Black Friday (tres microhistorias)

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1

En el Auditorio Nacional de Música de Madrid, los acomodadores son contratados a través de una empresa de trabajo temporal. Temporal. La palabra disuena cuando su función es eterna: ubicar a melómanos que allí acudimos —envejecemos— a perpetuidad. La explicación, ya se sabe: esa falacia de la flexibilidad.

Los acomodadores cobran poco más de cuatro euros por hora trabajada. Conozco esta información después de charlar en el intermedio del concierto, mientras devuelvo una copa de cava, ya vacía, a una camarera. Descubro entonces, culpable, una coincidencia aritmética: me acabo de beber, casi de golpe, una hora de trabajo.

2

Fausto llegó hasta la prueba final de un largo proceso selectivo. Licenciado joven, inteligencia despierta, brillante expediente académico, causó una impresión positiva a la seleccionadora. Ésta, de inmediato, decidió su contratación. Fausto, alegre, preguntó las condiciones económicas. La seleccionadora se las detalló. Fausto, triste, añadió entonces el prefijo in a su nombre. Infausto. Entre el asombro y la pena, no daba crédito a la oferta: había escuchado mal, y de ahí que pidiera a la mujer que, si era tan amable, le repitiera las condiciones. La seleccionadora asintió y repitió, idénticos, los términos: Fausto, infausto, había escuchado bien. Fausto perdió entonces el prefijo in, y se convirtió en el Fausto literario, héroe de un drama. Suspiró, volvió a suspirar, se levantó. La seleccionadora le dijo, en un intento por retenerle: Fausto, tienes que enfocar este trabajo no desde una óptica económica, no, sino, más bien, por la vía de todo lo que, gracias a él, vas a lograr aprender. Será para ti —añadió la seleccionadora— como un máster remunerado. Mi amigo, licenciado joven, inteligencia despierta, brillante expediente académico, se dio la vuelta, cogió su abrigo. Antes de cerrar con suavidad la puerta, le respondió: vete a robar a tu puta madre. Y se quedó con el gusto último del punto y final.

Muchas veces pienso en Fausto. En las respuestas que deberíamos dar, y no damos.

3

La carretera 192 de Florida es un atasco perpetuo: su asfalto conduce hasta Disneyland y numerosos parques acuáticos. Cerca de Kissimmee, en un McDonalds de un área de servicio, Germania trabaja cada noche por diez dólares la hora. El mismo puesto es pagado cincuenta céntimos menos durante el día. Le gustaría cambiar de turno, un trabajo diurno, pero necesita esa diferencia para sobrevivir, y también de un segundo trabajo que desarrolla durante las mañanas, vendiendo rosquillas en un Dunkin Donuts. Se podría decir, para explicar su drama, que el marido desapareció y le dejó tres niños cuyas edades, en un saco, no pesan más de quince años. Se podría también decir, entonces, que ninguna puerta de ninguna administración ayuda a personas que sufren su drama.

Germania es el epítome de la realidad americana: la prueba de una tasa de paro asombrosamente baja, y de un nivel de vida próximo a la pobreza. Germania necesita de dos trabajos para que su vivienda —un motel que paga por días— se lleve tres cuartas partes de su salario. Se levanta y vive debajo de unas ojeras, agotada, sin ver la salida. Es obesa, fuma, le duele siempre la cabeza.

En el documental donde nos cuenta su historia, preguntan a Germania qué opina del sueño americano. Sonríe, y la cara se le arrasa de tiempo. Habla entonces con la seriedad de un sentenciado, y en sus labios -sorpresa- nos dice: sí, por supuesto que creo en el sueño americano, y por eso que pienso que todo esto que ahora estoy pasando, el mantener a mis tres hijos pequeños, trabajando por las noches y por las mañanas, en dos empresas a la vez, todo el cansancio, los salarios míseros, la vida vagabunda de un motel a otro, todo ello tendrá un final, y sueño, sí, claro que sueño, sueño con que las cosas irán, algún día, a mejor.

Todo tendrá un final, todo, algún día, irá a mejor, me repito. Las palabras de Germania son una manera dolorosa para definir su vida, también la de los acomodadores del Auditorio, también la de una puerta -Fausto se marcha- cerrándose con suavidad.

Paraíso de trampas

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Lo que más me descoloca en Trump no es tanto el contenido de su discurso sino su desprecio a cualquier corrección política. Su actitud se magnifica por dos razones: por la oratoria excelente de su antecesor, Obama y porque Trump ignora esa obsesión contemporánea por la contención, por la búsqueda de la palabra exacta, por la medición precisa de las consecuencias de todo lo que uno dice o, más bien, publica.

