La vida negociable, de Luis Landero (notas de lectura).

Era un lugar triste, o más bien lúgubre. Los clientes eran casi todos viejos o medio viejos, y más o menos relacionados con la milicia. Como la mayoría estaban jubilados, no solo venían a la peluquería a cortarse el pelo sino también, y sobre todo, a hacer tertulia. Los temas de conversación eran siempre los mismos, los achaques de la edad, lo fugaz de la vida, el precio de las cosas, la actualidad política, las modas, la juventud, las costumbres, y todos esos temas giraban en torno a un único eje, como los caballitos del tiovivo, y ese gran eje de autoridad y de cohesión era la decadencia imparable de los tiempos presentes y el esplendor de los pasados. Y aquel tiovivo no se cansaba nunca de girar, años y años girando sin tregua, siempre los mismos caballitos alrededor del miso eje y con la misma música de fondo. En el ambiente reinaba y oprimía el ánimo el más lastimero pesimismo. Un pesimismo vestido de entero y riguroso luto. Y todos eran expertos en agravar el diagnóstico de cualquier noticia, por menuda que fuese. Vivíamos tiempos apocalípticos. Todo iba a peor. Allí donde se mirase aparecían señales de degeneración, de ruina, de debacle. El ocaso de España y su disolución eran un hecho. ¿Dónde quedaba la antigua grandeza?, ¿dónde el honor?, ¿dónde el orgullo, la lealtad y la hombría? No importa de lo que hablasen: siempre venían a parar a ese tema, y a darse de cabezazos contra él. Y siempre estaban de acuerdo en todo. Contaban anécdotas de aquel entonces, y a veces comparecía la risa, pero era solo el eco de la risa de entonces, y después de la risa volvían al presente y callaban apesadumbrados. Y si sus palabras eran tristes, sus silencios resultaban sombríos.

Luis Landero: La vida negociable.

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Otras vidas (RIP Peter Berling)

peter-berlingHablando ayer con Esperanza me decía que la admiración hacia un periodo histórico nos viene porque, tal vez, nosotros somos reencarnaciones de personas que vivieron en esos momentos que nos apasionan. Ella no tiene ninguna razón para estar enamorada de Egipto -ni familia, ni amigos, y cuando fue allí de vacaciones era el resultado de una pasión, no su causa-, pero resulta que es así, que ama la historia de Egipto, su arquitectura, sus ritos funerarios, sus confusas y peligrosas redes de poder. Yo tampoco tengo ningún motivo para estar enganchado a la Edad Media, pero lo cierto es que, con diez años, en el colegio, cuando un profesor nos pidió redactar a qué época viajaríamos con una máquina del tiempo, elegí sin dudarlo esa ensoñación de castillos, asedios, Templarios, pócimas mágicas, bosques, dragones, banquetes y cortejos.

Muchos años después sigo obstinado en el mismo sueño. Por eso que disfruto de la literatura de caballerías -con una calidad de supermercado en muchos casos-, de las películas de esta época, de la visita a museos y castillos. Por eso que me ha dado tristeza saber de la muerte de Peter Berling, a quien le debo -así son los grandes artistas- tantas páginas de goce en esa saga alocada del Grial, una tetralogía que nadie pudo terminar y donde cabía el mundo entero, un maremágnum de fechas y personajes que me sigue acompañando, muchos años después, hasta hoy incluso, con una mezcla de felicidad pasada y de compromiso presente -la obligación impuesta, pero siempre demorada, de su relectura. Sus libros me sirvieron de catapulta a otras lecturas, al amor por los paisajes del sur de Francia -los Pirineos, Foix, Montségur-, a indagar en la historia de la época -de la Orden del Temple, de la herejía cátara y albigense-, a los juegos de mesa de idéntica temática -Siege, Cry Havoc, aún los guardo en el maletero, también pensado que algún día volverán a rodar los dados- e incluso abarcando en la obsesión al mundo de la ópera -Wagner compartía una fijación similar por el Medievo y las leyendas artúricas.

Los libros de Peter Berling, tal y como los recuerdo -y por lo tanto tal vez no son así ya, pues todo cambia- eran tomos inmensos con descripciones agotadoras, extenuantes, que te avasallaban por su precisión y su viveza, donde las batallas y la diplomacia y los juegos de poder y la suntuosidad gastronómica parecía salir del libro hasta mi cuarto en Madrid, y, no sé por qué razón, siempre asocio estas novelas al verano, a la ventana abierta, al sonido del último autobús subiendo la calle.  Obras bíblicas donde el lector y los personajes y el propio autor acabábamos todos aturdidos, desorientados en la búsqueda feliz y perseverante de algo que, por agotamiento o confusión, acababa por carecer de motivo, salvo tal vez la propia búsqueda. Todo lo que ocurría en esas novelas no era cierto, pero -es la virtud de la literatura- parecía verdad, y nos acompañaba.

Me hubiera gustado decirle en vida lo mucho que disfruté con sus novelas. Aunque, si tiene razón Esperanza y su teoría del amor hacia las épocas que un día vivimos, quién sabe si no nos volveremos a ver alguna vez.

