mano, detiene el tiempo, y lo escribe. La pluma roza el cuaderno, y lo perfora con una rugosidad de aguja de vinilo. Nuestros ojos escuchan lo escrito. La obra interesa de principio a fin, sin pausa, como una larga pesadilla a la que nunca vence la mañana. Pese a su homogeneidad, querría destacar el cuaderno de los días pasados en Somme, a mi juicio la parte más estremecedora e incluso bella de todo su pentagrama de violencia: «Sans arrêt le ciel était zébré d´éclairs, illuminé, embrasé de lueurs fulgurantes, de clartés brusques, le tout accompagné d´un grondement sourd et continu» («Sin tregua, el cielo se poblaba de rayos y de chispas, iluminado, inundado de luces fulgurantes, de violentos fogonazos, todo ello acompañado de un gruñido sordo y continuo», en la estupenda traducción de Eduardo Berti).

Para remontar la moral, algunas noches la banda interpreta valses y mazurcas. Su música es silenciada por cañonazos aislados, o bien ignorada cuando los oídos prestan atención a los compañeros que regresan del frente. En medio de ese mundo de violencia, Louis Barthas se eleva sobre los hechos, e intenta buscar las razones que mueven a la violencia: «Et nos chefs ne s´y trompaient pas, ils savaient bien eux que ce n´état pas la flamme du patriotisme qui inspirait cet esprit de sacrifice, c´était seulement esprit de bravade pour ne pas sembler plus poltron que son voisin, puis la présomptueuse confiance en son étoile, pour certains la secrète et futile ambition d´une decoration» («Pues bien, nuestros jefes no se equivocaban. Sabían bien que no era la llama del patriotismo lo que inspiraba nuestro espíritu de sacrificio. Era tan solo la voluntad de lanzar amenazas, pues nadie quería parecer más cobarde que el vecino. Era la presuntuosa confianza en su buena estrella, o, en ciertos casos, la secreta y fútil ambición de una medalla, de un galón»).

La guerra convirtió a Louis Barthas en escritor sin él quererlo. Uno acaba la lectura de sus Cuadernos sintiendo un egoísmo feliz: el disfrute raro de haber asistido a hechos terribles que ya no le alcanzan sino en la imaginación. Alzo la vista, me actualizo al presente, y me pregunto cómo sería hoy un libro de naturaleza semejante. Dado que la guerra sigue ahí fuera, en los bordes mismos de Europa, continua idéntica la necesidad de expresar el miedo. La escritura se vuelca ahora en cadenas infinitas de whatsapps, en palabras abreviadas y emoticonos, en llamadas telefónicas, en videoconferencias desde ordenadores portátiles. Si alguien del futuro tuviera que leer nuestro presente, deberíamos sacar de las máquinas toda ese largo guión, y volcarlo en un cuaderno. El medio cambia, pero no su fondo.

Un siglo después de que terminara la Gran Guerra, los conflictos bélicos parecen más económicos, como si las vidas humanas cotizaran en bolsas de comercio. No hay declaraciones de guerra entre países, ni fechas que apuntar que indiquen el comienzo de una contienda: todo es más sutil pero todo es igualmente terrible. Porque un siglo después se mantienen la estupidez humana, el abuso de poder, el espionaje entre países y el engaño cruel a las masas. Hoy, mientras redacto estas palabras, puede que se estén tecleándose otras idénticas en el interior de una tanqueta entre Ucrania y Rusia. Un joven que digita en su Iphone rodeado por el sonido sordo de la violencia. Al teclear, tal vez sin saberlo, ordena en palabras el miedo de una desorientación colectiva. Porque cada palabra de ese joven, como las de Louis Barthas, es una nota musical: una impresión sonora que tiene una cualidad duradera, que se guarda para siempre. Las palabras suenan: en las teclas de una máquina de escribir, en las de un teléfono, en las páginas combadas de un cuaderno, en los labios y en la mente de quienes las repiten mucho tiempo después. Louis Barthas iniciaba su relato con el sonido de un tambor. Lo termina, cuatro años después, con el goce sencillo de escuchar, desde su dormitorio, al viento agitando las persianas, o la lluvia doblándose contra su patio de baldosas. Leyendo los diecinueve cuadernos reconstruimos un pasado que produce vergüenza, pero que nos permite disfrutar de una música pacifista, y a ratos poética, como resistencia sonora frente al horror.