En esa búsqueda actual de la perfección léxica hay, del lado de quien escucha, un fondo osado de hipocresía: queremos ver en los políticos aquello de lo que, nosotros, carecemos. Es algo positivo que los ciudadanos aspiren a gobernarse bajo figuras modélicas, a las cuales se les exige un comportamiento ejemplar. Preocupa sin embargo que nos indigne el comentario desbarrado de un político, pero, al mismo tiempo, en nuestros labios, lo crucemos con tantos otros de idéntica o peor índole. Si la valoración de aquellos a quienes juzgamos no va acompañada de un comportamiento honorable por quien habla, caemos en el riesgo de proyectar en la realidad sólo aquello que nos enfurece, que nos hace la vida infeliz y problemática: ladrar desencantos. Como demonizar es gratuito, como arreglar un daño es imposible, la acusación es una llama fácil para diseminar los odios. Nos escandaliza lo que alguien dijo en un pasado que, tal vez hoy, resulta lejano, pero, sin embargo, nos extraña bien poco ser incoherentes, quedarnos al margen de lo que esperamos de los demás. Somos una cosa, pero la otra, que también es nuestra, la borramos, como los rastros recientes de búsquedas por la red. ¿Quiénes somos nosotros? ¿Somos los que acusamos a los demás, en actitudes públicas de transparente indignación, o los que escondemos, por miedo o confusión, nuestros pasos recién dados? Si estamos llenos de incertidumbre, ¿cómo podemos criticar con tanta fiereza la imperfección que, también nosotros, portamos?

En la actitud de Trump, curiosamente, no existe doblez, no hay un yo y su contrario, sino una indiferencia hacia las consecuencias de aquello que dice o piensa. Trump sabe que, de sus rivales, no puede venir lecciones de ejemplaridad, preocupados en averiguar su verdadera identidad, en saber lo que dicen y lo que borran. Los que votan a Trump, anestesiados por la realidad agotadora del capitalismo, están cansados de la palabrería hueca. Cada mañana el sonido del despertador, el atasco, los objetivos inalcanzables, el cansancio, les recuerdan una tragedia invisible: el mundo se divide en clases, y ellos no están arriba. Los políticos les han dado la espalda. Es aterrador comprobar que, en distintas democracias, lo que se gestiona es un estancamiento: un poso de odios antiguos que remueve las cloacas del pasado, que ensombrece el presente de quienes, recién llegados, se embadurnan rápido de idénticas miserias, y que hace del futuro un lugar inhabitable, donde ninguna hipótesis es ya hermosa.

Por eso que no veo sorpresa en la victoria de Trump: para el ciudadano americano que agota su vida bajo el zapato global del capitalismo, que madruga y trabaja y regresa a su casa y vuelve a madrugar y a trabajar y a regresar a casa, la palabrería florida de la corrección hace tiempo que perdió su contenido. En una era dominada por la revolución tecnológica, donde los cambios son visibles e imparables, porque se suceden, cada año, en nuevos modelos de teléfonos, la esfera política transmite una imagen monolítica y de podredumbre. Por esa falsa sensación de libertad que dan las redes sociales, no advertimos que nuestra felicidad es un agotamiento, un sueño brevísimo de fin de semana. Agotados por las rutinas, por las tareas pendientes, nos cuesta advertir aquello que se anuncia frente a nosotros: indivisible al mundo de las multinacionales y sus exenciones fiscales, existe una burbuja de millonarios, fortunas inmensas como las de Trump, para quienes la incorrección política es antes una manera de protegerse de los demás que de proteger al resto, a todos los que cada día, hartos pero sin voz, cogen el autobús en itinerarios inmensos, a todos los que carecen de acceso a la sanidad, la vivienda o la educación. Dicen que uno es demagógico si habla en estos términos: la realidad, es bien cierto, nunca ha sido más desigual, y por lo tanto demagógico es su análisis. En esa burbuja, oasis de privilegios, habita Trump y una corte aún desconocida de fortunas. Trump, en su desvarío verbal, ha roto la protección que otros políticos persiguen en cada una de sus declaraciones. A diferencia de Rajoy, Trump no necesita el escudo de pantallas de plasma. Él quiere estar allí, quiere que le vean, quiere hablar. Para Trump el lenguaje no sirve de protección, porque no conoce enemigos. Para Trump el lenguaje es un mecanismo de acción. En su populismo de foro cibernético se llega a la conclusión terrible de que el sistema no funciona cuando el que lo dirige se permite reírse de él, todo dentro de una mediocre normalidad democrática en la que sólo puede aspirarse, como mucho, a un discreto reformismo.