Black Friday

“El consumismo es una forma nueva y revolucionaria de capitalismo, porque posee en su interior elementos nuevos que lo revolucionan: la producción de mercancías superfluas a una escala enorme y, por tanto, el descubrimiento de la función hedonista”.

Pier Paolo Pasolini.

“Este 2017 decidí renunciar a comprar, salvo la comida. Sentí instantáneamente un gran alivio, llegan los catálogos y los tiro a la recicladora sin mirarlos, ya no recorro tiendas pensando, mmmhh, tal vez debería llevar un vestido nuevo a tal evento… Una vez que tomé la decisión me di cuenta de que no necesito nada, por lo menos durante un año. Ni una sola cosa. Y me trajo una felicidad instantánea, ya no me tengo que preocupar de lo que quiero y desde entonces puedo mirar lo que otra gente no tiene. Dejé de mirarme a mí misma y empecé a mirar a los demás.

Vivo sin teléfono inteligente, sin televisión, sin redes, sin nada que me distraiga de una vida que ya está llena de libros, amigos y trabajos de voluntariado. Quien quiere contactar conmigo ya sabe cómo hacerlo, no necesito poner siete puertas a mi casa para que entren a mi vida por otros lados, que es lo que significan las redes. No quiero que la gente me pueda encontrar cuando estoy con otro asunto, me parece grosero. Tengo tanta gente en mi vida, soy buena amiga, buena familiar y adoro a la gente que está en mi vida”.

Ann Patchett.

La imaginación es la le(t/p)ra del mundo

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El dragón abrió las alas, desplegándolas por completo en toda su membranosa extensión, y subió cada vez más alto apoyándose cómodamente en el denso aire tibio de la mañana de primavera. Sumisión y entrega. Todos estamos sujetos a un orden superior que nos comprende. Así funciona la gran máquina del mundo. Los animales están sujetos a la muerte. Los peces están sujetos al agua.  El agua está sujeta a lo que la contiene, cauce o copa. El sol la transforma en vapor, que está sujeto al viento. Los árboles, a crecer inmóviles toda la vida en el mismo lugar, a florecer y frutar. Las mujeres a parir. Los hombres a matar. Las gallinas a poner y a incubar. Los pájaros a hacer nidos. Los manzanos a dar manzanas, los granados a dar granadas. Las vacas son propiedad de un hombre, que es dueño de sus terneros y de su leche, que las alimenta y las cuida y luego las mata, las asa y se las come. Lo mismo sucede con los hombres, que son alimentados y cuidados. Nada nace solo, nada muere sin dejar un resto, todo se apoya en lo que había y en lo que sigue, primero toma, luego deja. Nada hay libre en el mundo, porque lo que está libre se cae, y lo que cae, muere. Las hojas de un árbol no están libres hasta que se ponen secas y amarillas. Las estrellas no están libres: corren su curso en el cielo. Un diente libre es un diente muerto, y una boca sin dientes huele como la boca de un muerto. No hay árboles libres ni caballos libres, ni ríos libres, ni rocas libres. No hay rosas libres, ni espinas libres. Tampoco hay hombres libres ni debería haberlos. La libertad no es parte del plan del mundo, ni tiene lugar en el Espejo de la Naturaleza, ni es necesaria tampoco, puesto que la única virtud es la obediencia. ¿Qué es el órgano que no obedece sino un órgano enfermo? ¿Qué es aquello que no persevera en lo que era antes, sino un cáncer? La amatista sólo puede ser amatista, y el gato siempre es gato, y el murciélago cumple desde que nace su triste destino de murciélago, sólo el gusano se transforma, y el renacuajo, pero lo que serán es siempre lo mismo. El gusano vive largo tiempo, la mariposa es sólo un resplandor. Ni siquiera las nubes son libres. Ni siquiera las águilas. Ni siquiera es libre el sol: nace por el lugar de la mañana y cae por el de la tarde, y en su curso se mueve como la arena de un reloj. Todo está sometido. Todo existe porque hay dominio, y la ley de la esclavitud es la que mantiene unido el mundo. Sólo en el corazón del hombre arde una llama pequeña y escondida que desea ser libre. Hemos de apagar para siempre esa llama. Debe ser destruida y el hombre sojuzgado. Es necesario matar esa luz de la conciencia que crea en un vulgar animal la sensación de ser un individuo único y distinto de todos. La imaginación del hombre es la lepra del mundo. Lo que ayuda, el amor, la soledad, la memoria, la música, el arte, han de ser erradicados y rendidos. Vivir es vivir con cadenas.

Andrés Ibáñez, La duquesa ciervo.

 

 

 

 

 

La corriente excepcional

Una cita injusta, pues viene de un libro que es, en conjunto, una cita necesaria. Una cita injusta, como quien tala una rama y señala: mira qué bonito es el bosque. Y el bosque es un libro magnífico. Un libro que tiene frío, y pide hacerse entrecomillado de sí mismo.

“(…) eran excepciones, y la vida no se mueve por las excepciones, sino por la vida de la gente que no tiene nada de excepcional. Allí, en la vida de las personas corrientes, es donde está la verdad del ser humano”.

Andrés Ibáñez, La duquesa ciervo.