Nos quedan los sueños: nos queda un cambio político que es primero necesario y luego revolucionario, una destrucción del orden de hoy hacia uno nuevo. Pedir que las empresas paguen impuestos, que el rendimiento del trabajo no puede costar más que el societario, que hay derechos fundamentales que respetar, en especial el de conciencia y expresión, que un Estado debe siempre defender lo singular y minoritario, o la importancia del ejercicio de la crítica y su control, no deberían ponerse jamás en duda. Sin embargo ocurre todo lo contrario, y nadie habla de ello, porque quienes hablan, o más bien aquellos a quienes se les escucha, se aterran al escuchar la palabra cambio. Todos los demás somos, ay, una masa homogénea de culpabilidad, y también culpable, porque estamos demasiado enredados en la telaraña social que nos lanzan las pantallas. Nuestra identidad está en duda, y por eso que pasamos la vida creando perfiles de otros yoes para, acto seguido, borrarlos de nuestro pasado. En esa confusión todos somos desconocidos de nosotros mismos, e interactuamos con otras identidades alienadas. Como no queda alternativa, todos, de carne y hueso, seguimos cogiendo autobuses por itinerarios infinitos, arrastrando un agotamiento que es individual, terriblemente individual, pero celebrando con likes una suerte de camaradería social, vagamente feliz. De ahí que, a ese trabajador americano, le admira y seduce la crudeza léxica de Trump, porque, a su entendimiento, y al de posiblemente muchos de sus millones de votantes, Trump ha destapado por fin los intestinos del sistema, ha tenido los arrojos de ser un político que mande al carajo ese empeño contemporáneo de proteger, con palabras, una realidad traumática, aquella con la que, cada mañana, ese trabajador y tantos otros se levantan. Lo trágico es que sus votantes hayan ido a buscar la solución de quien gobierna esa realidad, y con cuyo pie les aplasta. Lo trágico es que, del lado de los perdedores, su premio de consolación sea suponer que su horizonte de vida no hubiera sido muy distinto en la práctica. Idéntico autobús, idéntico cansancio, idénticas paradas. Unos y otros, es decir, todos, sabían que cualquier opción era mala: cansados de ese viaje infinito, sin fe alguna en el valor del voto, las democracias se resquebrajan cuando nadie decide pulsar el botón y solicitar que la realidad, por un instante, sea parada, analizada, vuelta, nuevamente, a arrancar.

Dos datos:

La participación en estas elecciones fue la más baja de los últimos doce años.

La desigualdad extrema en el mundo está alcanzando cotas insoportables. Actualmente, el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99% restante de las personas del planeta. El poder y los privilegios se están utilizando para manipular el sistema económico y así ampliar la brecha, dejando sin esperanza a cientos de millones de personas pobres. El entramado mundial de paraísos fiscales permite que una minoría privilegiada oculte en ellos 7,6 billones de dólares.

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Nada de fútbol hoy

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Me despierto en medio de un sueño en el que las tuberías de mi casa transportan agua sin cesar. Es la lluvia que cae afuera. Ocho y veinticinco de la mañana. También cae del cielo, hoy miércoles, un regalo inmerecido: es día de fiesta. Recuperar el placer olvidado de que lo cotidiano se haga tranquilo: ir al baño, ducharse, tomar el café, leer. Todo a cámara lenta, como una repetición deportiva, movimientos vegetales, aunque en la cabeza, siempre, siempre esa odiosa sensación de que la vida nos pide acción, resultados, y por lo tanto urgencia.

Los días de lluvia se han convertido, con los años, en un fenómeno singular. Uno los recuerda con temor cuando era pequeño. Entonces, de niños, vivíamos pegados al suelo, como una felicidad de agricultores. Llover significaba que nuestro campo de fútbol se abría en estrías: las torrenteras se llenaban de fango, el balón daba volteretas, había que driblar a los contrarios, a los charcos, y, no menos importante, a las madres. Las madres: por un algún motivo, desconocido hasta hoy, tenían pánico a la lluvia, y, con un brazo autoritario, nos prohibían jugar al fútbol, a casa, venga, a casa, y sin protestar. Nos preferían tener encerrados en la habitación, como leones enjaulados, comiendo dulce a deshoras, subiéndonos por las paredes, mirando al aburrimiento por las ventanas y al cielo para que dejara de llover.

Al despertarme hoy por la lluvia, he saltado hasta la niñez, a un año cualquiera, un 1988, cuando tenía diez años, y he visto de nuevo el balón junto a la cama, la mochila abierta, los deberes pendientes. En este vuelo de la mirada parece que lo más fiel al pasado son los sonidos. Todo cambia, todo, salvo los sonidos: suenan igual las cisternas, la lluvia, la ducha, las cafeteras, también suena idéntico el péndulo, ceremonioso, del reloj de pared. Las parejas, las parejas también hacen los mismos ruidos en la cama, ahora mismo, detrás de mi pared, que podría ser una pared de 1988 o de 2016. Por eso que los sonidos, que están fuera del tiempo, olvidan que la realidad cambia, siempre cambia, y por eso que duele escucharlos, porque ignoran las ausencias. La de las personas, la de la lluvia, la del balón junto a la cama.

Me pongo las zapatillas: también suenan idénticos mis pasos. O eso creo, porque la memoria es un chicle, y la mascamos a nuestro interés, adaptándola a lo necesario para cada instante. Pero sí, sí creo que suenan siempre idénticos nuestros pasos.  Me pregunto por qué nunca nos habrán grabado, cuando niños, el sonido de nuestros pasos, y también nuestras voces, y el sonido que hacíamos al toser, al estornudar, al reír. Puede que la culpa la tengan las imágenes, está claro, que hace ya tiempo ganaron la batalla. En fin. En el espejo, como un bofetón, se actualiza el calendario: ¡cómo que 1988, idiota! Hoy es el día de la Hispanidad del 2016. Casi nada: 2016. El año me lo confirma el cansancio de los ojos, la sequedad en la piel, el pelo débil y menguante, como un mar en retirada. Hago café, en el váter acabo de leer un libro. Alguien tose detrás de la pared, luego una radio que se enciende: la lesión tendrá al jugador merengue apartado, al menos, seis semanas de los terrenos de juego. Seis semanas de lluvia, seis semanas de madres diciendo no, seis semanas de sonidos idénticos.

En la calle sigue lloviendo.

Bucles

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Lo repetido es maravilloso. Repetir no significa volver al pasado, sino más bien buscar la huella que el pasado dejó dentro de nosotros. Pasar de nuevo unos días en Ariège es como acudir a un chequeo médico anual. Una radiografía de luz que busca, entre las tinieblas del cuerpo, su espejo. Un estetoscopio de silencio que busca, en el ruido de nuestras vidas, un silencio idéntico. Repetir la visita a Foix, repetir las callejuelas de Saint-Lizier, repetir las compras de Saint-Girons, repetir el panorama de Seix, repetir la vuelta al lago de Bethmale, es volver a lugares conocidos, y sin embargo nunca idénticos.  Los lugares mantienen el mismo nombre, pero allí termina su parecido: nos reciben cada vez de una manera diferente, porque nosotros, al mirarlos, tampoco somos nunca los mismos, y por eso que nunca son idénticos. Envían una luz, iluminan hacia un lugar interno de nosotros que ya alumbraron: se llama memoria, nunca es idéntica, y siempre hay un color que no miramos, una luz que se inclina de distinta manera. En su invasión, los recuerdos advierten sueños distintos. Sólo algunos detalles —una carretera que se amplía, las obras de una mediateca, nuevos mapas publicitarios en los comercios—, advierten que la realidad, esa que observamos y que se identifica dentro de nosotros, cambia.

Algo cambia. Indicios de un mundo nuevo. Si miramos al suelo, se confirma la idea. La infancia, en miniatura, se va llenando de tiempo: un niño de labios bilingües, que nos habla y besa en todos los afectos posibles. En la infancia sólo existe el presente, pero incluso entonces, casi de manera imperceptible, se están gestando repeticiones futuras, futuros chequeos médicos a una realidad adorable. En el niño que cae y se levanta y cae y se levanta hay una promesa ya de regreso. También él, en miniatura, se está reconciliando con los recuerdos. Cada de uno de sus visitas será distinta, porque la alumbrará con los anhelos de cada instante: ser más grande, jugar mejor al fútbol, alcanzar un amor, viajar, ser controlador o piloto o músico o escritor. En cada uno de sus regresos, tal vez sin saberlo, irá a buscar la miniatura de sus recuerdos.

Ni la naturaleza es fija, ni tampoco nosotros, que la observamos. En qué grado nos viene la felicidad por lo idéntico o repetido, y en qué grado por lo reciente, por lo que, con ligereza, cambia, es un misterio: el conjunto, lo que uno reconoce como un todo, es un goce desbordante que escapa a las palabras. En esa felicidad de las rutinas a las que uno, con libertad, se entrega, hay algo doblemente positivo: la certeza de que, tal vez por azar, eligió bien una primera vez, cuando todo era aún nuevo y no había ni luz ni repetición ni infancia ni recuerdos; pero, además, la alegría futura de anticipar, antes incluso de marcharse, el regreso. Futuros chequeos médicos. Así que, de vuelta a Madrid, cuando en el retrovisor van quedando atrás los momentos de lectura, barbacoa, silencio, los paseos por el campo, las conversaciones y el vino, uno se mira en el espejo, y el espejo le sonríe, iluminado por la luz amplia e infantil de los Pirineos. Una luz que le espera ya de regreso, y convertirse, rutinaria, en alegría reconquistada.

Un hombre al margen

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¿Qué nos define ante los demás? ¿Nuestras palabras, o nuestro silencio? ¿Lo que mostramos, o lo que escondemos? ¿Lo que decimos, o lo que dicen de nosotros? Y en nuestra vida digital, en nuestra vida frente a la pantalla, ¿quiénes somos? ¿Somos el registro visible de búsquedas en la red, o el rastro que hemos eliminado? ¿O bien somos ambos registros, es decir, una parte cómoda, porque es socialmente aceptada, y otra que nosotros mismos censuramos? ¿Y si esa zona de sombra sale algún día a luz? ¿Cómo responderá el entorno a un yo que guardábamos en silencio? ¿Cuánto tiempo nos castigará la sociedad por todo aquello que quisimos callar, y no logramos? ¿Cómo reaccionaremos nosotros mismos a esa revelación no deseada? Y aún más grave: ¿y si lo que se exterioriza, por accidente o por intromisión, no somos nosotros, porque nosotros no somos solo esa parte, o no somos ni siquiera esa parte, o ya no somos ni siquiera esa parte?

Alexandre Postel es un escritor francés. Ha ganado en 2013 el premio Goncourt de primera novela con Un homme effacé, traducida al español como Un hombre al margen. He tenido la suerte de una lectura perfecta: la sola recomendación de la obra por dos amigos, la descarga desde Amazon, el submarinismo dentro de la historia. Pero cuando preparo estas líneas, buscando también ser trampolín para nuevos lectores, descubro con terror que las sinopsis revelan contenidos bien avanzados de la novela. Por si esa destrucción no era suficiente, en la reseña de Babelia el chivatazo vuela casi hasta el punto final. Hay críticos que quieren demostrar de todas las maneras que se han leído la novela, lo cual multiplica aún más las sospechas de su profesionalidad.

Por eso confío que mi párrafo inicial sirva de puerta a la lectura. Y que la lectura se desnude ella sola, con la sorpresa de lo que espera ser contado. Sirvan además algunos rasgos de estilo que considero deben mencionarse de esta obra: Alexandre Postel opera con el número preciso de situaciones y personajes, sin multiplicaciones innecesarias. Una economía de recursos que recuerda a Camus, y que aleja la obra del esquema policiaco habitual. No es además una novela policial porque la motivación psicológica, y su reflejo social, son más importantes que el propio desenlace. Como un espejo cóncavo, la imagen de lo contado es más grande que el tema, y ahí radica la mayor virtud de la obra. Un homme effacé escandaliza porque la pesadilla del personaje está en nuestra mano: también nosotros podemos tocar su culpa, multiplicarla o, inútilmente, tratar de borrar el rastro. En cada página alzamos la vista con terror: el protagonista podíamos ser nosotros. Porque nosotros somos ese reflejo ampliado de la obra. Un argumento actual e ingenioso, enfocado con parquedad de medios y desde un tejado social. Un enfoque social, pero la novela no es solo social. Una trama policial, pero la novela no es solo policiaca. Un enfoque sobre la culpa, pero la novela no es solo psicológica. Un homme effacé es el vuelo de luces distintas contra el mismo lugar, un espacio iluminado y que hace interesante la lectura.

La intromisión de elementos innecesarios, sobre todo en la segunda parte, Les jours féroces, limitan el impacto de la obra, generando un cierto desencanto en la revelación terminal. En Les jour féroces el autor parece preocupado porque su obra carezca de propósito. Olvidando que en la primera parte la zozobra había sido su principal virtud, y aterrado él mismo al ver la solapa de su obra, la improvisación y lo fortuito dominan este segundo tramo.

Con todo, no deja de ser una novela admirable, que invoca la reflexión del lector, que le hace atravesar diferentes estados de ánimo, diferentes pensamientos. Una obra que sobrevive y se agranda en el espejo cóncavo de nuestra mirada, y sobre ella, con la cualidad de un friso, la misma pregunta inicial: ¿quiénes somos? ¿Somos aquello que decimos o aquello que, por inmoral, callamos? ¿Somos el examen de los demás, o la prohibición de nosotros mismos?